Revista Intemperie

Lo que siempre quiso saber acerca de Karate Kid y nunca se atrevió a preguntar

Por: Chico Jarpo
karate kid

Chico Jarpo continúa su cruzada revisionista de los clásicos del videoclub

 

Si no lo sabe ya es hora que lo sepa, el año recién pasado se cumplieron tres décadas del estreno de un puñado de películas que se transformaron en íconos de la cultura pop global: los Gremlins, Indiana Jones y el templo de la perdición, Karate Kid, y los Cazafantasmas. El avasallador efecto en las audiencias pareciera ser un síntoma del absoluto liderazgo que ostenta Estados Unidos en la década de los ochenta, no tan sólo como potencia económica sino como imperio cultural. Y no es casualidad que la aparición de estos productos masivos elaborados por la gran industria hollywoodense se adelante al menos un lustro a la caída del muro.

Nos hizo amarrarnos un trapo en la cabeza y equilibrarnos en una sola pata encima de tarros vacíos de leche nido o pintura, intentando ejecutar “la grulla”, un aparatoso golpe de karate que en la realidad podía llegar a ser tan letal como un chirlito. Pero eso sí, por ningún motivo nos dejamos convencer de que encerar el piso o pintar la reja nos ayudaría a adquirir secretas destrezas marciales (los límites de la ficción, lo sabíamos de sobra, terminaban donde empezaba el esfuerzo). Por eso y por más Karate Kid se convirtió en el himno del adolescente esmirriado y enclenque. Tanto así que mucho antes de que el matonaje escolar llevase por nombre “bulling” nos presentó una historia que gira en torno a un protagonista flacucho que es acosado (“cargoseado” hubiese dicho mi abuela) por un grupo de atléticos e infatigables antagonistas.

Si con los Gremlins lo “oriental” constituía el principal elemento para retratar una identidad norteamericana amenazada por lo foráneo, en Karate kid ocurre lo contrario. La idea de una cultura diametralmente distinta a la estadounidense es, en primera instancia, un bálsamo que ofrece la oportunidad de absorber los rasgos de esa singularidad y enmendar a través de su adopción aquellos vicios en que ha incurrido la idiosincrasia vernácula. Esa es por cierto la tarea del señor Miyagi. En él se reúne una serie de estereotipos orientales que logran exorcizar los fantasmas acumulados por una nación cuya historia desde la esclavitud hasta su consolidación imperial ha forjado su poderío mediante la violencia y la expoliación. De esa forma la nobleza, sabiduría y compasión que caracterizan al personaje asiático se convierten en valores que se revelan ante la codicia y la altanería de un país que observa su inminente ascenso al liderazgo mundial a la luz de un meticuloso examen de consciencia.

No por nada el vínculo que liga al señor Miyagi con Norteamérica es haber combatido del lado de los aliados en la segunda guerra mundial. Resulta paradójico que en la escena en que se revelan estos antecedentes se escamotee el hecho de que su origen es japonés (nació en la isla de Okinawa) lo que supondría todo un dilema ético, en especial si rememoráramos aquel incidente con las bombas atómicas.

Sin embargo, esos impases argumentales resultan insignificantes con tal de impedir la concesión de la artificiosa mística que posee el viejo maestro de artes marciales a la China comunista. Ahora bien, en contraposición a este acervo oriental se encuentra el director de la academia de karate a la que asiste el grupo que persigue al flacucho Daniel. Sus credenciales despejan aún más la lógica que estructura el film: se trata de un ex oficial de la guerra de Vietnam. Es decir, dos perspectivas que la propia película construye como antagónicas se encuentran disputando la no despreciable primacía de instruir a la juventud (Sócrates tuvo que empinarse un cortito de cicuta por mucho menos).

La cercana, repudiable y por sobre todo invasiva política exterior llevada a cabo en Vietnam o la idealizada percepción del rol que jugó Estados Unidos durante la segunda guerra mundial. Ésta última, comprendida como un acto desinteresado y heroico (una imagen articulada en gran medida gracias a toda una tradición cinematográfica desplegada por la industria hollywoodense) posee un símil en la memorable escena en que el señor Miyagi intercede para proteger al indefenso muchacho del alevoso ataque de un puñado de abusivos agresores. Es decir, la intervención estadounidense (irónicamente provocada por el ataque japonés), parece ser percibida no tan sólo como el acto en legítima defensa por antonomasia, de un modo análogo a cómo el señor Miyagi alecciona a su pupilo en los principios pacíficos del karate, sino que también como un gesto de misericordia y humanidad, al contribuir con la liberación del pueblo judíos bajo las practicas de exterminio nazi. En otras palabras, Karate Kid, más que una película que versa sobre las desventuras de la adolescencia, pareciese invocar las ansiedades y recelos de un joven imperio Estadounidense.

 

Foto: Karate Kid, John G. Avildsen, 1984

 

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