Revista Intemperie

Breve paso por África

Por: Camila Ponce
senegal

Camila Ponce sobre su fallido intento de reencontrarse con África, un poco antes del atentado a Charlie Hebdo

 

Mi relación con África tiene un sabor amargo. Forma parte de algo que me hace daño, pero que no puedo evitar volver a probar; como la relación con el ex pololo que no puedes ni quieres dejar; como la montaña rusa que sabes que te hará vomitar, pero continuas haciendo la cola; o como la nutella que te provoca mil granos, pero que no dejas simplemente porque sabes que es deliciosa.

En el momento en que finalmente decidí viajar a Senegal, se me agolparon todas estas imágenes en la mente. Pero de todas formas compré el pasaje. La idea, más que un viaje sin sentido, era reencontrarme con Mayumi, luego de casi 10 años sin verla. Mayumi llevaba más de cinco años residiendo en África y habíamos planificado recorrer Dakar en no más de una semana. Pero lamentablemente las cosas no ocurrieron como esperábamos.

En vez de avistar rinocerontes y jirafas, lo único que vi fueron las caras uniformes de docenas de policías dando vueltas por el aeropuerto. A mi llegada, todo parecía fuera de lugar. Como si las cosas se hubieran torcido y me hubiera equivocado de vuelo. Luego, un policía intenta averiguar si tengo ébola, mientras los europeos circulan rápidamente por los mesones de la inmigración, como si hubiesen estado en su casa. Como si ese extraño país africano fuera aún parte de Francia. Yo en cambio, presiento lo que viene, lo huelo en las caras de esos policías de inmigración, en mis papeles, como un déjà vu. De los 10 policías que atienden, me toca la única mujer, que no tiene ni la más mínima amabilidad.

Ni siquiera me habla. Mira mis papeles y se da cuenta de inmediato de que las cosas no calzan. Va donde su superior. Vuelve, y luego me dice que la siga a la otra oficina. Ahí habla con otro policía y luego me dice que vaya a recoger mi maleta. Luego, me instala en un pasillo con el resto de los africanos en mi misma situación. Todos son hombres, negros y en la cuarentena o mayores. Todos discuten con los policías. Reclaman que no es posible que los dejen ahí, que ellos también son senegaleses, y que tienen a sus familias afuera del aeropuerto esperándolos. En un momento, uno de ellos me pregunta de dónde soy, que como estoy ahí si soy “francesa”. Le explico que no, que soy chilena, y no me entiende. Les digo “Amérique Latine” y solo me mira con cara de tristeza y no dice nada.

Estoy desconcertada. La comida del avión con salsas exóticas se me sigue revolviendo en el estómago. Creo que todo esto es un mal sueño. Voy al baño y me mojo la cara. No logro vomitar la comida y me doy cuenta que estoy despierta y que son casi la una de la madrugada y sigo allí. Me siento estúpidamente culpable. Discuten delante de mí y nadie me da una respuesta clara. Me dicen que no tengo el papel necesario, que me falta la invitación de un senegalés. Les muestro el papel del cónsul. No responden. Se van otra vez. Sigo sola, rodeada de rostros africanos que no conozco. La historia es kafkiana. Circular. Nadie escucha. Nadie ve. Nadie entiende. Al cabo de un rato, el policía vuelve y me dice que hay otro lugar donde sería mejor que pase la noche.

Me lleva al salón VIP con mi maleta, donde está lleno de extranjeros en tránsito o esperando por su vuelo a cambio de 8 euros por 4 horas,una bebida y Wifi. La luz es oscura, como de motel, los sillones son peludos. Me da asco tener que dormir ahí pero mi otra opción es quedarme en la sala de tránsito con los otros africanos y los posibles turistas que puedan arribar durante la noche. Un poco más allá, un tipo fuma y otro mira la televisión. También se encuentra una pareja árabe que conversa muy fuerte. No quiero estar ahí, quiero desaparecer. Saco mi cepillo de diente y un jabón. Rituales que parecen absurdos en un lugar como ese. Respiro hondo, tengo Wifi, lo cual parece un oasis en medio del desierto. Diego, mi pareja, duerme en París, ya son como las 5 de la madrugada en nuestra casa. Le escribo a mi familia, a Mayumi que me espera en el hotel, a todos mis amigos, hasta a mi suegra. Necesito ayuda, necesito que alguien me escuche. Posteo en Facebook la noticia y nada, me pregunto si alguien cree que me pavoneo por decir que estoy en el aeropuerto de Dakar “bloqueada”… quizás tenga que decir que “estoy detenida”, pienso. Finalmente me quedo dormida al lado del televisor que transmite noticias europeas. Me despierta el mismo policía, creo que trae noticias, pero no me dice nada más que “c’est compliqué”, (es complicado), como le pasó a una chica cubana. Le explico que Chile y Cuba no tienen mucho que ver. No me escucha y me lleva de vuelta a la sala de tránsito. Le digo que Mayumi me está esperando en la entrada, no me escucha, se da vueltas e insisto. Acepta y vamos a buscarla a la entrada, la veo, con su misma cara redonda y asiática de hace 10 años atrás y rompo en lágrimas. No puedo creer que haya llegado hasta ahí para estar encerrada. Me siento impotente, desfalcada, engañada. Mayumi también llora a mi lado. Los japoneses no se abrazan pero esta vez ella sí lo hace. Toda la gente nos mira. Nadie entiende nada. El policía está a un lado de nosotras, con cara de vergüenza y decide llevarnos a ambas a la sala de tránsito. Mayumi habla con el policía, trata de buscar una solución, finalmente decide ir a la policía del centro de la ciudad, siguiendo los consejos de mi carcelero. Yo por mi parte, espero a ver si algo pasa.

