Revista Intemperie

La vida saxual de John Coltrane

Por: Mario Valdovinos
coltrane

 

En el año 1967 The Beatles editaron su álbum más influyente, Sgt. Pepper; el Che Guevara murió en la selva de Bolivia tras intentar una insurrección armada entre los campesinos del sector, que sería el detonante de la revuelta continental; también se publicó, en una edición de 3.000 ejemplares, la novela que llegaría a ser long seller y un clásico de la literatura universal: Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez. Ese mismo año falleció John Coltrane, a los 41, víctima de sí mismo y de un cáncer hepático. La noble víscera reventó tras procesar el alcohol bebido, más las cantidades de ácido (LSD) y heroína que se inyectó el músico. Coltrane en su adolescencia integró una banda, los Melody Masters, de la Marina de Estados Unidos, durante la Segunda Guerra y después se unió a varios grupos de Jazz, entre los cuales destaca el Quintet de Miles Davis, con quien grabó innumerables temas, desde 1956 a 1961, compilados por el sello Columbia, si bien el iracundo trompetista lo echó de su grupo para llamarlo de nuevo y Coltrane aceptó el bipolar tratamiento. Coltrane era un hombre introspectivo, meditabundo, particularmente religioso, nieto de predicadores bautistas, y trató de incorporar estas visiones de la divinidad en su propuesta, transformándose, tal vez sin proponérselo, en una especie de venerado Mesías de una música más cercana a la clásica, de cámara, que a la popular. Influyente, reverenciado y elogiado en vida, a lo menos en los últimos años en que aún grababa y hacía presentaciones, tras las insoslayables diatribas iniciales. Su credo era sincrético, cristianismo, budismo, islamismo, cultos de la India, cosmología, astrología, la misma fusión que aplicó a su música. Todo ello en un contexto, los sesenta, en el cual, en su país, la lucha por los derechos civiles era aguda. Los cincuenta fueron la época del maccarthismo, la pesadilla anticomunista liderada por el senador McCarthy, una desopilante caza de brujas nacionalista contra cualquier forma de disidencia.

La América racista enfrentó los intentos de abolir la discriminación, quemaron adolescentes y niños, lanzaron a la policía y al ejército para reprimir a los manifestantes, lincharon y segregaron. De hecho, el asesinato del reverendo Martin Luther King se produjo en 1968, un año después de la muerte de Coltrane. King era un promotor de la resistencia pasiva, inspirada en Gandhi, lo opuesto de Malcolm X, también abatido por la violencia racista y seguidor del líder musulmán Elijah Muhammad, ambos de tendencia radical. Surgieron con fuerza el Black Power y los Panteras Negras, Stokely Carmichael, Angela Davis. La marcha por los derechos civiles de la llamada gente de color, en la que Luther King pronunció su célebre discurso, I have a dream, se realizó el 28 de agosto de 1963, en Washington. La guerra de Vietnam reclutaba soldados negros para combatir en el sudeste asiático. El tema Hard rain, de Bob Dylan, era popular por ese tiempo y los soldados lo escuchaban, junto a los Rolling Stones y los Beatles, en un clima húmedo y torrencial, repleto de guerrilleros y de trampas contra los invasores. Los jóvenes soldados morían, sin saber por qué, oyendo una melancólica balada.

Esa atmósfera alucinatoria de enfrentamiento, psicodelia y revolución, persecuciones, rebeldías y cambios sociales, donde cualquier utopía parecía posible, fue la que orbitó la propuesta musical de Coltrane. El Jazz no podía competir con el Rock, masivo, estridente, cantado, bailable. El Jazz tiene otra raíz, el Rhythm & Blues, y otro espacio: el club nocturno, la sala de conciertos, la audiencia reducida, la melodía íntima, el lánguido baile de contacto, el susurro al oído. Coltrane comenzó a grabar en sellos de escasa distribución, Atlantic, Prestige, Impulse, aunque logró ventas espectaculares para álbumes jazzísticos. Así, My favorite things llegó a vender 500.000 copias, cuando lo habitual era llegar a las 50.000. Integró además el grupo que grabó el álbum más extraordinario del Jazz universal, convocado por Miles Davis, Kind of Blue, 1959, donde participaron también el pianista Bill Evans, el baterista James Cobb, el bajista Paul Chambers y el saxo alto Julian Adderly.

