Revista Intemperie

Un invierno implacable

Por: Chico Jarpo
game of thrones

Chico Jarpo trata de localizar aquellos aspectos donde la popular serie pareciera innovan en el género fantástico y así, averiguar qué es lo que nos resulta tan atractivo de ella

 

En realidad, toda reserva sobre la cultura es una posición terrorista. Oficiar de crítica y proclamar que nada se comprende del existencialismo o del marxismo (…) es erigir la ceguera o el mutismo propio como regla universal de percepción, es arrojar del mundo al marxismo y al existencialismo: “No comprendo; luego, ustedes son idiotas”

Roland Barthes

 

Canción de cubo y sopaipa

Poco antes de que se estrenase la última temporada de Game of thrones un periodista de La tercera intentaba descifrar en qué consistía la popularidad de la serie, cuál era la fórmula detrás del éxito del producto, a qué se debía la observante devoción de sus seguidores. Luego de esbozar posibles respuestas, en donde desdeñaba de plano los “lateros análisis que comparan los Siete Reinos con el actual orden sociopolítico mundial“, concluía que: “Thrones es básicamente un melodrama mexicano en un universo fantástico. Y si nos gusta –asumo que aquí se refería a nosotros, el público latinoamericano- es por lo mismo que nos gusta ese producto popular, latino y tan AM“.

Si bien esa columna se salvaba de padecer la embolia que sufrían los autores de aquellas otras escritas en el LUN respecto al tema, donde se les consultaba a especialistas si era posible que un enano pudiera ingerir tanto alcohol como Tyrion Lanister lo hacía, no es del todo ocioso volver sobre la pregunta que animaba su redacción. Descartemos de una vez la comparación con la telenovela, porque si hay algo que caracteriza al melodrama es lo previsible de sus tramas (las frases hechas lo atestiguan: -he quedado ciega, -gata igualada, -¡¡maldita lisiada!! etc.) y no hay que ser Barthes para descubrir que la serie es todo menos predecible. También habría que recomendar la lectura de la épica antigua a aquellos que opinan que su sustento se debe a una combinación efectista de sexo y violencia, aquel “porno con espadas” consignado por el periodista de la tercera (el gore lo inventó Homero en la Ilíada en ese caso).

La estructura del melodrama de hecho, no hace más que hipertrofiar el modelo de la tragedia griega, aquella espectacular y veleidosa pariente de la épica. Pero si quisiéramos, sólo si estuviésemos dispuestos, a buscar un símil en la cultura latinoamericana, ese tendría que ser el universo narrativo que construyó García Márquez. Uno tan extenso, exuberante y fatídico, como el que imaginó G. R. Martín. Bajo las reglas de ese juego sería posible leer a los Stark como caucásicos Buendía. Miembros de una familia marcada por un sino desfavorable; personajes que se enfrentan estoicos a un inminente huracán que engullirá a toda su estirpe condenada. Esa embrutecida tolvanera de viento y lluvia bien podría llamarse invierno (aunque, lo sabemos bien, la estación fría es el menor de los problemas que enfrenta el clan del lobo huargo).

Pero más allá de estas comparaciones (no por nada el aforismo insiste en su odiosidad), el periodista de La Tercera nos invita a no pensar demasiado, a evitar ese infrecuente y molesto hábito de reflexionar en torno a nuestro consumo cultural. Lo peligroso de comprender es que podríamos adquirir esa “inquietante” facultad de comenzar a interpretar cada uno de los fenómenos que constituyen nuestra cotidianidad. El periodista sería el primero en perder su privilegiada posición de tendencioso traductor del mundo.

Quisiera entonces proponer el ejercicio de pensar cómo funciona esta serie. Quizás así, a través de la localización de aquellos aspectos que innovan el género fantástico en el que se adscribe, podamos averiguar qué es lo que nos resulta tan atractivo de ella.

