Revista Intemperie

Los malos

Por: Joaquín Escobar
los malos

Joaquín Escobar se interna en el mapa de la maldad latinoamericana, compilado por Leila Guerriero

 

Leila Guerriero les pidió a catorce periodistas que construyeran perfiles de personajes siniestros. Eran dos las condiciones: que fueran latinoamericanos y que su sadismo fuese inverosímil. No calificaban simplemente las bestias; tenían que ser salvajes, tenían que tener hasta las moléculas con saña. Así fue la arquitectura que derivó en Los malos (UDP 2015), un libro que reúne retratos de torturadores, descuartizadores y caníbales. Ingrid Olderock, el Mamo Contreras, Julio Pérez Silva, Wilmer Brizuela, el Tigre Acosta y Papo Córdoba son algunos de los personajes que habitan estas páginas del horror. Porque es absurdo querer hallar el espanto en poseídas y hombres-lobos, lo siniestro ha estado y está a un adoquín.

Una mujer que amaestraba perros con los que violaba a las detenidas en un cuartel clandestino; una embarazada especialista en torturar embarazadas; un tipo que disuelve cadáveres en soda cáustica; un partero de presas políticas desaparecidas; una brasilera que mató y se comió a sus víctimas; un militar que degolló al Che Guevara panameño. Son todos macabros. Son todos repudiables.

Alejandra Matus, Juan Cristóbal Peña, Miguel Prenz, Óscar Martínez y Clara Becker son algunos de los periodistas encargados de construir los perfiles. Por lo mismo, la que hallamos es una escritura propia del reportaje; no hay estilo ni técnica narrativa, solo manuscritos prolijos y ordenados que cumplen con la finalidad de entregar información sobre un retratado. Este proceso nos entrega perfiles sumamente homogéneos, pues pareciera que el libro se construye y reconstruye a partir siempre de la misma pluma.

A excepción del prólogo, los escritos no reflexionan en torno al concepto del mal, sólo se remiten a una construcción biográfica. El Mamo Contreras, retrasando el matrimonio de su hija porque en ese preciso momento encontraban la casa donde vivía clandestino Miguel Enríquez; Acosta, bailando en discotecas con presas políticas de la ESMA; la Cuca Antón, tirándole agua hirviendo en las piernas a las detenidas; el paramilitar, Chaqui Chan, dando clases de cómo descuartizar gente. Si bien el libro narra las atrocidades de estas bestias, igualmente hay un espacio para mostrar un lado humano. De hecho-en varios perfiles -amigos, padres, hijos y nietos, adoran y se dejan adorar por ellos. Como por ejemplo, Adriana Rivas, una ex secretaria de la DINA que aún agradece a Contreras préstamos de dinero. O la madre del Pozolero, que pacientemente espera durante semanas las llamadas de su hijo desde la cárcel. O la hija de Rubén Ale, que asegura tener un padre cariñoso y sobreprotector. Mostrar otra cara del retratado es una figura que también hallamos en la película La caída, donde el perfil construido sobre Hitler apunta hacia su relación con los perros y las mujeres, dejando momentáneamente de lado el lugar monstruoso que ocupa en la historia.

Al final de Tejas verdes, Hernán Valdés dice: “¿Dónde estaban antes estos miles y miles de hombres que a través de todo el país son nuestros asesinos, nuestros carceleros, nuestros torturadores? ¿Qué hacían, qué aspectos tenían? ¿Cómo es posible que no les hayamos visto, que no hayamos sospechado de su rencor, de su futura ferocidad? ¿Es que vivían en un mundo aparte, es que sabían disimularse tan bien?”. Nunca encontraremos una respuesta para la génesis del mal; es absurda la hipótesis de causa-efecto, sin embargo, acá hay algunos perfiles de los que eran nuestros vecinos y se transformaron en verdugos, de los que estaban agazapados y contaminaron con horror; parafraseando a Guerriero los que el domingo paseaban al perro y en la semana aplicaban toques de electricidad. Estamos ante personajes que, tomando a Hannah Arendt, encarnan la banalidad del mal. Operarios que durante las dictaduras cumplían una función y un rol dentro de un equipo. No cuestionaban las órdenes que se les asignaban, simplemente violaban y fusilaban como si estuviesen timbrando un papel.

El libro es un mapa de la maldad latinoamericana, por ende, no hay que limitar el horror sólo a los procesos dictatoriales; hechos macabros y malos posmodernos oxigenan nuestra cotidianeidad. Dos de ellos son el psicópata de Alto Hospicio y Rubén Ale. Este último, apodado La Chancha, está acusado de traficar mujeres en Tucumán; secuestraba adolescentes que posteriormente enviaba a prostíbulos en La Rioja y Río Gallegos. Los Ale son un clan poderoso en la región. Dueños de una empresa de remises son señalados por todos como una familia de bárbaros; ellos, se defienden: “Aberración es Wanda Nara diciendo que tuve 17 relaciones en 20 horas. Aberración es ver a un bailarín besándose con otro hombre en el programa de Tinelli. Esos son monstruos, ¿pero nosotros, los Ale?”. La Chancha es un obeso mórbido que durante muchos años fue el principal barra brava de San Martín de Tucumán. Aún se recuerda cómo desde la mitad de la cancha y con un solo movimiento de manos, logró tranquilizar a una enardecida turba deseosa de golpear a los hinchas de Colón de Santa Fe en un partido por lograr el ascenso; tal gesto, demuestra su poderío. Pero la historia que hizo mediáticamente conocido a La Chancha es el secuestro de la veinteañera Marita Verón. Su madre, Susana Trimarco, acusa a Ale y su ex mujer de secuestrarla y obligarla a prostituirse. La subieron a un auto y, testimonios, afirman de que la vieron en pésimas condiciones en la casa de la familia. Aún desaparecida, la joven se convirtió en un emblema de los desaparecidos en democracia.

Un libro que desvela, cuestiona y nos deja la certeza de que: “lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.

 

Los malos 

Leila Guerriero (editora)
UDP, Santiago, 2015

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