Revista Intemperie

Crónica de viaje: en el corazón de Brasil

Por: Gonzalo Muñoz
tapirape

Gonzalo Muñoz visita una tribu que estuvo a punto de extinguirse, y una misión religiosa que representa lo contrario de lo que fue la colonización

 

Al fin y al cabo, el viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta

ni acaba cuando alcanzamos el destino.

En realidad empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca

porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior

por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio.

(Ryszard Kapuscinski. “Viajes con Heródoto”)

 

Tras recorrer por tierra y agua casi 600 kilómetros desde Palmas de Tocantins, capital del estado del mismo nombre, junto a mis padres y nuestro amigo Félix llegamos al pueblo de Santa Terezinha, localidad ubicada a orillas del río Araguaia, en el noreste del estado de Mato Grosso.

Gracias a la gestión de nuestra anfitriona Leuter, una ex religiosa brasileña que realiza una importante labor social en Santa Terezinha, por la tarde iremos a conocer una aldea del pueblo Tapirapé, distante a unas dos horas en auto del pueblo. Tras una breve siesta –que por estos lares es una tradición insoslayable– enfilamos junto a Leuter y su amiga Edina hacia la aldea, a través de un camino de tierra roja, la misma que tiñe nuestra ropa cuando debemos bajar a cambiar un neumático pinchado de su camioneta; mas el contratiempo no evita que lleguemos a las tierras de los tapirapé, territorio que por ley solo ellos pueden habitar y en donde se emplazan seis aldeas. Nos dirigimos a la que habita Veva, una religiosa de la congregación de las Hermanitas de Jesús que roza los 90 años y que desde hace 61 convive como una más con los tapirapé; es la suya una forma de misión religiosa que promueve la integración de los religiosos dentro de la cultura local y aboga por el respeto de las tradiciones y forma de vida de los pueblos indígenas, un enfoque a todas luces inverso al de la evangelización tradicional, y que por años fue el único seguro de vida que tuvieron los tapirapé para evitar su exterminio por parte de latifundistas y otros pueblos indígenas.

Odila, una religiosa que vive con ella, nos recibe en la choza que ambas comparten y nos presenta. Veva usa pelo corto y viste una camiseta café claro con la imagen de un tucunaré. Nos cuenta que cuando llegó a la región, los tapirapé no llegaban al medio centenar y se encaminaban a la desaparición: estaban en guerra con la temible etnia Kayapó y vivían sobre los árboles, convencidos de que no tenían futuro alguno; incluso las mujeres no querían llevar sus embarazos a término para que sus hijos no cargaran con el peso de ser los últimos representantes de un pueblo que dejaba de existir.

La religiosa nos presenta a una anciana ciega que al interior de la choza come acostada en una hamaca: se trata de la viuda de Marcos, el indígena responsable de rescatar los aspectos más importantes de la cultura Tapirapé y quien evitó que su tradición cayera en el olvido.

Tomamos jugo de graviola y mientras la conversación comienza a tomar ritmo, Leuter nos recuerda que debemos volver: no tenemos rueda de repuesto y en estas latitudes el sol se pone temprano y el crepúsculo dura solo un instante. Más encima, uno de los puentes que cruzamos antes de llegar al territorio Tapirapé constaba solo de dos grandes troncos cortados longitudinalmente, por lo que si durante el tiempo que estuvimos en la aldea pasó algún vehículo con ejes más anchos que los de nuestra camioneta, deberemos ajustar la medida del puente a pulso.

Nos despedimos y partimos levantando tierra roja de vuelta a Santa Terezinha. Cuando llegamos al dichoso puente vimos que la camioneta no podría pasar: la separación entre los troncos había aumentado demasiado. A empujar se ha dicho. Por suerte, quienes habían hecho el mismo ejercicio antes que nosotros dejaron unos tablones que permitían hacer palanca y desplazar los pesados troncos. Era el momento preciso para citar al griego Arquímedes, así que exclamé a los cuatro vientos: «¡Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo!».

En honor a la verdad, nunca dije la frase, pero la pensé. Bueno, tampoco la pensé, y aunque lo hubiera hecho, verbalizarla no habría servido de mucho, ya que ni Leuter ni su amiga Edina me habría entendido un carajo. Pero bueno, lo importante es que apliqué el principio que mueve a la más elemental de las máquinas y la camioneta pudo pasar el puente.

Ya superado el contratiempo, aproveché lo que quedaba de camino para disfrutar el paisaje que cruzábamos y pensar sobre lo que había visto donde los tapirapé. La imagen que tenía en mi cabeza dista mucho de lo que presencié en mi corta estancia en aquella aldea con luz eléctrica, estanques de agua potable, jeans, motos y antenas de televisión satelital, pero debo entender que el progreso es para todos y que empeñarse en mantener la idea del indígena desnudo –y reacio a aceptar elementos tecnológicos y culturales que puedan servirle de ayuda–, es algo que solo sirve para deleite estético de quienes pretenden mantener el estereotipo del indio puro que, por su sola condición, rechaza todo lo externo. Prefiero quedarme con lo que Félix me dijo sobre los Tapirapé: que son un pueblo que con el tiempo ha adquirido una conciencia de la importancia de su propia cultura y costumbres, y quienes tienen un profundo orgullo de ser quienes son.

 

Foto: indios.org.br

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.