Revista Intemperie

Viudos de Catástrofe

Por: Antonia Ávalos
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Una vez que se fue la tele del norte, el ánimo se fue al piso y comienzan las emigraciones. Por Antonia Ávalos

 

La gente se está yendo de Copiapó. Emigran como escapando, sin importarles dejar atrás raíces que, de todas formas, no tienen. Que no han construido, porque constantemente se sentían de paso.

Son las familias de clase media las que se dan el lujo de cambiarse de ciudad. Abandonan la reconstrucción y el drama, el hoyo en el que estamos metidos, como si el tema fuese opcional.

La familia entera agarra sus cosas y sale arrancando en auto, bus o avión, con destino a La Serena, Caldera o Santiago, respectivamente. La casa queda abandonada en una villa más o menos “bien”, en alguno de los callejones a los que finalmente llegó el progreso.

En la medida que la ciudad regresa a la normalidad, los padres de familia empiezan a retornar solos, como héroes que van a sacrificarse a la batalla. Llegan a la mierda y vuelven a trabajar con la cabeza gacha, medio perdidos, medio resignados y pensando que donde sea que haya estado antes, estaba mejor que acá.

Como si fuese novedad, Copiapó está lleno de hombres solos, pero no son mineros de bajada, sino los proveedores principales de las familias de la clase media meritocrática chilena.

El hombre de familia duda si vale la pena seguir viviendo aquí. Se siente impotente ante la Naturaleza, y por eso tiene miedo. Está en la disyuntiva constante de mandar todo a la mierda, o quedarse y luchar.

Los ánimos andan sensibles e idiotas. Un reclamo se transforma en llanto, y si antes se apelaba a los derechos, ahora se apela a la compasión, que logra más que la justicia.

La solidaridad dio paso a la abulia. Se nos fue el ánimo al piso, una vez que la tele se fue de la ciudad.

La ciudad se está inclinando hacia un ánimo hermético. Las villas y poblaciones se vuelcan sobre sí mismas y se acorazan ante la comunidad. Tapan sus entradas con tablas, para que el agua que a todos llega, no les llegue a ellos. Tiran sus escombros a los espacios comunes y cierran la reja de entrada al pasaje (lo que lo convierte en “condominio”, el sueño de la clase media): “Solo residente”, dice el cartel.

La nueva restricción de cuatro dígitos convierte a Copiapó en tierra baldía. Desde las dos de la tarde el flujo vehicular disminuye, para dar espacio a las máquinas monstruosas que reparan la ciudad. El polvo suspendido es cálido y opaco. Seco, como tormenta de arena. Caliente, como tostado al sol. De vez en cuando se ve una persona cruzar la calle, arreglarse la mascarilla, salir de la casa, esperar un auto; pero nunca, pasear.

La gente se refugia en sus casas. Es como si todos se estuvieran escondiendo. Está todo tan silencioso y quieto, que con un poco de brisa sería hasta agradable. Esto es como una realidad ucrónica del Copiapó que no prosperó.

 

Foto: Antonia Ávalos

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