Revista Intemperie

Zamudio: entre la realidad y la ficción

Por: Gastón Carrasco
daniel zamudio

A un capítulo de finalizar la serie “Zamudio, perdidos en la noche”, adaptación del libro del periodista Rodrigo Fluxá, nos detenemos a reflexionar sobre su recepción, el problema de la ficción y el mal

 

La recepción

Emitida desde el domingo 29 de marzo, la serie basada en la muerte de Daniel Zamudio no le fue indiferente al público (siempre sesgado) de las redes sociales. En Twitter se manifestaron detractores, principalmente por no ser fiel al libro, por exagerar los rasgos de violencia y sexualidad, o por, directamente, mostrar homosexualidad en televisión. Así también, se manifestaron entusiastas adherentes, jubilosos de ver una buena adaptación del libro, una serie fiel a la violencia y sexualidad de nuestra sociedad y por atreverse a mostrar, directamente, una relación sexual homosexual en televisión. Entre estos, por ejemplo, René Naranjo destacó con twits como el siguiente: “En #Zamudio está el mejor retrato de la sociedad chilena contemporánea que haya mostrado la #TVchilena. Implacable, lacerante y valiente”.

Ahora bien, esta repercusión social parece contrastar con el rating del programa. Con un promedio de 7 puntos, y un peak de 9 (al menos en los primeros dos capítulos), la serie dirigida por José Ignacio Sabatini no logró batir las producciones turcas emitidas por Mega y Canal 13.

Los familiares y amigos de Daniel, por su parte, constituyen los espectadores más atentos y críticos de la adaptación de la historia, donde ellos mismos participan como personajes. Previo a la emisión de la serie, Iván Zamudio, padre de Daniel, decía estar seguro del buen trabajo que se haría con la historia de su hijo, “como una forma de generar conciencia”, a pesar de no tener claro lo que se diga de ellos en la serie (en entrevista a ADN radio).

Pero una vez emitida, la madre de Daniel, Jacqueline Vera, asegura que el planteamiento de la serie estaría bastante alejado de la verdad. Tanto en la representación de su hijo como en la de su familia, habría exageraciones e imprecisiones que harían ver la historia de una manera que, según ella, ciertamente desvirtúa los hechos, desprestigia al joven y a ella misma como madre.

La cuestión de la ficción

De esta breve descripción de la acogida surge de inmediato el problema de la ficción o ficcionalización de la tragedia. El trabajo de investigación realizado por Fluxá parte de un primer reportaje realizado para la revista El Sábado, a los jóvenes que encontraron el bolso de Daniel. A partir de esta primera exploración, nace en el periodista la idea de hacer un libro en torno a la muerte de Zamudio y al perfil de sus homicidas, más allá del rótulo de “banda de neonazis”. La tesis del libro sería algo así como que la muerte del joven no sería un asunto específicamente de homofobia, sino más bien una consecuencia del estado actual de nuestra sociedad, en la cual los asesinos también serían víctimas.

Para llevar a cabo la indagación, el periodista investigó dos años informes técnicos del OS9, perfiles psicológicos y, principalmente, relatos de amigos de Daniel (más de cien, según Fluxá), de manera de lograr un perfil equilibrado del joven hasta el momento de su muerte. Todo este trabajo, deja finalmente inconforme a la familia de Zamudio y al MOVILH, por no sentir que refleja fielmente la vida del joven, por un lado, y por sacar del centro la teoría de móviles homofóbicos de los asesinos, por otra; problematiza ciertamente la idea de poder reconstruir los últimos días de un joven muerto de manera brutal a manos de otros jóvenes. La confianza en informes técnicos de las instituciones, así como en los testimonios de amigos que los mismos cercanos a Daniel desconocen, da cuenta una visión bastante parcial y oblicua de los hechos.

Llevar a la pantalla entonces un libro que (como Biografía de una amistad de Claudio Narea), constituye sólo una visión personal de un determinado tema, y que adaptado terminará por desdibujar la “realidad”, no es más que un gesto de apropiación y libre uso de la creación. El mismo director de la serie se toma varias licencias para construir personajes, que tienen tan solo una base “real”. Nada nuevo, nada de otro mundo, ficción de la ficción. El problema radica en lo que Mariano Aliste, amigo por más de seis años de Daniel, considera una contradicción del programa. Poner por título un nombre real, hacer uso de nombres propios de sujetos que vivieron la tragedia, y tergiversar o directamente modificar la “historia”, es ciertamente un asunto más allá de una “toma de licencias”.

Aliste propone que la irresponsabilidad de TVN hubiese mermado si la serie tuviese otro tono, más cercano al libro, no tan agresiva, ni violenta, y que Daniel fuese mostrado como él lo conocía, menos promiscuo, con problemas que iban más allá de su sexualidad o supuesto abandono de la madre. Dónde empieza la ficción, dónde termina la realidad, es un asunto que con esta serie no podremos resolver.

