Revista Intemperie

Il dolce far niente. Reflexiones de un hombre solo.

Por: Rodolfo Reyes Macaya
voces

 

La pérdida de una cosa nos afecta hasta no perderla toda.

A.P.

 

Desde un tiempo a esta parte, cargo sagrada y despreocupadamente través de la ciudad de dos palabras una mínima edición de Voces (edilicia 2008), el único libro que dejara el italo-argentino Antonio Porchia (1885-1968) antes de morir en la austeridad, que no en la pobreza.

Compuesto de breves anotaciones, Voces es pasto seco para la bibliomancia. Esto significa, abrir un libro al azar sin otro fin que el de hallar rastros del porvenir, articulando una cartografía privada. A veces resulta, otras no. Pregunto algo íntimo, luego leo: Antes de recorrer mi camino yo era mi camino.

Porchia tenía 20 años cuando, a bordo de un vapor alemán, se trasladó desde Génova hasta la Argentina. Fue carpintero, tejedor de cestas e imprentero. Vivió en Barracas, San Telmo, San Isidro y más tarde en Olivos. Padeció la precariedad y simpatizó activamente con el movimiento obrero, pero sin exaltación, manteniendo la distancia mientras desarrollaba una poesía de tintas metafísicas y desapego zen. Obsesionado con el silencio, cultivó la paradoja: Hallarás la distancia que te separa de ellos, uniéndote a ellos. O bien: He llegado a un paso de todo. Y ahí me quedo, lejos de todo, un paso.

Hombre solo y quitado de bulla, Antonio Porchia evitó los cenáculos literarios de Boedo y Florida. Tras imprimir una primera edición de Voces, regaló buena parte de sus ejemplares a la Sociedad protectora de bibliotecas populares. Otra parte, muy pequeña, fue a dar a distintas revistas. Hasta que Roger Callois, hurgando entre la abultada pila de libros inadvertidos o despreciados por la Revista Sur, dio con él. Recordemos: Callois fue francés, fue crítico literario, fue sociólogo, había sido amigo de Bachelard y Bataille, traduciría a Borges y a Neruda, propiciando sus respectivas consagraciones a nivel internacional. Invitado de honor de la aristocrática Victoria Ocampo, Callois se encontraba en BsAs (no de vacaciones, sino expatriado a causa de la guerra) cuando encontró el libro de Porchia y dijo: Por esas líneas yo cambiaría todo lo que he escrito”.

Recupero una anécdota referida por el escritor Guillermo Saccomano: “Una vez a Porchia le entran chorros en la casa. No tengo dinero, muchachos, les dice el Viejo. Pero pueden llevarse todos los libros y cuadros que quieran. Uno de los chorros se detiene en la dedicatoria de una pintura: Al filósofo. Los chorros se ponen a conversar con Porchia y llegan a una conclusión: No podemos robar a un filósofo.”

Capaz de unificar la humildad de su existencia con la austeridad de su escritura, Porchia resulta ejemplar en el procedimiento del borrado: Sólo algunos llegan a nada, porque el trayecto es largo. Como su autor, el ya exiguo y epigramático libro –que entre reedición y reedición se había ido ampliando– en su última entrega se empequeñece, abrazando el vacío: En mi viaje por esta selva de números que llaman mundo, llevo un cero a modo de linterna.

Lo mínimo –trampa para roedores que chillan, creyendo cantar– en este caso evidencia un amor rotundo a la evidencia desnuda del gesto. Como Diógenes, Porchia busca hombres pero encuentra esclavos y cosas. Cambia de dirección; buscándose a sí, halla ausencia y soledad. Se convence de que Un hombre solo es demasiado para un hombre solo. 

“Su libro es el más solitario, –le escribió Alejandra Pizarnik en una carta– el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo”. Y esta soledad cabe ahora en la palma mi mano para llevarla a donde quiera.

Si mal no recuerdo, el poeta norteamericano Robert Creeley se enorgullecía de haber escrito por encargo una autobiografía ínfima que cabía en la palma de su mano. Si la vida fuera un libro, sería uno exiguo, a punto de desaparecer o, bien, la medida de una mano saliendo de la opacidad para extenderse hacia la transparencia que viene después de la lluvia.

Si mis días fueran un libro, quisiera que fueran estas Voces. Así, como E. E. Cummings, tal vez cobraría conciencia de que nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas

 

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