Revista Intemperie

Bolsas de basura

Por: Nona Fernández
las bolsas de basura

En la mente de Nona Fernández se entrecruzan cuerpos enterrados en el barro del norte con escenas de “Las bolsas de basura”, novela de Enrique Winter

 

Estado de excepción por catástrofe. Así decretó el Gobierno de Chile para las regiones de Coquimbo, Atacama y Antofagasta, luego de las intensas lluvias que devinieron en el desborde de ríos y desastrosas inundaciones. Ciudades destruidas, poblados arrasados en su totalidad, una cifra estimativa de 26 muertos y cerca de 125 desaparecidos, fue el resultado general de la debacle que azotó al norte del país. Las imágenes que han quedado impresas en la prensa y en mi memoria que pronto olvidará, se debaten el protagonismo entre un gran río de lodo que se lleva camiones, casas, autos, postes de luz, vigas de madera y otras miles de cosas, y el registro de un cadáver que se asoma entre los escombros y el barro. Mediada por la pantalla del televisor, vi a una cuadrilla de hombres en Chañaral desenterrando el cuerpo de un joven que usaba, por lo menos, una zapatilla marca Nord Star y algo parecido a una camisa de tela con diseño cuadrillé. Por las noticias posteriores me enteré que ese cuerpo, o quizá no ése, pero otros como ése en Chañaral, serían inhumados transitoriamente al no existir capacidad de mantención, a la espera de ser identificados y con suerte reclamados.

Mi imaginación desbocada e ignorante en el tema, visualiza esos entierros de emergencia sin la presencia de ataúdes. Mi imaginación desbocada e ignorante en el tema, ve a ese grupo de cadáveres sin identificación envueltos en bolsas plásticas de color negro, bolsas de basura selladas con alguna cinta de embalaje, que serán los contenedores, probablemente definitivos, de esos cuerpos guachos.

En un tiempo paralelo al de la realidad cruda de estas imágenes. Un tiempo por sobre o por debajo de ellas, uno que se expande y se vuelve a encontrar de manera inquietante, como ocurre en los sueños, Brenda, protagonista de este libro, recoge quiltros atropellados en la orilla del camino. Con delicadeza y profesionalismo trabaja con su escalpelo retirando la piel de los animales, hurgando en sus cuerpos, vaciándolos de sus órganos, limpiándolos, drenándolos, restaurando su pelaje, secándolo e hidratándolo en el proceso justo que su ojo de taxidermista maneja con propiedad. Luego cose con cuidado la piel, trata de no dejar huella en cada hilván, acomoda los nuevos ojos de vidrio, las bocas sintéticas, los dientes, intentando volver a la vida a aquellos cadáveres callejeros.

El por qué Brenda hace esto no es claro ni tampoco importa. Su pasión es la excusa y la puerta de entrada que Enrique Winter, el autor de esta novela, ocupa para introducirnos en un universo donde los cadáveres, los restos, lo que queda de las cosas y las personas, sus desperdicios desparramados en el tiempo y en el espacio, en las tazas del baño, en las duchas, en el espejo, en las peinetas, en el cepillo de dientes, en los platos de comida, en nuestra memoria, en nuestra piel, son la clave para leer y descifrar el devenir de los acontecimientos, tal cual lo hacen los gitanos en las hojas del té. Los restos de algo hablan tanto o más que ese algo. “Cuando las cosas se destiñen, el color sigue en ellas”, piensa Miguel, el otro protagonista de esta historia. O quizá piensa Winter. O los dos al mismo tiempo, porque qué es Miguel sino un despojo de este autor que nos propone un espacio de reutilización, de reciclaje de desperdicios, un lugar que da una segunda oportunidad a aquellos quiltros atropellados, a aquellos cadáveres envueltos en bolsas de basura.

