Revista Intemperie

Cuatro dramaturgos destacados

Por: Bernardita Yannucci and Revista Intemperie
dramatugos chilenos

 

“Emergentes”, “jóvenes” o “nuevos”, ninguna palabra resulta apropiada para motejar a los cuatro dramaturgos destacados que recomendamos en este artículo. Pero en el periodismo no se pueden consignar los títulos al silencio y de alguna forma los adjetivos son necesarios; a lo menos, hay que señalar las alternativas, o las intenciones que las sustentan.

Quisimos echar una mirada sobre el trabajo de la dramaturgia nacional, destacando nombres de interés, todavía no consagrados, pero ya con una trayectoria, reconocimiento y, sobre todo, la promesa de cosas interesantes que decir sobre las tablas nacionales. Para esto consultamos la opinión de personas estrechamente vinculadas al mundo del teatro como Aliocha de la Sotta, Luis Barrales, Rafael Contreras, Federico Zurita, Pablo Torche y Francisca Yévenes.

Demás está decir que esto no es un ranking, ni tiene pretensiones de exhaustividad. Nos faltan muchos nombres y ámbitos que crecen en los márgenes, en las regiones, en habitaciones cerradas, en cárceles. Son sólo algunas coordenadas en un territorio que sigue aún ampliamente sin mapear, que crece a pedazos, a zancos, por los ángulos más inesperados,

Hechas estas precauciones, seleccionamos los siguientes cuatro nombres: Bosco Cayo, Gerardo Oettinger, Tomás Henríquez e Isidora Stevenson. Conversamos con ellos para obtener una aproximación a sus trabajos, sus influencias y sus obsesiones, así como la visión que presentan del Chile actual y del aporte que el teatro puede jugar en él.

 

bosco cayo

Bosco Cayo

Caracterizado por un teatro social, ha abordado distintas temáticas sociales en obras como Asepsia, Liceana, Limítrofe, Silabario, Leftraru, Taltal y Negra, entre otras. Según el mismo, sus principales preocupaciones a la hora de hacer teatro están relacionadas con las crisis entre las personas y las instituciones, donde los individuos viven la tragedia diaria de la desprotección y donde están enfrentados al Estado. En este contexto, también le interesa trabajar las temáticas que rodean la clase media y la nueva marginalidad como consecuencia directa de la dictadura chilena y las políticas económicas manipulativas. También le interesa trabajar temáticas ligadas al inconsciente y al olvido, pues “Los Chilenos tenemos mala memoria y creo que el teatro puede ser el espacio de recordarnos de donde vinimos y quienes somos.”

Aparte de dramaturgo, Cayo es psicólogo y actor, y ha recibido reconocimientos en diferentes festivales, además de haber sido seleccionado para participar en el Royal Court Theatre en Chile. Entre sus influencias, reconoce el trabajo de Héctor Álvarez y Claudia Hernández, ambos dramaturgos de Coquimbo y quienes significaron un primer acercamiento al concepto de “teatrista”, que le permitió comprender que el dramaturgo debe integrar tanto la visión del actor y del director. Posteriormente, menciona también la influencia de Juan Radrigán, y Sarah Kane, entre otros.

Para Bosco Cayo, el lenguaje utilizado en una obra es fundamental, “algo que investigo, como una materialidad concreta que se compone en un texto dramático.” En su último trabajo, Leftraru, (montado por la compañía La mala clase, bajo la dirección de Aliocha de la Sotta), “son las diferencias que ha hecho el estado lo que más me llamaba la atención, por ejemplo esa necesidad de “inclusión” que vuelve el lenguaje algo inentendible, me parecía necesario escribirlo como un ejemplo concreto de como las políticas están mal direccionadas y provocan  lo contrario en las personas. Una crisis entre el ciudadano y el estado, que tiene consecuencias reales y tangibles.”

En esta obra, se aborda el conflicto mapuche desde diversas perspectivas y personajes. El mayor desafío, cuenta Cayo, fue poner en escena diversas miradas sobre el mismo tema sin tratar de entregar respuestas, sino lograr integrar al público dentro de la discusión para rechazar o identificarse con los distintos puntos de vista, logrando así que “la estructura de la obra se vuelva un enjambre de opiniones, que van dando cuenta de la problemática a nivel histórico y actual.”

En relación a la situación del teatro en Chile, Cayo critica principalmente la falta de políticas  que amparen el trabajo teatral. “El Teatro se ha vuelto una actividad que se ha hace en la resistencia” comenta “ los recursos son escasos y el actor se debate entre hacer o no un proyecto por las lucas que caen o no caen. Es un tema complejo que lamentablemente se ha vuelto una condición para la creación artística.” Se trata de su propia “tragedia metateatral”.