1. Lo maravilloso como pretexto de lo político. El universo de G. R. Martín se encuentra flanqueado por seres fabulosos. De un lado malcriados dragones, del otro tenaces caminantes blancos. El trono de hierro, sin embargo, se alza imperturbable en la mitad de esos dos espacios. Su maciza hechura refleja la inconmovible crudeza del poder. Entorno a él no hay encantamientos, zombies, o criaturas que perturben su severa adustez. Esos seres sobrenaturales que lo flanquean no podrían competir en ferocidad con las intrigas, los pactos, conjuras y traiciones que circundan las mil espadas que coronan su respaldo. En resumen, Maquiavelo tendría una erección permanente si pudiese ver lo que sucede en Desembarco del rey.

2. Alterar las tramas aprendidas. Otra de las cosas que hace de manera brillante el autor es presentar argumentos reconocibles para, una vez asimilado su “natural” transcurso, subvertir las expectativas ofrecidas. De ahí que nuestra concepción de la invulnerabilidad del héroe sea una y otra vez mancillada. Lo que habla de una obra que es bien poco complaciente con un público habituado a la entretención chatarra. Mucho más sutil en cambio es lo que logra hacer con Tyrion. Si pensamos en El señor de los anillos, una influencia expuesta en varias oportunidades por el propio Martín, podremos ver que una de sus principales premisas es que hasta el más insignificante ser es capaz de modificar el rumbo de los acontecimientos. No es otro el papel que desempeñan los Hobits en la obra de Tolkien. Los habitantes de la comarca reúnen una serie de atributos que consiguen armonizar los defectos del resto de los actores que conviven en la tierra media: la corrupción de los hombres, la ambición de los enanos, o la, en lo personal irritable, superioridad etérea, sublime y blanca, tan blanca, que exhiben los orejudos Elfos (Los Targaryen por cierto serían el envés perverso de esa imagen, en donde parafraseando a Goya podríamos decir que “el sueño de la pureza produce locura”). Una alusión a ese mismo tópico opera a través del enano en la saga de G. R. Martin, donde la candidez ha sido sustituida por la astucia, las virtudes por los vicios, el sibaritismo por la lujuria, pero sin llegar a desdibujar del todo aquella matriz lógica. Con la diferencia de que a Tyrion no le encomendaríamos la destrucción del anillo, a menos que Mordor fuese un burdel. La primera temporada (o el primer libro según se prefiera) por otro lado, trasvasa las dinámicas narrativas de la novela negra dentro del mundo fantástico de Westeros (algo similar a lo que hizo alguna vez Umberto Eco con la cultura medieval en El nombre de la rosa). Durante esos episodios, Ned Stark se ve envuelto en una sórdida red de conspiraciones, en las que deberá descubrir qué intereses son los que se ocultan tras la muerte de John Arryn, la anterior mano del rey. El resultado de esa singular anexión de la estructura narrativa de la novela policial no puede permanecer inmune a la atracción zigzagueante que traza la incorregible torsión de las tramas aprendidas que nos ofrece el universo de Martín. La figura del detective privado que siempre está a punto de “perder la cabeza” intentando resolver el caso posee ahí un irónico desenlace.

