Revista Intemperie

Il dolce far niente. Knut Hamsun entre chaquetas amarillas

Por: Rodolfo Reyes Macaya
hambre

En sus días desocupados, Rodolfo Reyes medita sobre el arte de la relectura, señales de ruta en la selva de los recuerdos

 

Ha terminado el verano y para quien se afana en la poltronería es inevitable volver sobre los pasos. Examinar la vanidad de las cosas y releer aquellos libros que alguna vez constituyeron un punto de inflexión en el tiempo. Porque releer es también verse a sí leyendo ese mismo libro en el pasado. Uno recuerda y puede ser cruel. Puede ser provechoso. Puede ser que nos demos cuenta de que aún no entendemos nada.

Hace seis años fui de paseo al Cajón Del Maipo con unos amigos y después de haber subido y cruzado unos cuantos cerros, después de haber establecido el campamento, me la pasé aislado del grupo combatiendo un enjambre de chaquetas amarillas y leyendo un libro espantoso que sin embargo no podía parar de leer. Se trataba de Hambre de Knut Hamsun: “Era el tiempo en que yo vagaba, con el estómago vacío, por Cristianía, esa ciudad singular que nadie puede abandonar sin llevarse impresa su huella…”.

Así son las primeras líneas de la primera novela del otrora célebre escritor nórdico; relegado al olvido tras sus desafortunados escarceos con el fascismo. Fue escrito en 1889, luego de los incansables vagabundeos de Hamsum, hijo de campesinos noruegos, a lo largo de Europa y Norteamérica, y diferentes oficios y carencias. Es fruto de los cabeceos de un hombre piojoso y harapiento en una buhardilla. El protagonista y narrador deambula a través de Oslo intentando no el éxito sino el pan. Duerme en la calle y a veces, cuando ni el invierno ni la policía arremeten con furia, se tumba en el banco de los parques. Se sabe escritor pero no tiene fuerzas para preocuparse de los espejismos de la gloria. Escribe artículos pretenciosos con títulos abominables (como El conocimiento filosófico) que muy de vez en vez le aceptan y le pagan.

De cualquier manera, a medida que releo Hambre voy reviviendo menos el periplo del ajado y joven narrador que mis propias e insignificantes peripecias en ese viaje al Cajón del Maipo realizado seis años atrás. Viaje sepultado en la progresiva amnesia, como tantos otros, ahora rescatado y traído a la superficie por la relectura de un librito a mal traer. Recuperando rostros y gestos velados por el tiempo, articulo una biografía mínima y fantasmática, le doy sentido al absurdo dibujo de mis pasos de animal tenue entre las montañas andinas.

Las cosas y el tiempo que habité vuelven (la magdalena proustiana es una de las imágenes entronizadas para este tipo de retorno) gracias a la relectura. Pero incluso parece no ser necesario volver a leer un libro para que los fantasmas se escapen de sus jaulas. Me explico: hace unos días, caminando otra vez por el parque Rivadavia, reparé en un usado volumen de Morfina de Mijaíl Bulgakov. Relatos, si mal no lo recuerdo, en torno a la ya clásica figura de un médico rural relegado a las provincias de un imperio desganado. Hizo falta sólo mirar la portada para que volvieran a mí los recuerdos que rodearon la muerte de mi abuelo. Pues yo leía ese libro mientras él agonizaba en una clínica de Temuco. Así es como veo un montón de árboles nativos mientras yo recorro los caminos del cerro Ñielol, a escasos minutos de la habitación donde se encontraba mi abuelo, ficción y realidad (binomio siempre inestable) se confunden. Estoy en Rusia, impotente ante la sífilis y la tuberculosis de los campesinos, pinchándome un brazo con morfina o estoy en la Araucanía a los pies de la cama de un anciano moribundo cuyo rostro se me diluye entre los dedos.

Tal vez sea una perogrullada, pero los libros son señales de ruta para no perderse irremediablemente en esta selva. Avanzando a machetazo limpio, distingo los claros gracias a un artefacto textual. Lo que está fuera del marco permanece y se dota de un sentido gracias a la contemplación salvaje o indolente del cuadro. Una relectura es como enfrentarse a una grabación de sí mismo realizada dos o veinte años atrás. Y en esa grabación alguien que fuiste (aunque difícilmente lo creas) te dice desde la pantalla que estás más flaco, más gordo, más cursi o amargo. Te dice “me traicionaste” o sencillamente te recuerda cuánto has caminado para llegar a un lugar que no acabas de comprender.

El verano ha terminado y en medio del ensordecedor ruido del otoño, que ha llegado con pasmosa puntualidad, me parece indispensable releer para acomodar los golpes que vienen, para ahuyentar la amargura contemplando las partículas que se van. Releo a Hamsun en Bs As, el libro se me deshace entre las manos, y al mismo tiempo estoy en la cordillera de los Andes entre insidiosas chaquetas amarillas y amigos que dejaron de ser.

 

Foto: Hambre, Knut Hamsun (Tor, 1890)

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