“El teatro cumple un rol importante de memoria, sobre todo en Chile que es un país que que se olvida muy rápido de su historia, el teatro hace un ejercicio doloroso, pero de reparación al traer este tema. Si somos objetivos ha pasado muy poco tiempo de la dictadura y pareciera que queremos ser otros, con otra historia y con otro pasado, las lógicas mercantiles son así, pero el teatro se aleja de esa lógica y choca con su interés inmediatista.”

En el contexto actual, Cayo recomienda Hijos de… de Claudia Hidalgo, obra donde se realiza una metáfora del país y donde se denuncia la realidad de los hijos de los violadores de derechos humanos. También sugiere el trabajo de reescritura de La tempestad realizado por Juan Radrigán (actualmente en el GAM).

Sus proyectos:

Este año Bosco Cayo estará dedicado a la investigación y escritura de nuevos proyectos, mientras que se podrán ver nuevamente en escena algunas de sus obras como Yo te pido por todos los perros de la calle (2012), Limítrofe, la pastora del sol (2013), Taltal (2014), obras que conformarán una retrospectiva de temáticas relacionadas al acontecer político del país, las cuales serán presentadas en el Teatro del Puente. También se podrán ver nuevamente Asepsia y Silabario, su primera obra, que reunirá al elenco original.

 

gerardo oettinger

Gerardo Oettinger (1978)

Dramaturgo y actor. Estudió en el Club de Teatro Fernando González Mardones, en el Centro de Investigación Teatral La Memoria, y en el taller de dramaturgia de Juan Radrigán. En el 2012 fue seleccionado por el Royal Court Theatre para desarrollar un trabajo, del que nació su obra Aroldo Dinamarca. Ha participado en diversos festivales de teatro y sus trabajos han sido presentados en diversas salas nacionales y extranjeras. Algunas de sus obras son Al volcán, El otro baño, La Pieza, Fortimbrás y Enero en París, Bello Futuro, Aroldo Dinamarca, La Virgen de Popeya y La Victoria.

Sus principales influencias, según reporta Oettinger, han sido Juan Radrigán, a quien considera uno de sus faros, y los escritores y dramaturgos franceses Albert Camus y Jean Paul Sartre. Entre los clásicos, menciona a Shakespeare, Ibsen, Strindberg y Chéjov, además de las tragedias griegas como Edipo, Antígona y Prometeo encadenado. Entre los chilenos, Oettinger se inclina por el trabajo de Heiremans, Egon Wolff, Calderón, Luis Barrales y Manuela Infante.

Los temas de Oettinger se relacionan con el poder, el amor, el dolor, la ira, el deseo de libertad, las contradicciones de la mente y del corazón, el crimen, la justicia, el lado oscuro del ser humano y su idiotez, además de la eterna lucha por ser. Las obsesiones que lo llevan a hacer teatro, relata, tienen que ver con el deseo de develar al ser humano, “poner en pugna a la razón versus los sentimientos. Iluminar las zonas oscuras. No sé. Mostrar al monstruo, lo que no se puede mostrar, lo que debe estar oculto, lo que no se quiere ver. Ir contra lo establecido, que intenta tapar, poner velo.”  Para este dramaturgo, el  teatro significa anarquía pura y la forma de ir contra los patrones de dominación.  Oettinger menciona que le interesa por sobre todo la posibilidad de producir un cambio en las personas, aunque sólo se trate de una.

Su última obra, La Victoria, aborda el tema de la organización de las pobladoras y pobladores en torno a una necesidad común. La idea de este trabajo, explica, fue mostrar que “en la Victoria, a diferencia de otras poblaciones, el hombre trabajaba en comunión con la mujer. Eso los diferenciaba de otros lugares donde la mujer seguía siendo relegada al hogar.” Oettinger desarrolló este trabajo con la idea de dar a conocer ese otro lugar donde el rol de la mujer fue fundamental, siendo artífices de marchas y paros nacionales que debilitaron la dictadura. Para el dramaturgo, esta obra cumple el rol de “mostrar ese otro lugar, de ese testimonio que el tiempo ha ocultado, como si se tratará de una arqueología teatral.”