3. Género, las tretas del fuerte. Hace poco leí un artículo que hablaba sobre la “trivialización de las violaciones” en la serie, contrastándolas con las ausencias de este tipo de prácticas en el libro, y la consiguiente y a mi gusto fundada sospecha de efectismo machista detrás de la inclusión de ese tipo de escenas. Es muy probable que así sea, la televisión tiene urgencias que, menos mal, no tiene por qué tener el libro. Como fuese hay que reconocer que el universo de Martin posee roles femeninos audaces. Y es que dentro de este mundo patriarcal y jerarquizado (no muy distinto al nuestro, pese a la referencia medieval que tiene la saga) las mujeres no tienen más opción que explorar modos de fortalecer su frágil posición social. Es bajo esas condiciones que se pueden distinguir dos tipos de estrategias utilizadas por las protagonistas. La primera consiste en asumir con obediencia las funciones que se les asignan dentro del esquema tradicional del que forman parte. Pero nada de agachar el moño, pararse en la hilacha y arrancarse con los tarros más bien. Esto debido a que esa posición en apariencia servil y contemplativa, en oposición al desempeño siempre ejecutor del hombre, les permite adquirir un conocimiento exhaustivo de cómo funcionan cada una de las piezas y las retículas que conforman el tablero en que se encuentra asentado el reino. Visto así, la ventaja radica en el perspicaz dominio de la posición propia pero también de la del resto de los participantes dentro de la estructura jerárquica, lo que permite contar con una excepcional capacidad de previsibilidad y maniobra a la que el hombre, apoltronado en el mullido y satisfecho sedentarismo de su autoridad, simplemente no puede acceder. Dentro de esta categoría se me ocurren algunos nombres: Catelyn Strak, Cercei Lannister, las Tyrrel (abuela y nieta), Lady Melisandre y Arianne Martell, y por lo que estamos viendo, muy pronto, Sansa Stark. La segunda en cambio sería romper de manera radical la determinación de género. En este otro espectro se ubicarían varias de las heroínas de la serie, lo que sin duda dice mucho de las preferencias del autor: Brienne de Tarth, Arya Stark, y quizás la más importante de todas Daenerys Targaryen (no hay que olvidar que el legítimo sucesor del trono usurpado correspondía a su hermano). El costo de esta osadía siempre parece ser el mismo: exilio, soledad, persecución. Es en la restitución de esos vejámenes donde permanecen latentes algunos de los variados clímax que ofrece la serie. Claro que para regresar al sitio del que se fue expulsado es necesario destruir aquellos mecanismos que en primera instancia permitieron el ostracismo. Una vez más, llama la atención que Tyrion reúna ambas experiencias: el tiempo en que permanece al interior de las latitudes que rigen la convención, juega con los naipes ajados que el vilipendio social le asigna por ser un enano, (y aun así gana muchas veces las partidas) pero durante esta última temporada presenciamos el quiebre definitivo con esa siempre adversa aunque familiar fortificación. No por nada su destierro recaló allí donde lo hizo.

4. Bastardos sin gloria. La bastardía, o la ilegitimidad si se quiere, es un cuervo que cruza graznando de punta a rabo el mundo imaginado por Martin. Los nieves, los Arena, pero también Tyrion (todo enano es un bastardo a los ojos de su padre, le espeta a John Snow en la primera temporada), y de cierta forma, ¡ay! Shereen, también participa de esa suerte de exclusión consentida. Y no olvidemos a todos aquellos que no son caballeros pero han decidido construir sus propia fortuna: Varys, Meñique, con todo y su espurio prendedor, Davos Seaworth el “caballero de la cebolla” entre otros. Es sencillo advertir que de todo este variopinto manojo de personajes sólo aquellos que comprenden la arbitrariedad detrás de la sanción serán capaces de trastocar sus leyes. De ahí que la perdida de Juanito Nieve sea irreparable. Si nos detenemos por un instante a pensar su catadura, ésta fue siempre más de mártir que de héroe. Nunca se decidió por la venganza, uno de los motores de la serie, pese a que en más de una ocasión tuvo la oportunidad de salir a buscarla. Ese es uno de los motivos por los que las afiebradas teorías que especulan acerca de una posible resurrección de Juanito Nieve me parecen infundadas. Primero porque contravienen el espíritu trágico e ineluctable que anima la saga de Martin. Segundo porque su asesinato tiene una carga simbólica para nada despreciable. Hubo en la escena una alusión directa a la muerte de Julio César a manos de Bruto y de los demás miembros del senado romano, pero además, de forma latente, se estableció un parangón con todos esos dolorosos episodios de ejecuciones sentenciadas por correligionarios: Passolini, o más cercano aún, Roque Dalton. Y como en todos los sorpresivos decesos, ningún ser fantástico asomó su horroroso rostro, la monstruosidad y la vileza fue una vez más provista por la volátil acción humana. Fuera de aquel sanguinolento guiño histórico, y a diferencia de lo que pensaron los conmocionados espectadores, su desaparición no es gratuita. Sin Juanito Nieve el camino queda allanado para que la canción de hielo y fuego tenga un apoteósico estribillo final entre caminantes blancos y dragones en una devastada capital del reino.

