Revista Intemperie

Lo que siempre quiso saber sobre Indiana Jones y nunca se atrevió a preguntar

Por: Chico Jarpo
indiana jones

Con esta última entrega, Chico Jarpo finaliza su cruzada revisionista de los clásicos del videoclub

 

Seguramente ya se enteró que el año recién pasado se cumplieron treinta años del estreno de un puñado de películas que se transformaron en íconos de la cultura pop global: los Gremlins, Indiana Jones y el templo de la perdición, Karate Kid, Volver al futuro y los Cazafantasmas. El avasallador efecto en las audiencias pareciera ser un síntoma del absoluto liderazgo que ostenta Estados Unidos en la década de los ochenta, no tan sólo como potencia económica sino como imperio cultural. Y no es casualidad que la aparición de estos productos masivos elaborados por la gran industria hollywoodense se adelante al menos un lustro a la caída del muro.

Mientras los antropólogos siguen esperando a su héroe de acción, aunque no son pocos los que aseguran que con Lévi-Strauss les basta, los arqueólogos tuvieron el suyo durante los ochenta. Se trataba del hedonista e intrépido Indiana Jones. A través de él la figura del aventurero era revisitada con un particular giro en su acostumbrado talle. El protagonista ya no era tan sólo un “hombre de acción”, un sujeto habilidoso cuya mayor virtud radicaba en la experiencia, sino que además de aquel valor pragmático sumaba el conocimiento teórico como plus profesional. De esa forma la novedad consistía en presentar al eminente académico, con sus anteojos de cristal redondo, una menuda humita atada sobre la impecable camisa blanca, y una partidura al medio surcada no se sabía bien si con una peineta o una escuadra para, a continuación, mostrárnoslo con su atuendo de trabajo: un látigo ovillado al cinto, una chaqueta de cuero cuarteada, un morral a juego, el sombrero siempre bien calado, y perennes manchas de sudor que le pringaban el pecho y las axilas.

Si bien este juego de la doble identidad es en principio un guiño al súper héroe de la cultura norteamericana (piénsese en el Peter Parker del hombre araña o el Clark Kent de superman), más relevante aún que ese alcance resulta el cuestionarse acerca de la función que desempeña esta alternancia de indumentaria dentro del tránsito que propone la cinta. Entonces, ¿cómo interpretámos esta singular manera en que Indiana Jones se viste para salir del espacio universitario civilizado al premoderno de los territorios a los que se traslada? Porque, caeríamos en un equívoco si pensáramos que su cometido es mimetizarse con el salvaje, no es este el caso, como si lo sería en el de Tarzán, sino que, profesional como es, y de manera similar a como un viajero del tiempo resolvería el predicamento de cómo alistarse para su travesía al pasado, adecua su vestimenta a ese sitio extraño, pero aprendido a través del estudio disciplinar. Sin embargo, esa experiencia de flanquear el umbral de lo conocido hacia lo inhóspito se encuentra agravada en el caso del arqueólogo respecto al tripulante de la máquina del tiempo. Esto porque su odisea consiste en desplazarse dentro de una época presente hacia un espacio en el que existe una cultura “atrasada”. Esta consideración obliga a Indiana Jones a echar mano a un personaje en desuso de la historia estadounidense (uno que de preferencia ya sea toda una institución en el celuloide). Sus aparejos y su vestuario en ese sentido se esfuerzan por recrear una estampa que imagina cómo se vería un pionero contemporáneo: un vaquero de la era globalizada. Es decir, no es un personaje que imita al colonizado, muy por el contrario, lo que hace es restituir y actualizar un sujeto colonizador remozado.

Emparentado con el héroe de novelas de aventuras de la época victoriana Allan Quentermain personaje escrito por H. Rider Haggar, que tendría su propia versión cinematográfica en el ochenta y cinco con Richard Chamberlain y Sharon Stone como protagonistas, Indiana Jones y el templo de la perdición es una película que ilustra con todo detalle la disputa imperial entre un colonialismo obsoleto, asociado al aparato inglés, y uno eficaz, y hasta cierto punto menos agresivo, verificable en el modelo norteamericano. En el argumento del film el famoso arqueólogo ayuda a una pequeña aldea india a recuperar su piedra sagrada (y de paso rescatar a todos los niños que han desaparecido del poblado). Obviando la palmaria ironía de que la llegada del neoliberalismo a la India no ha hecho sino perpetuar la esclavitud infantil, hay que indicar que quienes están detrás de este maquiavélico acto son un grupo de separatistas hindúes que, aprovechando un antiguo culto autóctono buscan, entre otras cosas, expulsar a los ingleses del territorio. Ahora bien, la decadencia de los agentes del imperialismo inglés se hace patente al permitir que esta organización se desarrollase bajo sus narices (la necesidad de un método más sofisticado de sujeción se torna, llegado a este punto, evidente). Es, a fin de cuentas, el arqueólogo estadounidense, experto en la cultura hindú, quien descubre la inminente rebelión. Hacia el final el doctor Jones regresa con la piedra sagrada, y los niños por supuesto, (¡que no se nos olviden los niños! El futuro de la mendicidad depende de ello) a la pequeña localidad. Ahí es recibido por el sabio del pueblo, quien al comienzo de la película interpretó su llegada como un augurio de los dioses. Es aquí que el anciano reconviene al occidental acerca del escepticismo que mostró al inicio de la aventura. Como es de esperar, el profesor se rinde ante las pruebas que la peripecia le ha revelado en su transcurso. Es en este reconocimiento, sugestiva y eminentemente cultural, donde toda la lógica del capitalismo transnacional reluce la hipocresía de su propaganda. La agobiante presencia del colonizador, del funcionario imperial inglés en este caso, es reemplazada [1] por la invisible y ubicua del neoliberalismo transnacional. Un sistema económico que impone globalmente sus reglas, pero que, eso sí, respeta las expresiones particulares de las culturas que integran su basto dominio de explotación. Esta escena, en la que a diferencia de las películas que hemos revisado, es Estados Unidos el que se desplaza hacia oriente y no al revés (Los gremlins, Karate kid), perfila el cariz tan falsamente bondadoso que ostentará el multiculturalismo durante las décadas posteriores hasta nuestros días, nutriendo discursos vaciados de perspectivas políticas y económicas. En última instancia no era Harrison Ford, sino el posfordismo periférico el que llegaba para quedarse.

 

En memoria a Eduardo Galeano, un arqueólogo de la liberación y un acérrimo anti imperialista.

 

[1] De manera análoga actuó el capitalismo (ya se sabe, El imperialismo fase superior del capitalismo) cuando, una vez que la esclavitud le prodigó una acumulación superlativa lo sustituyó, a razón de su propia lógica expansiva, por el trabajo asalariado que promovía el intercambio y la producción industrial. Y, querido lector, con ciertos cambios, acontecidos sobre todo en el área de las tecnologías de la comunicación, a la que no habría que negarle la medra rotunda que significó el celular frente a la paloma mensajera, y ni hablar de las señales de humo, que en un día nublado podían convertir un cordial saludo de cumpleaños en una amenaza de muerte, provocando discordias sangrientas entre grupos tribales, seguimos más menos en lo mismo.

 

Foto: Indiana Jones y el templo de la perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom), Steven Spielberg, 1984

 

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