Revista Intemperie

Abuelos perversos

Por: Patricia Artés Ibáñez
en el jardin de las rosas

Patricia Artés comenta En el jardín de Rosas, Sangriento vía Crucis del fin de los tiempos, obra que desidealiza la vejez, y pone en tensión las construcciones de género

 

En el jardín de Rosas, Sangriento vía Crucis del fin de los tiempos, obra escrita por Carla Zúñiga y dirigida Javier Casanga, es el tercer y  reciente estreno de la compañía Teatro la Niña Horrible. El montaje profundiza en la propuesta discursiva y estética de sus dos montajes anteriores (Sentimientos e Historia de Amputación a la hora de té), cuyos procedimientos intentan dar cuenta de una realidad entre trágica y cómica, con una estética cercana a los principios del grotesco.

La acción transcurre en una casa de reposo de ancianos en un bosque que pareciera extraído de un cuento de hadas sin tiempo ni lugar específico. Un lugar construido desde la idea de belleza canónica, pero que es profanado por actuaciones grotescas de cuerpos inestables que radicalizan la fragilidad de la vejez.

El transcurrir cotidiano de este asilo de ensueño (compuesto por ancianos que se constituyen como roles de tipos de vejez) es interrumpido por la aparición de una abuela que algunos de ellos encontraron mal herida en el bosque. La anciana, tras su aparente ternura, esconde un mundo de perversiones correspondientes a su condición de viuda de un ex dictador.

Esta es la línea argumental principal, que sin embargo se diluye en otras problemáticas que se desprenden de las situaciones y relaciones que se establecen entre los ancianos, adquiriendo éstas mayor profundidad y potencia.

Quizás, el mayor mérito de este punto del relato sea señalar a la vejez como una etapa que muchas veces (a pesar de la desprotección social que precariza esta radicalmente esta condición) blanquea las atrocidades más bestiales cometidas durante la adultez, desarmando la imagen de la cara tierna de los abuelos y el supuesto de que todos los viejos merecen consideración simplemente por haber alcanzado cierta edad.

Esta operación queda de manifiesto en el momento que en que encuentran herida a la anciana (que guarda un pasado fascista), y deciden ayudarla ante la fragilidad de su situación, enjuiciando como malas personas a los que la atacaron. Sin embargo, al dar vuelta la silla de ruedas, descubren en el respaldo el texto: “vieja culiá asesina”. Esta operación simultánea (la acción interrumpida y completada por una cita textual) desmantela de un plumazo la imagen idealizada de la abuela bondadosa.

Otra relación interesante es la que se establece entre el anciano que fue feliz y su mujer, la anciana de baja autoestima y que teme que la abandonen. Desde el principio de la obra vemos como este anciano nostálgico realiza diversas acciones para buscar algo que perdió en la juventud (se viste de mujer, fuma, quiere ir a la tumba de un amigo y, sobre todo, desea ir al mar) frente a su mujer que lo desconoce en estos deseos y acciones. Ella, ha vivido esperando que no la abandonen. La búsqueda del paraíso perdido (lo masculino) y el miedo al abandono (lo femenino) son reclamos existenciales de cada construcción de género que circulan de manera potente en la obra.

“Este puede ser el día que me pueden abandonar…” dice una anciana, mientras que otra expresa su miedo a morir sola (que significa morir sin un hombre), otras hablan del día en que un hombre abandonó a su mujer por una más joven, etc. Somos testigos por estos relatos, de la construcción permanente e impuesta de las mujeres a través de otro, la mujer como un ser incompleto que no tiene un “en sí mismo”, sino que es mediante lo otro que es total y absoluto: el hombre; y que, además, contiene la obsolescencia programada cultural del cuerpo, existe y es vigente mientras se mantenga en los cánones de la belleza que despiertan el deseo: la juventud.