El mal

El director de la producción Juan Ignacio Sabatini plantea la necesidad mantener presente este tipo de hechos y temas en la televisión. La posibilidad de llegar a un público masivo y poder seguir con el debate sería el móvil detrás del proyecto. El problema está en cómo responder al fenómeno. Iván Zamudio (Daniel Muñoz) le pide al fiscal a cargo del caso (Jaime Omeñaca) que pregunte a los asesinos por qué hicieron lo que hicieron. La respuesta, claro está, parece imposible de responder, por ellos, ni por nosotros, pobres espectadores.

solos en la noche

El periodista Oscar Contardo al reseñar el libro de Fluxá, parece apuntar a un lugar que nos parece pertinente. La cultura del abandono del padre y la violencia doméstica son ciertas directrices para intentar entender el fenómeno. Se trataría entonces de: “la rabia que se traspasa por generaciones y que va tiñendo la forma de ver el mundo, de tratar a los más cercanos, de responder frente a la necesidad de afecto. Aquel monstruo de la brutalidad atávica que alguna vez se encarnó en El chacal de Nahueltoro reaparece en este libro de otra manera, en un país distinto” señaló Contardo a Paniko. No es gratuita la aparición del Chacal en este comentario. La brutalidad toma su lugar y se reactualiza con las particularidades propias de nuestro contexto.

Continúa Contardo:

Bastaba leer «neonazi» para que todo cobrara un orden: la violencia, aquellos que llamamos el mal, lo que acabó con la vida de Daniel Zamudio, habitaba en un lugar delimitado ajeno al de los lectores, un sitio con fronteras claras distinto al nuestro, el de los ciudadanos decentes. Los victimarios tenían creencias torcidas y abrazaban una ideología absurda, eran monstruos fácilmente reconocibles. Las etiquetas sintetizan y tranquilizan.

El gesto es claro. No podemos simplificar un fenómeno con la etiqueta fácil. Fluxá lo advierte y lo intenta explicar. Contardo reconoce el gesto y lo agradece.

Por nuestra parte, creemos que tanto la serie como el libro de Fluxá, el cual revisé para esta columna (sin tanto entusiasmo, debo reconocer), insiste en postular tanto el comportamiento de Zamudio como el de sus ejecutores, como parte de un problema estructural. La sociedad es la responsable de engendrar estos “bastardos” (los ejecutores), en directa alusión a sus “huerfanías”. La razones detrás de sus actos: violencia, abandono, pobreza, marginalidad, olvido, etc. La explicación del fenómeno estaría en un diagnóstico sociológico y psicológico (la ausencia de los padres, se insiste) que parece sostenerse por sí misma. Nuevamente, la confianza en la institución (de conocimiento en este caso) ordena el pensamiento de Fluxá, y la representación en la serie. Entonces, si los padres hubiesen estado presentes ¿nada de esto hubiese ocurrido? La confianza en las instituciones, particularmente en la familia en este caso, como noción de orden social imperante, parece ser la articuladora de esta historia, ergo, la huerfanía desencadena el mal social.

Todo esto parece no más que eludir, finalmente, un tema que se deja ver desde el inicio de este caso. El mal desplegado en el acto de violencia, tortura y muerte de Daniel no es tan solo la expresión de la marginación provocada por la estructura central, sino también la incapacidad del hombre de moverse sin matarse entre sí (según nos dice Golding en su Caída libre). Nuestra naturaleza radica en la dialéctica entre creación y destrucción: “todo lo que nace / merece ser aniquilado” dice Mefistófeles en el Fausto de Goethe.

El acto de destrucción en el caso de Zamudio implica un despliegue de “maldad” inimaginable para nosotros, meros espectadores de la serie o lectores del libro de Fluxá. Como dice Michael Silva (actor que personifica a Ariel Andrade, imitador de Michael Jackson, y ciertamente uno de los personajes más complejos de la serie) en una entrevista dada a TVN: somos incapaces de dimensionar el nivel de violencia ejecutado sobre Daniel, no es posible ponerse en el lugar de la víctima, de sus familiares o victimarios. Solo podemos tomar distancia, y respetar, agregaría.

Siguiendo a Silva en sus declaraciones, no es preciso sobrevalorar a Zamudio, quien fue un desafortunado más que un mártir, pues no decide entregarse a morir, simplemente muere por un acto de mal sin más. Muchos otros jóvenes han muerto por odiosidades de diversos tipos, bajo condiciones igual o más violentas, todas producto de un mal difícilmente comprensible, muchos menos justificable. Sigo con la lucidez del actor, quien también retrató a Jorge González hace algunos meses. La condena ya está hecha, y no somos nadie para condenar ni justificar actos que poco entendemos. Ser asesino no es una condición sino que es parte de un acto puntual, una acción que, eventualmente, cualquiera podría llevar a cabo.

Creo que fue el narrador argentino Roberto Artl quien, en algún lugar, menciona la necesidad del hombre de caer en lo más bajo para poder entender la experiencia de otro, desde el fondo de su propia existencia. El gesto no es fácil, porque implica dejar de lado valores, normas, cualquier ética por jugarse el todo por el todo en un acto desinhibido de maldad “pura”. Por supuesto que un joven de cualquier tribu urbana no tiene en mente esto, así tampoco un imitador de Michael Jackson o un padre joven que asalta para llevar algo de leche a su hijo. Ser el más malo del Eurocentro, como se dice de Jano Core, no basta para alcanzar dicha “maldad”. ¿Pero todos ellos juntos?, como jauría, o familia por defecto, tal vez lograron llegar a eso, y desplegar lo peor del hombre en una comunión retorcida, lo que me lleva a cerrar con un fragmento de algún cuento de Marcelo Mellado que guardé para una ocasión como esta:

Son como los perros vagos – insistía-, desparraman los tachos de basura del barrio, se entretienen dándole patadas y ensuciando el pavimento, y quebrando, además, botellas de licor que han bebido. Peor que perros – arremetía-, porque por último los perros lo hacen para alimentarse, mientras que estos malditos lo hacen para entretenerse. Salen en jauría igual que perros, a hacer puro daño.

 

Foto: iguales.cl

 

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