Revista Intemperie

Sympathy for the devil

Por: Pedro Fotógrafo
voena

 

Me parece que estuve un par de horas pegado mirando el techo alto de esa casa. Sentía todo el barullo alrededor, incluso conversé con un par de personas, pero lo que me hipnotizaba verdaderamente eran las vigas altas que corrían hasta el techo, y se fundían entonces con una especie de artesonado de madera. ¿Cómo cresta había dado en esta casa, en esta fiesta?

Recordaba que estábamos tomándonos unos tragos con Esteban en el Liguria, cuando me había invitado a su “brillo”. No quería venir, ni siquiera seguir tomando, pero no tenía fuerzas para volver todavía a mi casa, no después del día que había tenido.

Gente extraña, la mayoría mucho menor (¿cuántos tendrán? ¿23? ¿24?), todos parecen estar pasándose un rato fenomenal. Ambiente semi cuico, seudo cuico, ese reventón pos adolescente de gente con plata, cuando todo, la vida, parece todavía una gran fiesta.

Las piscolas, unos jales, después, cuando la cosa se empezó a vaciar de a poco, unas líneas en un mesón de granito antiguo (ese granito rosado, que se resquebrajaba, como si se lo comieran las termitas), no recuerdo si en la cocina o en una pieza trasera. Por alguna razón, terminamos en un baño en el segundo piso, un grupo grande, de unas seis personas. Un baño enorme, donde había una lavadora, y también una secadora, creo. Uno de los tipos se puso hablar temas filosóficos, que todo presente es pasado, y todo pasado presente, no recuerdo bien. Había una chica chillona, deseosa de atraer la atención, que parecía de un estrato más bajo, o de región, se notaba excitada, como si considerara un gran honor estar ahí, codearse con gente como esa. Llevaba un vestido rosado, más parecido a una camisa de dormir, y una chaquetita corta encima. Parecía sacada de la portada de una revista adolescente.

Se pusieron a hablar de sexo, después de los piropos, de las relaciones de pareja, estupideces de ese tipo. Después de un tiempo increíblemente largo, también el baño se empezó a vaciar, quedamos sólo un tipo de barba, que pasaba por director de cine, otro tipo más, muy parecido, una especie de clon, también de barba, la chica provinciana de pollera rosada y yo.

A través de la ventana entraba un aire fresco y se notaba apenas el leve claror del amanecer, esos eran los únicos vestigios de realidad que subsistían en ese baño. Lo demás me pareció muy lejano. Seguían hablando de sexo, de los gustos personales, que las horas del día que preferían, que las posiciones, etc. De pronto, la chica lanzó una carcajada y dijo que no se tomaría otro trago más ni aunque se lo pidiera el mismo diablo. Acto seguido se bebió lo que le quedaba al seco, sin un matiz de ironía. Hubo otras frases y nuevas risas y de pronto se empezaron a manosear. Con la coca, veía todo a cuadros, y en colores más intensos, como di estuviéramos sumergidos tras un filtro de color. Unos pocos cuadros más adelante la chica como que desapareció entre los hombres, y de repente apareció un pico, semi lacio, entre los pantalones negros del director de cine. Hubo un forcejeo, en que el tipo trataba de atraer a la chica hacía sí, mientras el otro la afirmaba por detrás, hasta que finalmente el director perdió el equilibrio y cayó en la tina, medio envuelto en la cortina de baño. La chica pareció rebotar en la dirección contraria, y apenas logró mantenerse en pie. Ya libre, recuperó el buen ánimo, y se empezó a reír de nuevo, a voz en cuello. La situación daba para la risa en verdad. El director se incorporó feliz de la vida, con el miembro entre las manos, como si se dispusiera a orinar. La chica le arrojó un poco de cerveza encima, y más carcajadas.

El otro tipo se le acercó por atrás, y siguieron bailando, y aparentemente sacándose la ropa, aunque no vi las prendas saliendo, simplemente lo deduzco, por lo que ocurrió después. De repente, como por arte de magia, divisé una zorra, negra, con mucho vello, aunque no veía los calzones por ningún lado, era como si se los hubiera tragado.

Hubo un forcejeo, algo sórdido, y el otro tipo salió corriendo del baño, quizás horrorizado. Lo siguiente que recuerdo fue la chica ya desnuda, inclinada sobre el director, lamiéndole el falo con total gusto. El hombre parecía estar pasándosela bien, pero ni siquiera tanto como para abstraerse completamente de la situación. Llevaba una camisa de leñador puesta y tenía los brazos cruzados detrás de la cabeza, como si estuviese tomando el sol. De pronto, clavó le vista en mí, y me hizo un gesto amistoso con la mano. “Vamos, dale. Aprovecha la situación”, parecía estar diciendo.

Lo miré con ironía. Balbucí una excusa, no recuerdo bien. Después, casi de inmediato, me dije, “¡qué mierda, qué tanto!”, y me empecé a desabrochar el cinturón. La chica estaba literalmente en cuatro patas, ni siquiera apoyada en las rodillas y los codos, sino con las piernas bien estiradas y el culo pálido al aire vuelto hacia mí.

La penetré y empezamos a movernos al tiro. Su vagina se sentía extraordinariamente húmeda, casi como un caldo. Me sentía bombeando algo por dentro, un depósito de líquido.

Cuando terminamos no me sentía exhausto, sino como más vivo. El director se quedó conversando conmigo después de que la chica se hubo marchado, como si quisiera consolarme. Me debe haber puesto una mano en el hombro y me dijo algo del tipo: “No te preocupes, estas minas están para eso”.

Subí por Pocuro, a través de un Santiago desierto, se veían sólo algunos radiotaxis, y esas máquinas de aseo. Ya empezaba a clarear, pero mi departamento estaba oscuro, como una cueva, a causa de las cortinas black out bien cerradas que instalamos hace un tiempo. Avancé a tientas hasta la habitación. Aparte de las sombras, densas, estaba llena del olor penetrante del sueño de Claudia. Me aproximé. Disfrutaba el sueño prolongado de la Sertralina. Sus ronquidos suaves y regulares eran como una música, como si estuviera entonando una balada lastimera. Me iba a meter en la cama, pero reparé en que no tenía nada de sueño, sentía los músculos estragados, pero no me sentía cansado. Me fui a mi cuarto de fotos, y me puse a revisar distintas carpetas con imágenes, estuve en eso por horas, tranquilo, no diría feliz, pero sí relajado y a salvo.

 

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Foto: voena.co

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