Otro anciano, que habita la obra desde un discurso fascista (aparentemente un ex torturador) le dice a la anciana que vive en el temor del abandono de su marido, que es justamente a mujeres como ella a las que había que violar y torturar; a esas que existían antes y lloraban mucho y se quejaban por todo, esas eran el principal objeto de vejámenes. Esta descripción de lo femenino añade otra capa a la construcción social del ser mujer: no sólo son seres incompletos, no sólo existen en la medida que son deseables, sino que también están para ser violadas y maltratadas. Estos asuntos que ha desmantelado el feminismo, lejos de perder vigencia siguen construyendo nuestras relaciones sociales y,  En el jardín de Rosas, Sangriento vía Crucis del fin de los tiempos, los instala y hace circular con agudeza y sensibilidad.

El deseo mediado por la juventud no sólo se expresa en la obra a través de la construcción de lo femenino sino también en la añoranza del anciano por el paraíso perdido. El anciano busca el único y verdadero instante de felicidad que experimentó en su vida junto a otro joven hombre en una playa el año 1949. El ansia por recuperar ese instante pleno, mezcla juventud y homosexualidad, desmantela su vida adulta, heterosexual y normada en roles sociales de género que se constituye de privilegios y de sumisión. En este contexto, la irrupción en escena de un joven de 14 años que se ha perdido en el bosque, contrapone el cuerpo vital, fuerte y seguro, versus la fragilidad y agonía de la vejez. El cuerpo joven es el deseable, no hay otro.

En varios momentos la obra retorna al tema central (la irrupción de la viuda del ex dictador), aludiendo a la responsabilidad de la anciana la desaparición d abuelos y robos, en una especie de analogía con la historia reciente de Chile que resulta confusa y sobre todo forzosa en relación a la potencia que alcanzan los relatos subyacentes.

En el jardín de Rosas, Sangriento vía Crucis del fin de los tiempos a través de una contundente y sensible dramaturgia, de una dirección certera aunque a veces excesiva y pretenciosa en recursos, y con actuaciones que asumen rigurosamente la hiperteatralización del lenguaje (conmovedor en particular resulta el trabajo de Felipe Zepeda que circula por este formato con gran sensibilidad e inteligencia), adquiere una dimensión potente al situar la felicidad como exigencia a la vida. Esa felicidad que se genera en el sutil encuentro entre dos cuerpos conectados solo por la piel de sus manos escondidas bajo el mar. Una búsqueda permanente de ese instante íntimo que es capaz de construir un mundo de posibilidades, de ese momento de plenitud que se crea entre dos y que expande la vida y suspende la realidad. Esa felicidad que es imposible de prolongar y que, sin embargo, nos empeñamos en buscar toda nuestra existencia.

 

En el jardín de Rosas, Sangriento vía Crucis del fin de los tiempos

Dirección: Javier Casanga.
Dramaturgia y asistencia de dirección: Carla Zúñiga M.
Asistencia de montaje:Diego Cubillos
Elenco: Felipe Zepeda, Coca Miranda, Maritza Farías, Gopal Ibarra, Elisa Vallejos, Juan Pablo Fuentes, David Gaete, Claudia Vargas, Ítalo Spotorno, Sebastián Ibacache , Carla Gaete, Vicente Cabrera
Producción: Daniel Alarcón, Bárbara Donoso
Diseño escenográfico: Sebastián Escalona
Realización Escenográfica: Marco López
Diseño de vestuario: Elizabeth Pérez.
Diseño de luces: José Miguel Carrera
Diseño gráfico: María Paz Alvarado
Música: Alejandro Miranda

Teatro Camilo Henríquez

Amunátegui 31
Estreno 4 de julio
Temporada 5 de julio al 2 de agosto
Viernes y Sábado 21:00 hrs., domingo 20:00 hrs.
$5.000 entrada general,  $3.000 estudiantes, menores de 26 años y 3era edad
Reservas: 02 26 71 60 32

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