En la actualidad, Chile vive un momento de crisis, señala Oettinger, donde la cultura pareciera no importarle al estado, sumado además a la mala educación, los problemas de corrupción asociados a la política, entre otros factores. “La verdadera cultura está adonde se resiste, en lo oculto, en la calle, en las casas, en la carne del pueblo. El resto es blablablá. Lo que le falta a la cultura, le falta a todo lo que nos rodea.”

Entre sus recomendaciones, incluye la cartelera del GAM, del Teatro del Puente,  La memoria, Sidarte y del Teatro UC, destacando el trabajo de Claudia Hidalgo, Hijos de…, Marcos Guzmán y Nona Fernández en Trabajo sucio y el montaje de Los justos de Camus, bajo la dirección de Ernesto Orellana. En sus propias palabras: “El teatro Chileno es buenísimo, debemos aprovecharlo más, no todo es futbol, y además siempre perdemos.”

Sus proyectos actuales:

Oettinger actualmente está escribiendo La nueva familia, obra centrada en el  amor y su absurdo, y en la búsqueda del placer infinito. El trabajo se montará en el Teatro La Memoria en agosto próximo y será dirigida por Rodrigo Susarte.

 

tomas Henriquez - foto constanza salazar

Tomás Henríquez (1989)

Actor, director, dramaturgo, performista e investigador de culturas visuales. Algunas de sus obras son Machote futbolero (2009), Ochagavía (2011), La mujer metralleta (2012) y Minero 34 (2014). Destacó en la XV Muestra de Dramaturgia Nacional con Las tentaciones de San Antonio (2011). Actualmente participa en el núcleo de investigación “Arte, política y comunidad” de la U. de Chile, proyecto dirigido por Ana Harcha y Mauricio Barría.

Henríquez no definiría a la dramaturgia como una de sus principales influencias, aunque sí rescata a Shakespeare y Brecht. Para él “uno se suministra de distintas drogas para aliviar el dolor que significa saberse tonto. La dramaturgia nunca ha sido un género muy popular. Al menos no frente a la poesía o la narrativa.” Considera que cada individuo debe buscar información por todas partes y cita la idea de B. Preciado como un axioma clave: “ningún texto es sagrado”.

A Henríquez en su faceta de dramaturgo le  molesta el encasillamiento que hay detrás de la idea del autor como una figura mítica. Para él, el dramaturgo debe probar, trabajar y compartir ideas. La equivocación es parte de su rol y sólo el tiempo va puliendo las afinidades con ciertos temas o con otros. De todas maneras, si es posible trabajar en condiciones ideales, le interesa contar historias que resulten atractivas no solo por la estructura del relato, sino por la “intensidad misma del problema que se expone.”

En cuanto a los personajes, se inclina por los que experimentan contradicciones vitales. Le gustan los personajes reconocibles “con los que uno pueda dialogar, disentir” y trata de alejarse de los héroes y los mártires. También le interesan las historias de conflictos de clase, de raza, y de género: “La rabia se concentra, y el resentimiento aparece con facilidad porque uno es un resentido en la vida. No creo que haya que privarse del odio. Hay que vomitarlo.”

En su obra La mujer metralleta aborda el tema de exilio de personajes fuertemente involucrados en episodios cruciales de la historia de Chile. Para el dramaturgo, esta obra no habla directamente de la dictadura, sino de un conflicto generacional provocado por la frase que se cansó de oír: “tú no puedes hablar porque no viviste esa época”. Para Henríquez el haber nacido en el 89 es haber nacido “en un momento de la historia en el que había mucha fe en el futuro. La dictadura había sido un periodo tan de mierda que la gente reventaba de optimismo solo de pensar que vendría algo distinto. Y mis padres creyeron en la cancioncita famosa y el arcoíris. Pero finalmente la alegría nunca llegó. Y esa dictadura neoliberal, demócrata cristiana, hetero-conservadora tan asquerosa en la que vivimos es prueba de ello.” La ficción sería la manera de esquivar la realidad y la manera de poder imaginar lo imposible.

Entre sus recomendaciones, se inclina por el lado del teatro uruguayo y argentino: La trilogía de la revolución del uruguayo Santiago Sanguinetti y el trabajo de Tolcachir y García Wehbi en Argentina.

Sus proyectos actuales:

Actualmente prepara el estreno de El cieno que se realizará en junio próximo. La obra estará dirigida por Nathalia Galgani y para Henriquez se trata de “una de las obras más extrañas en las que he participado. Es una ficción que habla de la infancia y de ciertos procesos traumáticos en la construcción de la niñez.”

En julio volverá a la cartelera nacional su obra El minero34, y en agosto, volverá también a las salas una nueva temporada de La mujer metralleta.