Como intérprete se movió entre el saxo tenor, de ronco registro, y el soprano, lírico y semejante al tono del clarinete mezclado con el cello, un sonido seductor para sus ideas musicales que pasaron por las tendencias del Bebop, donde brilló Charlie Parker, el Cool Jazz, liderado por Miles Davis, la Vanguardia y la música modal que encabezó él mismo, donde logró cumbres insospechadas en un estilo musical, el Jazz, marcado desde su nacimiento por un aire intransigente de inadaptación a la cultura blanca. Su arreglo del vals de Rodgers y Hammerstein, My favorite things, que vocaliza una almibarada Julie Andrews en el film La novicia rebelde, produjo en el arreglo hecho por Train -tal era su apodo entre los cultores del Jazz-, un milagro de inspiración y expresividad. Coltrane introdujo acordes y notas sinuosos que alargaron el tema según la improvisación y el feeling del momento en que el músico lo interpretaba.

Algo traincendental ocurrió entre las etapas de Coltrane como integrante de grupos y su independencia como líder de su conjunto, el Quartet, junto al pianista McCoy Tyner, el baterista Elvin Jones y Jimmy Garrison en bajo. Tal autonomía la logró después de subordinarse al criterio de figuras totémicas y autoritarias, como Miles Davis, que, sin duda lo admiraban, pero inevitablemente debía transitar por senderos obligatorios. Esta Ascensión, título de uno de sus álbumes más representativos, la cumplió de la mano de aquellas divinidades que lo inspiraron y empujaron en su vuelo, un proceso largo de ensimismamiento, de dudas, de retrocesos y experimentación con su saxo y también con las drogas que, en definitiva, le pasaron una cuenta muy cara: aniquilarlo cuando aún no alcanzaba su máxima expresión como compositor e intérprete.

Por aquellos años, Cortázar también barajaba sus cartas y anhelaba hacer en literatura lo mismo que el Jazz en la música, es decir, escribir informal y lúdicamente, reinventar el lenguaje y fusionarlo con ese desenfado que exhibían los jazzmen, que interpretaban como si Dios o el diablo los hubiese rozado, en muchos casos con el aliento de la heroína. El escritor argentino, que adoraba el Jazz y particularmente a John Coltrane, también en 1967 publicó su libro misceláneo La vuelta al día en ochenta mundos y dos años más tarde Último round, ambos volúmenes con inspiración jazzística, y, como si fuera poco, se había planteado desde Rayuela, 1963, abolir el logos occidental, el del cartesianismo, el de la vida cuadriculada y sometida a la aduana de la razón, para reemplazarlo por la Patafísica, insigne disciplina y disparate filosófico originado en el teatro del absurdo del que fue un precursor Alfred Jarry. Todo envuelto en la niebla de la filosofía existencialista y la explosión de las Vanguardias del siglo XX, en especial del omnisciente Surrealismo. Rayuela, además, se puede leer, por sugerencia de su autor, como una caótica partitura de Jazz, con capítulos que deben leerse/tocarse/interpretarse y otros entregados a la espontaneidad de los lectores. La idea era alcanzar una forma de existencia más bella, matizada de poesía y absurdo, insensatez y paradoja, furor de vivir y derrota de la muerte: ¡l´amour fou potenciado por el delirio poético!. La verdadera vida por la que murió Rimbaud. No importaba si el tránsito iba de flâneur, el caminante metafísico que deambula por ciudades, en especial París, en busca de sensaciones y bellezas, a clochard, la degradación del flâneur vuelto sin más un homeless, un viejo del saco que recicla desperdicios. Ese abismo no producía temor.

Coltrane, con su saxo intentaba lo mismo. En su álbum Ascension, Impulse, 1965, define su manifiesto y lo afianza como legado, porque el saxofonista, aquejado en el último lustro de su vida de frecuentes e intensos dolores estomacales, presentía su final. Mas es en Kulu sé mama y en The Olatunji concert, una de sus últimas grabaciones, ambas en Impulse, donde da la impresión de estar aquejado de esquizofrenia y con el rumbo extraviado, debido a la persecución de la vieja dama que le pisaba los talones. No obstante, el camino recorrido, saxo en ristre, desde su condición de acompañante de Miles Davis, de Thelonious Monk y del director Duke Ellington era extenso y profundo. Había plantado una semilla y arado en tierra fértil, no en el mar, aunque algunos pasajes de sus temas se parezcan a la brisa marina.

El puente entre el auditor y el hipnótico saxofonista se establece con cada frase musical desarrollada por Coltrane, tanto en Blue Train como en Giant Steps; en Stellar Regions y en My favorite things. También en su obra maestra, A love supreme (1964), tema basado en un poema del saxofonista. Coltrane, muerto de cáncer el lunes 17 de julio de 1967, ascendía al paraíso desde un hospital de Long Island, Nueva York. Iba sin hígado pero con los pulmones intactos, el músico y el auditor viajaban en trance.

Ya estaba en el aire la poética de lo inefable.

 

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