Revista Intemperie

Cómete a tu Jefe y posa de niñita buena

Por: María Ester
guy bourdin

 

Mentiría si no dijera que desde que entré a trabajar a esta empresa me pareció un tipo atractivo, uno de esos “feos atractivos”. Pero tampoco me pasé mayor rollo. Me gustaba mirarlo cuando llegaba del gimnasio (va al gimnasio casi todos los días), con el pelito mojado, y el bolso detrás del hombro. Me llevaba a hipotetizar sobre los efectos de tanto entrenamiento. Después empezaron las miraditas, los roces quizás un poco más que casuales cuando nos pasábamos papeles, en realidad, ni siquiera me di muy bien cuenta.

Supongo que todo tiene que ver con mi relación de pareja porque… como decirlo… quiero a Juan (le voy a poner Juan a mi pololo), pero no sé si estoy enamorada. O quizás estoy enamorada, pero soy muy exigente, y siempre siento que le falta algo. Y la verdad, es nuestra vida sexual también. Juan es un tipo super apagado, como tímido. Es super católico (yo también en todo caso), pero siento que a él eso le afecta, como que lo tranca. Yo creo en Dios y todo, pero no siento que eso influya en mi forma de vivir la sexualidad, no siento como que Dios me ponga trabas con el tema. Pero a Juan sí. Me da la impresión de que ni siquiera está completamente decidido a que tengamos sexo, es como si fuera un pecado, algo que le urge, y que hay que hacer rápido y “para callado”, sin ni hablar de eso. Entonces quizás por ahí siento como que me falta algo.

Además, tampoco voy a negar que el hecho de que sea tu jefe tiene un atractivo. Todas las niñas de la oficina andan siempre “Oye, que José dijo esto” (le voy a poner José), o “José no quiere esto”, “Hay que apurarse porque José lo necesita urgente”. Y eso igual tiene su efecto, o una como mina es muy hueona, pero cae en esas cosas.

Después, el tema empezó a subir de tono, me quedaba mirando en las reuniones, se me pegaba más cuando hablaba, me pasaba a llevar el brazo. Yo también puse harto de mi parte, esa es la verdad, de partida que me arreglaba lo más posible para ir a la oficina. Un día vino a mi escritorio (yo estaba sola), a pedirme no sé qué cosa. Casi se apoyaba en mí, y no me importaba. Después estiró la mano para tomar el mouse de mi computador y se quedó con el brazo encima del mío, mucho rato, y de repente como que se agachó y me dio un beso en el brazo, así apenas. Después dijo no sé qué cosa, y se fue como si nada.

Desde ese día quedé mal. Pensaba todo el día en él. Ni siquiera me daba vergüenza, la verdad, sólo quería que pasara algo. Me quedaba hasta más tarde en la oficina, le iba a pedir cosas, todo con tal de que atinara. Un día, cuando Juan había salido, me instalé en mi cama y me toqué mucho rato, pensando en mi jefe. Casi nunca me hago cosas por mi cuenta (no sé si será normal, no masturbarse quiero decir), y esa vez fue especial, muy intenso. Sé que suena ridículo, pero la verdad, esa fue para mí el comienzo de mi infidelidad.

Un día llegué a la empresa y supe que ese día iba a pasar algo. No me pregunten cómo, pero juro que lo sabía. Nos quedamos hasta tarde y me llamó a su oficina para algo. Nos sentamos en la mesita de reuniones, yo estaba temblando. De repente se paró, dio la vuelta a la mesa y pasó por detrás de mí, como si fuera a buscar algo. Pero en vez se dirigió a la ventana que da a la calle y cerró las persianas. Después lo sentí que me tomaba los hombros por detrás y me empezaba a acariciar. Me hizo levantarme, pero ni siquiera me volteó. Me empezó a acariciar el cuello, después las pechugas, por todos lados. Me gustaba eso, que me dominara, y yo hacer todo lo que él quisiera, someterme: me di cuenta que esa era la sensación que me faltaba.

Yo andaba con una falda larga, que rápidamente voló al suelo. Después me arrastró a una especie de clóset grande que hay en su oficina, y me apretó contra un estante y bueno, ahí pasó todo. Creo que nunca había jadeado tan fuerte en mi vida, la sensación era increíble, y no me importaba que nadie escuchara, que entraran en la oficina si quisieran, mientras lo sentía montándome por detrás.

Obviamente, no usamos ninguna protección ni nada. De repente, cuando se iba a venir, sentí que se salía y casi enseguida, su semen tibio cayéndome sobre la espalda. Fue como un golpe de adrenalina, se me pararon todos los pelos. Con Juan, por supuesto, nunca había vivido algo así, era todo siempre súper aséptico y como urgido. Se me erizaron todos los pelos y entonces, yo también acabé.