 

isidora stevenson

Isidora Stevenson (1981)

Actriz de la Universidad Arcis, dramaturga y directora de la compañía de teatro La Nacional. Ha participado en diferentes festivales de teatro y sus obras han sido presentadas en salas nacionales como el Centro Mori, Matucana 100 y Teatro del Puente,  entre otras, así como también en salas extranjeras. Ha sido premiada por la Fundación Mustakis y seleccionada por el FONDART para desarrollar diversos proyectos dramatúrgicos. Algunos de sus trabajos son Little Medea (trabajo colectivo), H.P. (Hanz Pozo, en conjunto con Luis Barrales), SAFE (en conjunto con María José Bello y Luis Guenel), Fábula del Niño” y “Los animales que se mueren” (junto a Pablo Paredes). Uno de sus últimos trabajos fue Hilda Peña, obra que trata sobre el tiroteo ocurrido en Las Condes el año 1993 y que buscaba hacer un ejercicio de memoria colectiva, pues como dice Stevenson “la dramaturgia debiera ser un acto de memoria, de reconstrucción, de darle voz a los que no tienen, a los olvidados y marginados. Una de las intenciones del texto, justamente,  tiene que ver con los relatos extra-oficiales, en este caso es la versión no épica, el relato femenino de un momento y lugar particular de nuestra historia reciente.”

Para Stevenson, una de sus principales influencias ha sido Juan Radrigán, a quien considera como “el gran referente y maestro de la dramaturgia nacional” y con quien ha tenido la posibilidad de trabajar. También destaca a Luis Barrales y a Pablo Paredes, quienes fueron sus primeros referentes en cuanto a la formación escritural, con quienes trabajó en proyectos como “H.P. (Hans Pozo)” y “Fábula del niño y los animales que se mueren”. Para la dramaturga, también han tenido resonancia en su formación los diferentes profesores y profesoras de talleres como por ejemplo, Nona Fernández, Ximena Carrera,  Andrea Jeftanovic, Alejandra Moffat, Marcelo Leonart y Santiago Loza. En palabras de Isidora, “cada taller ha sido una experiencia muy enriquecedora donde he aprendido sobre los diversos métodos, estructuras, estrategias y miradas particulares sobre la escritura. Han sido muy útiles e inspiradores en mi formación como dramaturga. Desde mi perspectiva el espacio de revisar materiales de manera colectiva que generan los talleres, hace crecer mucho en términos creativos.”

A Stevenson le interesa abordar en sus trabajos las construcciones emotivas e ideológicas que nacen a partir de las relaciones humanas. También siente que uno de sus temas recurrentes es la finitud, no sólo de la vida, sino también de los ciclos, los lazos, las estructuras, etc. Escribir sobre lo que se acaba sería una buena forma de definir su línea. En cuanto a las obsesiones que la llevan a hacer teatro, surgen a partir de dos puntos que considera relevantes: hacer comprender al mundo que el teatro es una herramienta de transformación social que permite exponer diversos discursos y miradas. También le otorga  significado al hecho de asistir al teatro como rito primitivo de reunión comunitaria.

La dramaturga considera que los problemas de género en su oficio nacen a partir de la estructura masculina predominante de las sociedades y sobre todo en la historia del teatro, pues “el teatro era hecho para o por hombres. El poder, históricamente lo han tenido los hombres. Evidentemente aún hay prejuicios con las mujeres, me ha tocado trabajar con personas que son muchísimo más exigentes con las mujeres que con los hombres.” Su idea ha sido aprovechar estas situaciones como lugares de creación para instalar personajes femeninos fuertes e interesantes, con una mirada que va más allá del personaje femenino histérico o victimizado. “Se trata deconstruir otros paradigmas femeninos”, plantea Stevenson. A propósito de lo mismo, recomienda la tercera versión del Festival de Dramaturgia Femenina Lápiz de Mina que se realizará entre el 12 y el 30 de agosto próximo, instancia que dará a conocer diversos trabajos de dramaturgas chilenas.

Sus proyectos actuales:

Actualmente se encuentra enfocada en la producción de su obra Hilda Peña, que planea montarse en Chile y en el extranjero, además de encontrarse en la cartelera del GAM durante mayo y junio. Además está en el proceso de escritura de su tercera obra, de la que sólo adelanta que se trata de un trabajo comunitario: “la clave, en todo orden de cosas, es generar comunidad, compartir, nutrirse de otros. Finalmente eso es lo que nos ha enseñado el teatro.”

 

Foto Tomás Henríquez: Constanza Salazar

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