Revista Intemperie

“La nobleza se fue a la conchetumare”: sobre “Bareta” de Roberto Farías

Por: Marcelo Leonart
bareta

El escritor Marcelo Leonart recomienda a ultranza un cine callejero y teatral, que retrata el Santiago anti-hipster, tras la mirada de Roberto Farías

 

Un payaso de la calle nos anuncia el pasado de lo que veremos: nos cuenta a grandes rasgos quiénes son Bareta y Carranza, dos choros de barrio, ladrones, los mejores, antes amigos, hoy los peores archienemigos del mundo del hampa. El payaso de la calle (pintado con una gran y colorida sonrisa, pero cabizbajo y casi deprimido) los añora, los admira. Le gustaría ser uno de ellos antes que ser un payaso de micro pidiendo permiso, pintado, por unas pocas monedas. El payaso deprimido le habla a la cámara. A un nosotros o a un espectador solitario viendo la película en un computador. Y lo que se siente, no importa el escenario donde esté ese supuesto espectador, es la calle. Lo que se siente en la siguiente escena (una escena tarantinesca, si se quiere, pero llena de una teatralidad que a los cineastas puristas muchas veces los agrede —como si no hubiera teatro en Fellini, en Cassavettes o en el mismo Tarantino-) es que lo que estamos viendo, la segunda película de Roberto Farías, no es ni un caramelo ni una película normal. Es una película callejera y teatral, donde la realidad se cuela, pero donde la mano firme de una puesta en escena personal toma y sigue la enorme corporalidad de César Robinson López (notable en su envergadura, en su emoción, en las huellas lacerantes y verdaderas de su piel) para mostrarnos un retrato del bajo fondo, del Santiago antihipster, de los restos violentos y degradados de la sociedad chilena. Y lo hace con la libertad del que se expresa. Con la libertad del que ve el lenguaje de las palabras, de la actuación, de las situaciones, de la dramaturgia, de la cámara y el montaje, como un algo vivo que no necesita más decodificaciones que el instinto de la ficción para entrar en materia.

Porque eso es muy importante en “Bareta”. ¿Cuál es el sentido de este vía crucis violento del protagonista? ¿Por qué el personaje de Carranza (interpretado de manera memorable por Rolo Pulgar: hay al menos dos escenas que deberían estar en cualquier antología de cine chileno y/o latinoamericano) es mucho más que el típico hampón narcotraficante con que muchas películas chilenas se han llenado más bien vacíamente? ¿Qué tipo de cineasta es Farías para instalar a un mozo (gran aparición de Willy Benítez) en la calle, sirviendo incesantemente cerveza a Bareta, que siempre parece sediento de lupus y piscola, pero también de justicia? ¿O para regalarnos una discusión de travestis de alto vuelo, que incluye a Sebastián Layseca, Daniel Alcaíno y Jorge Becker a garabato limpio en el frontis de una iglesia? ¿O para instalar —también en el medio de la calle, también en el descanso de una cerveza, en pleno barrio cívico— a dos boxeadores peleando como si el ring fuera la vida, mientras se empieza a escuchar, conmovedor y disonante, el poema “La ciudad” de Gonzalo Millán, en un contrapunto explícitamente político en una película que no lo parece, pero irremediablemente lo es? ¿O la irrupción —en un mundo desquiciado— del orate vagabundo interpretado por Rodrigo Soto, hinchándole las pelotas a un guardia en el epicentro cultural de Santiago, el GAM?

Para mí, la respuesta es que Roberto Farías es un cineasta libre. Que toma (da lo mismo si consciente o inconscientemente) las lecciones de un Cassavetes, de un Godard, incluso de un Orson Welles, y de Chile, obviamente, de Ruiz e incluso Jodorowsky. Porque, al igual como la novela es un formato de libertad desde Cervantes y Rabelais, Farías entiende que su cine de guerrilla le permite fluir con su caligrafía, con su poesía hermosa y gruesa, con ese lenguaje de la calle que no suena impostado (como el de los cineastas que se pasean por el flaiterío como turistas), y con esa emoción genuina con la que retrata a estos perdedores sin redención posible. Porque ya nadie es noble. Dios se fue al carajo. Como en esa tremenda escena (¡grabada en plena Plaza de Armas, con público sapo, igual que si fuera una rutina de payasos de la calle!) entre un cura —interpretado por el gran Sergio Madrid respirando a través de una manguera de oxígeno— y Carranza. Carranza le ofrece dinero a cambio de perdón. El cura acepta la plata, pero reza para que dios lo condene.

La nobleza se fue a la conchetumare.

Gran película. En estos tiempos opacos y superficiales, merece ser muchas veces vista.

 

Foto: Bareta (fotograma) Roberto Farías, Chile, 2013

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