Ese día me fui para la casa feliz, y al día siguiente amanecí radiante. Esos días en que todos te miran en la calle, todo el mundo te dice que te ves bien, y andas muy alegre. Empezamos a hacerlo con mi jefe, muy seguido. A veces salíamos, íbamos a un motel (él es casado), pero la verdad a mí no me gustaron los moteles, y muchas veces lo hacíamos en la oficina. Nos quedábamos hasta tarde, y ahí aprovechábamos. O a veces me llamaba durante el día, le decía a la secretaria que no lo interrumpiera y ahí me tiraba, en el clóset, o encima de la mesa de reuniones.

Con él aprendí muchas cosas, aprendí lo que verdaderamente es la sexualidad, algo salvaje, carnal, fuera de control, no algo tan meditado o “espiritualizado” como yo pensaba antes, o como Juan me intentaba hacer creer. Eso es pura represión. Lo curioso es que a partir de entonces mi relación con Juan incluso mejoró. Me puse menos retona y exigente, hasta más cariñosa. Aunque sea raro, también la parte sexual ha ido mejorando, se ha relajado un poco, y lo hacemos con más frecuencia. Aunque por supuesto, no llega ni a los talones de la relación con mi jefe. Ahí es donde verdaderamente me libero, donde hago de todo y me siento realmente mujer. Es raro, si dijera todas las cosas que siento con mi jefe (y me gusta sentirlas), creerían que estoy enferma, o loca. Quizás lo estoy, o quizás la mente femenina es así.

Con el tiempo, me empecé a sentir un poco sucia, o puta. Pensaba que ese sentimiento se iba a profundizar, o más bien, no sabía cuál iba a ganar, si la culpa y la vergüenza, o la atracción. Pero al final se fueron mezclando, transformando en uno solo.

Ante los demás, sigo fingiendo ser la típica “niñita buena”, y aunque parezca raro, estoy segura que nadie sospecha nada. Todas siguen con sus comentarios de José, de repente incluso algún pelambre, y nunca he percibido una miradita rara o un comentario de doble sentido. Por un lado nos hemos arriesgado, de repente hemos hecho cosas en su oficina en medio del día, pero por otro lado mantenemos las cosas separadas, ninguno de los dos muestra preferencias por el otro en público ni nada de eso. Ni siquiera diría que tenemos un “amorío”, es sólo sexo, pero al menos en el sexo, yo me entrego entera, tal como soy, y he descubierto cosas nuevas de mí.

Ahora, superada la fase inicial (en que obviamente hubo rollos, y hasta pensé suicidarme en algún momento), pienso que me ha servido, que es algo que tenía que pasar. Mentiría si no lo reconociera. Yo misma me impresiono de la forma en que uno puede mentir, seguir aparentando ser la misma, decir las mismas cosas, reírse de las mismas cosas, cuando en el fondo por dentro todo ha cambiado, y nada de lo que había antes permanece igual. Es como si algo se hubiera trizado por dentro, estallado en mil pedazos en verdad, pero por eso mismo, luego se transforma en algo más hermoso.

Ahora me he convencido que tengo que terminar mi relación con Juan. No es que sea demasiado exigente, es que no lo amo, y no hay nada de malo en eso, no me puedo odiar por no amarlo. Quizás no pueda amar a nadie, y si eso fuera cierto, si llegara a ser cierto, tampoco habría nada de malo en eso. Ya sé que lo de con José no va a ninguna parte y, aunque parezca raro, siempre he sabido que es así, aunque a veces mi cuerpo se rebele, quisiera quedarse allí, con él, para siempre, en esa fusión de cuerpo, y sangre, que es el sexo.

De todas formas creo que se ha generado un vínculo, algo fuerte, que nunca se va a romper. Pero la relación con él, lo concreto, eso tiene termino, se va acabar alguna vez, y quizás mientras antes suceda, mejor.

En este plano me ha ido bien, porque busqué trabajo en otra empresa, y (suerte, o milagro divino), fui aceptada enseguida. Así que dentro de poco me cambio empiezo una nueva vida, y cuando me estabilice, reuniré el valor para hablar con Juan, dejar las cosas claras entre nosotros, ponerle un nombre a lo que hubo, y darlo por terminado, sin rencores ni malos sentimientos. La vida es lo que nos pasa y nosotros recibimos, o, mejor dicho, dejamos existir a través nuestro. Somos vehículos, medios, por el que pasan sensaciones, momentos, experiencias, nada más que eso.

 

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Foto: Charles Jourdan Spring 1976 / Guy Bourdin

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