Revista Intemperie

Lluvia

Por: Patricio Lillo
mapocho

 

No conocí la lluvia hasta los siete años. Era un agua helada que sacaba manchas rojas en las manos extendidas. Mi hermano y yo sacamos la lengua y bebíamos.

En el norte las casas no tienen techo. Se instalan planchas ligeras que cubren del sol y algo del polvo. Tampoco hay animales. No hay palomas ni lagartijas ni mariposas. Eso sí; hay moscas, perros y gatos. Tampoco hay pasto, el que se lo reserva la administración local para la plaza junto a la Municipalidad o para el bandejón de una costanera de ochocientos metros de largo, donde desfilan los conscriptos dos veces al año. Conscriptos entrenados para dar la vida por ese muñón de verde. Por nuestras casuchas instaladas sobre planchas de cholgúan, resguardadas por garitos de la pasta base con uñas blancas en cada esquina. Es todo muy ridículo.

Mi padre tuvo la idea de mudarnos a Santiago. Tenemos que vivir lejos del agua, dijo. Y así se encargó de encontrar la casa más precordillerana que el subsidio le permitiera comprar. Ni pensar en Maipú; esto es un pantano, recuerdo que dijo mientras inhalábamos los vapores alucinógenos de la pintura fresca de las casas pareadas. Ese mismo invierno se desbordó el río Mapocho. La ciudad estaba cortada. Cundía el estupor por los autos que se llevaba el caudal en pleno centro. Mi padre nos metió en el auto y enrumbamos hacia lo alto. Nos demoramos dos horas en llegar, franqueando embalses inconcebibles en Gran Avenida, Santa Rosa y Vicuña Mackenna.

Mi padre se bajó y vio con satisfacción que el sitio estaba indemne. La villa estaba en la ladera de una suave colina. Con las manos en la cintura y un llavero colgándole del cinturón dio fuertes golpes con el talón en la calle recién pavimentada. Sonaba duro, sólido, confiable. Nos tomó de los hombros y dijo; esta será nuestra casa hijos, mientras en la avenida principal aledaña a las casas una vieja se tropezaba y el agua la arrastraba un par de metros, con las patas al aire, como una tortuga volteada, como una coreografía chistosa de cine mudo. Mi madre no se bajó del auto; estaba congelada. Nunca, creo, lo perdonó.

 

Foto: repositoriodigitalonemi.cl

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