Revista Intemperie

Paréntesis. Punto aparte.

Por: Freddy Fuentes
foto william soza

 

De repente se necesita hablar. Se necesita decir algo. Aunque sea palabrear. Yo no podría vivir en un edificio, piso siete, piso diez, le digo. Hay días en que me reconforta hasta la tontería dicha por un vecino, o sentir el portazo de al lado, e incluso el portazo que doy yo y que dejo atrás en una mañana fría. Ese golpe, paf, que hasta se puede leer, como en las viñetas de los cómics. Supongo que todo eso puede ser también una manía del escritor, ese escuchar que nadie advierte y que nos hace un clic, un algo, adentro. A veces digo un improperio cuando la cierro muy fuerte pero me gusta sentir que soy yo el que la tira demasiado, el que se equivoca, y que no es el cierre perfecto de un ascensor o la cerradura mecánica de una puerta de despacho. He sentido eso antes y ahora lo recuerdo como un vacío, como algo que pudo ser otra cosa pero que no terminó siendo nada. Nada en particular. Él me dice que sí podría vivir en un piso siete o diez, o no recuerdo, pero a mí no hay nada que me parezca más inhumano que las alturas y sigo obsesionado con sentir el suelo, la tierra, bajo mis pies. No quiero cambiar de opinión.

Hablamos un rato de otras cosas. Después le digo que escribir es complicado. Le digo que a menudo me pregunto qué hace un escritor cuando siente que el número de páginas que se propuso no alcanza, que hay que rellenar. Él es músico y entiende los procesos creativos. Los vive. En un disco un músico puede hacer un cover, puede versionar una de sus canciones favoritas, pero el escritor no puede decir: al final del capítulo nueve pondré un texto de Flaubert, o de Bolaño, o de Simenon, o de quien sea y quedarse conforme. En verdad me pregunto si esto es así, si algunas versiones de canciones tienen espacio en un disco por este motivo. Se lo digo. Él me responde que es así, que los rellenos en la música existen y que a veces quedan tan bien que parecen no haber sido intencionales. A veces las intenciones arruinan los resultados, pienso. Me pregunto quién inventaría eso de que el proceso y el aprendizaje es divertido, de que tienen un sentido por sí mismos. Tal vez sí, a veces, cuando todo va bien, pero cuando todo va mal es horrible. El proceso (la experiencia) se padece.

Salimos a caminar por la ciudad que parece duplicarse con las pozas de agua. Pienso en agujeros negros. Quizá las pozas de agua en un universo paralelo son agujeros, entradas en donde más allá existe este mismo mundo pero al revés, en donde las situaciones van desde su final hasta su comienzo, en donde las cosas están sujetas por debajo de las mesas, en donde los textos son ilegibles, dispersos, y los libros tienen un final más o menos claro pero no un comienzo. Puede ser el frío el que me pone a desvariar. O la ciudad, quién sabe. Son los ruidos de la tarde, del regreso, esos ruidos frenéticos y apresurados, torpes, casi infantiles. En ocasiones odio esos sonidos porque me recuerdan a algunas personas que conocí y que ya no quiero recordar. Esto lo menciono porque hablamos sobre la vida como etapas, o no sé cómo decirlo, de los distintos momentos que se unen porque quien los vivió fue uno y no otro y de alguna manera le intentamos otorgar un significado. Mis personajes están cobrando demasiada vida, le digo, sus diálogos ya se escriben solos. Agrego que quiero decir que por momentos parece que me ignoran, o peor aún, que no me necesitan. A veces se burla de mí y me hace notar que mis personajes son como yo y que están a punto de crear un caos, sobre todo los de la novela anterior. Esto, por supuesto, lo dice en términos menos diplomáticos. Yo intento convencerme de que todo está bien, de que mis personajes son dependientes como todos nosotros y que aún me necesitan.

Nos sentamos en un paradero y hablamos sobre mujeres. Esa es una imagen típica. Una postal. “Algunas experiencias son buenas, te transforman, o mejor dicho te forman”, me dice él. Yo le digo que sí mientras pienso en una chica con la que me senté en ese mismo paradero hace unos años atrás. Llovía. Esos eran tiempos en los que casi no me importaba nada, y esto lo sé porque hay poco que recuerde de esos días más que ella. Le mencioné eso a mi amigo y él puso cara de preocupación. Hubo un silencio largo. “Tantos autos”, me dijo él mientras los vehículos pasaban rápido, dejando rastros de sus luces en nuestras retinas. Tantos autos. Después agregó que el negocio de la esquina, allí, sería un buen bar. Nos reímos y lo quedamos observando en detalle. Sí, sería un buen bar, dijimos.

 

Foto: William Soza

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.