Los africanos que llegaron conmigo, se han ido. Ahora estoy sola. Alcanzo a ver los autos que esperan a los turistas. Me dan ganas de romper las ventanas y salir corriendo. Repentinamente aparece una mujer con un traje colorido, tradicional senegalés. Entra al baño y reaparece con su uniforme de empleada del aseo. Sus rasgos me recuerdan a mis antiguas compañeras de residencia donde viví por 6 meses y que nunca quisieron ser mis amigas. En esa residencia de “niñas trabajadoras” la Avenue du Maine en París que más bien parecía de jóvenes pobres y/o migrantes, porque estaba repleta de africanas, rumanas, árabes y algunas francesas de provincia que no tenían para pagar algo mejor. Cuando llegué apenas chapurreaba el francés y traté de hacerme un par de amigas africanas cuyos resultados fueron bien poco satisfactorios. Mis argumentos eran básicamente que tanto ellas como yo, provenientes de países marcados por la colonización, teníamos la misma historia y por tanto teníamos que ser amigas. Ellas me miraron como si viniera saliendo del jardín de infantes y me dijeron: “Tu eres blanca, no eres como nosotras”. Desde mi inocencia pensé que éramos similares, pero la verdad es que éramos completamente distintas. Igual que esa mujer del aseo que me miraba de reojo y me pedía dinero, sin intentar entender por qué estaba ahí, varada, con esa mueca de congoja que nadie entendía.

Siento angustia. Rabia. Mayumi no aparece. Un policía de pronto viene a verme, me dice que será mi nuevo carcelero de ese día, y le dice a su colega, que me convertiré en su “nueva esposa”. La mujer policía gesticula de la misma manera que lo hacía Rose. Me cercioro que hasta tiene el mismo tono de voz de ella. Rose era mi antigua compañera de piso en París. Una franco-africana con la cual nunca más nos dirigimos la palabra. Recuerdo que durante mi paso por esa casa, por más que me esforcé por hacer buenas migas con ella, me fue imposible. Me la pasaba estudiando, mientras ella ponía la música tan fuerte que no lograba escuchar otra cosa. Apenas se bañaba, hacía comidas exóticas que dejaban la casa oliendo a ajo y fritura, y además nunca lavaba los platos.

Ojalá nuestra incomprensión hubiese llegado hasta allí. Pocos meses después de mi mudanza, la cosa empeoró. Llegó la fecha de mi cumpleaños, y con mis compañeras de piso decidimos celebrarlo en grande. Nunca supimos realmente de donde salieron tantos invitados. En un lugar de 70 m2 llegaron 200. Como resultado: los invitados nos dejaron vómito en el ascensor, algún “amigo de lo ajeno” se llevó mi cámara nueva y la alfombra del salón quedó completamente destruida. Pero eso no fue lo peor, lo peor vino después. Vino cuando Rose me culpó de todo. Las dos franco-africanas se aliaron en mi contra y no sólo me obligaron a cambiar la alfombra por completo, sino que además tuve que aguantar la tortura de que me llamara cada semana la mamá de una, para amenazarme con cobrarme la garantía de los dos meses de arriendo. África.

Sigo en África. Pasan las horas y pierdo la noción del tiempo. Mayumi está a mi lado. Conversamos, miramos Internet, intercambio llamadas con la cónsul chilena en el Congo y nada. Mis amigos escriben sobre mí en las redes sociales “liberen a Camila” o “Camila lleva 3 días bloqueada en el Aeropuerto de Dakar”. Un amigo francés, Pierre, me habla de un senegalés, un tal Eric, que puede ayudarme. Mientras hablamos, los policías se levantan de sus puestos y se ponen a rezar. Pierre trata de explicarme que ese “amigo” está en el aeropuerto. Le escribo por wasap, y me responde. Es cierto. Alguien vendrá a ayudarme. Me dice que irá a la policía a conseguirse un permiso para hacerme una invitación. Me ilusiono. Creo que realmente podré salir de ahí. Los policías siguen sin dar respuesta.

Horas después, Eric, me llama para avisarme, que ya es “trop tard” (demasiado tarde) para hacer algo. A mi mamá la entrevistan en la prensa, Camila Vallejo me retwittea. Muchos periodistas me escriben. No entiendo cómo esto alcanza dimensiones tan apoteósicas. Me sigue llamando la cónsul chilena, pero no ayuda. Me trata como si fuera su hija. Pero no puede hacer nada por mí. Me repite la misma información que me ha dicho el policía una y otra vez, y eso es igual a nada.

Al final, el policía me confirma que me embarcarán esa misma noche. Mayumi llora, yo también. Debería estar feliz por volver a Francia, pero no lo estoy. Trato de aguantarme las lágrimas pero no puedo. El policía que antes me había dicho que “era su esposa” ahora no me habla, no sonríe. Es como si se hubiera transformado en otra persona. Me deja en la sala de espera y se va.

Después de esa experiencia, llego a París un día después de los atentados de Charlie Hebdo. Ya conocía la noticia, pero en ese momento se vuelve real: París está sitiado. En los días que siguen empiezo a ver imágenes que no dejan de perturbarme. Por ejemplo, empiezo a ver más africanos de los que existen, y a todos les encuentro cierto parecido a los policías de Dakar. A veces tengo la impresión que me topo con ellos o con sus primos. Otros me parecen que vienen recién llegando porque portan las mismas túnicas coloridas de mis carceleros.

 

Foto: Aeropuerto Internacional de Dakar Léopold Sédar Senghor, Senegal, África

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