Revista Intemperie

Cambio de casa en Copiapó

Por: Antonia Ávalos
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Nos fuimos como gitanos ricos y llegamos como vecinos pobres, cuenta Antonia Ávalos de su mudanza en la ciudad cubierta de barro

 

Hoy nos cambiamos de casa. Nos trajimos las cosas esenciales (tele, refri, lavadora, microondas, horno eléctrico, mesa, sillas, colchones, ropa, platos, ollas, mercadería y las dos perras), en un camión Hino 500, tipo plataforma, de nuestra propiedad.

Nos vinimos con un sentimiento de alivio y vergüenza a la vez, porque sabíamos que la situación era invivible, pero sentíamos que era un privilegio irse a una casa mejor. Seca, con los servicios básicos funcionando y totalmente nueva.

Los cachivaches iban bien amarrados, pero a la vista de todos. Por eso la villa entera tomó conocimiento de que los de la “casa del fondo” estaban abandonando el barco.

Nos fuimos como gitanos ricos y llegamos como vecinos pobres.

Entramos al condominio donde estaba la nueva casa, con la camioneta por adelante, “abriendo camino”, y el camión de la mudanza por detrás.

Nos instalamos.

Ya no estamos aislados, pero sí rodeados de mierda.

Las principales calles están cubiertas por una nube de polvo. Se siente la tierra que entra por las fosas nasales cuando se respira.

La ciudad está tan horrible, que estamos asustados, silenciosos y resignados; ensimismados y parcos.

El polvo en suspensión se puede ver a través de un rayo de luz. Y a través del polvo se pueden ver mascarillas blancas, que son personas haciendo trámites, la mayoría comprando víveres y colchones.

El paisaje es tenebroso.

Es postapocalíptico.

Copiapó está feo, abandonado.

La ciudad había recién estrenado mall (Mall Plaza Copiapó), avenida (Los Carrera), ciclovía (Copayapo) y estadio (Luis Valenzuela Hermosilla, un poco más antiguo, pero nuevo de todas formas). Y todo quedó arruinado.

Muchas personas están migrando a Caldera, Vallenar, Santiago, La Serena y Coquimbo, Chillán, Temuco, etc. demostrando que ésta es una ciudad adonde se viene a trabajar, pero no a vivir. Nadie se enamora de Copiapó, a no ser que haya nacido o haya sido criado en la ciudad. Es de esos lugares que sólo un oriundo defiende con pasión.

Cuando se presenta la oportunidad de irse de Copiapó por un trabajo similar o mejor remunerado, o por problemas de sanidad, aluvión, etc. la gente, en general, se va.

De los que quedan, algunos optan por la mascarilla, y otros no. Algunos se vacunan contra la Hepatitis A, y otros no. Algunos votan por las botas de agua, la mayoría, no.

Pero absolutamente todos se han visto afectados por la catástrofe 2015.

Todo es barro y mierda; barro y mierda.

No hay escapatoria

 

Foto: Antonia Ávalos

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