5. Latinoamérica la inimaginable. Epílogo de una lectura situada. Supongo que existe cierta búsqueda de una nominación sencilla cuando se cataloga de “fantasía medieval” a una obra como la creada por Martin. Eso porque en rigor sólo los siete reinos, congregados bajo el orden occidental de westeros, podrían encajar en aquel membrete (que de paso, habría que decir, funciona mejor como el paralelo exacto en una góndola comercial que como la descripción de un género literario). Sin embargo, es cosa de cruzar el mar angosto en la exuberante geografía que nos presenta el autor para observar una superposición de temporalidades y espacios. Los Dohtrakis parecen inspirados en los Hunos, y Merren con sus pirámides coronadas con monumentos dedicados a dorados y zoomórficos dioses combina los referentes de civilizaciones antiguas, mesopotámicas y egipcias si me apuran. Todo lo dicho no tiene mayor misterio, nuestras ideas sobre el pasado remoto están atestadas de fantasía, lo que facilita que nos internemos en ella con los bolsillos llenos de miguitas de pan. Lo relevante es que a pesar de esta cartografía flexible, en que conviven sociedades procedentes de distintas regiones y épocas, no existe ni el más mínimo indicio que permita identificar a los pueblos precolombinos. Ninguna apelación lógica valdría, como por ejemplo decir que en un paralelo con el periodo medieval sería mucho más razonable establecer una línea coetánea con el auge de las civilizaciones amerindias que con los Hunos (IV dc.) ni que decir con los egipcios. Es cierto, las culturas indígenas nunca contaron con ruedas o animales de tiro, pero ya habían desarrollado sistemas de alcantarilla cuando los europeos prácticamente desaparecen producto de la peste bubónica atribuida a aquella elegante costumbre de lanzar la mierda a las calle. En síntesis, incluso una prodigiosa imaginación como la de Martin permanece atada a los rígidos parámetros eurocéntricos. Lo irónico es que el imperio estadounidense se considere legítimo heredero de ellos y que por tanto, nos obligue a nosotros suramericanos a asumirnos como los vejados bastardos. Esa después de todo no parece una perspectiva desdeñable, dado que nos impele a leernos en disyuntivas que van de la sumisión al cisma (al igual que los personajes de la saga). El ejercicio supondría un énfasis en el valor de uso de la cultura. Aquí el provecho político que puede extraerse de la interpretación de la obra se libera del criterio dominante del autor. De esa particular forma lo vio Pedro Cayuqueo en una pequeña nota que apareció hace unas semanas en el LUN (misteriosos son los designios mediáticos). Ahí escribió:

Me afectó la muerte de Jon Snow. Tanto que guardé en mi ruca un minuto de silencio. Snow era un verdadero weichafe (guerrero) un newenche (hombre valiente) y además un kumeche (hombre bueno) (…) ¿Si volverá como muchos piensan? Espero que sí, como un wintranalwe, que es como los mapuches llamamos a los “caminantes blancos”.

A diferencia de la cándida miopía que afectó a los periodistas con los que comencé esta columna, su opinión no intenta ajustar el consumo cultural a pautas reconocibles, las teleseries mexicanas o, más lamentable aún, la opinión de un gastroenterólogo, sino que pone en diálogo aquellos aspectos que considera encomiables de ambas culturas. El brío de esa traducción que mueve el eje de la ficción norteamericana a la cultura viva del pueblo mapuche me parece tan épico como la serie. Con ese sólo gesto la espada de la letra ha atravesado la cota de malla del consumo irreflexivo.

 

Foto: HBO

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