Cuando pienso en todos los cuerpos que se llevó el río de lodo que arrasó el norte, cuerpos que probablemente no serán encontrados nunca bajo capas espesas de barro y escombro, imagino lo desorientados y perdidos que ellos mismos podrían llegar a sentirse en un escenario de segundas oportunidades como las que plantea el autor. Imagino el desconcierto de cada uno de esos cuerpos desperdigados si alguien los recogiera y los rearmara. El nexo puede parecer voluntarioso y antojadizo, esta no es una novela de gente que resucita, ni de zombies, ni nada por el estilo. De hecho está muy lejos de eso. Pero de todas formas hay algo de ánima en pena en los personajes que circulan en esta historia. Miguel siente que habita un cuerpo prestado, un cuerpo de otro, que espera devolver en algún momento si es que recuerda el nombre del dueño. Quizás por eso sueña que duerme en dos lugares al mismo tiempo. En una vida actual y en otra pasada que sólo ha dejado registros o más bien restos en él. Los restos de Brenda, por ejemplo. El color de Brenda que no se destiñe, su sostén perdido y olvidado en el saco de dormir. Miguel divaga en el paisaje provincial que Winter ha elegido de escenario, como quién parte una vida nueva, con ojos de extranjero que disectan su alrededor, con una sorpresa velada y confusa, pero nunca entusiasta. Miguel no tiene un norte claro, parece algo perdido y confuso. Acunado por un devenir cotidiano que aplasta, pero no molesta, y que se establece como una realidad monotemática donde la promesa de una reunión con las ex compañeras que vienen a verlo de Talca puede ser el hecho más interesante y esperado de la semana. Miguel cuenta animales en su nuevo trabajo como cuenta los días que van pasando en el calendario desde su llegada a Coquimbo. Uno y otro y otro, sin grandes alteraciones. Como en un tiempo circular, como el recorrido de un túnel en el que se entra para salir por el mismo sitio. La pensión, los cereales, el polvillo de azúcar que queda en la bolsa vacía, las películas porno, los restos de comida en el plato, la saliva en el espejo del baño, los pelos del jabón, el mundo del puerto que observa y detalla con el mismo ojo taxidermista de Brenda y del autor, para ir otra vez a la pensión, a los cereales, al polvillo de azúcar que queda en la bolsa vacía.

Hasta que llega la tormenta, la gran ola de lodo.

Por supuesto en esta historia, aunque trascurra en el norte, esa tormenta no es un aluvión. Es el azar, un accidente, un condón mal puesto, un polvo apurado en un callejón del puerto, estar en el momento y en el lugar equivocado. Y los informes y el Médico Legal y la firma del juez y la conspiración y la burocracia y el poder y los políticos, y la constatación de un universo en el que no se es más que una basurita al margen en la vida de los otros.

En un tiempo paralelo al de Miguel, uno por sobre o por debajo de sus días, uno que se expande y se vuelve a encontrar de manera inquietante, como ocurre en los sueños, Brenda recoge y recoge y recoge quiltros atropellados de la orilla del camino. Duerme con una piel colgando en la vara de la tina, para mañana seguir en el rito circular del bisturí y la costura y los ojos de vidrio. En las bolsas de basura que están fuera de su edificio descansan los órganos interiores del perro de turno. Cada vez que vacía un cuerpo se pregunta cómo rellenará ese vacío. ¿Habrá posibilidad de hacerlo? ¿Algo puede realmente suplir ese interior que se fue en la basura? Mientras tanto, o quizá antes o después, Miguel escucha la historia de un par de siamesas unidas por el abdomen. Una hermana, la más débil, era un parásito de la otra y terminaría matándola. La única manera de salvarle la vida a una, según los médicos, era separándolas y matando a la más débil. Los padres se opusieron, pero las autoridades no los dejaron tomar esta decisión. Entonces la burocracia, el poder, la constatación de no ser más que una basurita, y tras un largo juicio, ante la mirada inconsolable de sus padres, las siamesas terminaron separadas. La más débil murió. La más fuerte aún sigue viva.

Miguel se pregunta de quién es el cuerpo que habita. Quién tuvo que morir para qué él entrara ahí. Brenda se pregunta si hay relleno posible para el vacío de los cuerpos que desocupa. Yo me pregunto por el joven de la zapatilla Nord Star ahí en el norte. Pienso en cómo su cuerpo debe estar descomponiéndose muy lentamente en el desierto, momificándose de tanta sal. Enrique Winter, el hombre de la basura, parece preguntarse en esta historia sobre nuestra propia composición, sobre nuestra naturaleza que desde el origen comienza a volverse un desperdicio. Sobre nuestra débil condición de siameses parásitos. Pieles de plástico negro selladas con cinta de embalaje que en su interior han llevado desde siempre sólo despojos. Basuritas al margen en la vida de los otros.

 

Las bolsas de basura

Enrique Winter
Santiago, Alquimia, 2015

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