Revista Intemperie

Días en Charleville: crónica desde la tierra de Rimbaud

Por: Juan Arabia
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Llegar a Charleville es lo más parecido a conocer a Arthur Rimbaud. Sus visiones están pobladas de campos y ríos, flores y cielos. Así los sauces —desgastados vestidos— dejan caer su cabello sobre el Meuse, río que rodea toda esta comuna de las Ardenas francesas. Los pájaros, hacia el atardecer, forman castillos de canciones dentro de los árboles. La noche es solitaria y fría, como una barca bajo la estrella del sur… Pero nada es más valioso y puro que la orquídea salvaje.

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Doscientos treinta kilómetros separan París de Charleville-Mézières, una comuna rural ubicada al noroeste de Francia. Actualmente es un viaje de menos de dos horas en tren, que realiza una escala en la ciudad de Reims. El paisaje, de ahí en adelante, es completamente rural: se asemeja al verde más puro de la campiña inglesa, el verde salvaje y profundo de la tierra escocesa. Se vislumbran árboles, ríos, ovejas, vacas, estancias, molinos. La llanura se escinde —por momentos— de su propio suelo, teniendo la altura y el color indeterminado del vuelo de un colibrí. Las estaciones de tren, como la comuna de Rethel, son pequeños castillos.

Son estos lugares y paisajes donde Rimbaud caminó y descansó por las noches, de manera incesante, durante toda su vida. Porque quizás el lector desconozca el hecho de que el autor era pobre —realmente— y que muchas veces tuvo que atravesar estas comunas y ciudades a pie.

Pero en Charleville-Mézières, al menos desde su estación, no se ven castillos: es un escenario moderno y limpio, una arquitectura actual, en el que transitan en silencio muy pocas personas. Atravesar esta estación es enfrentarse a un parque —Square de la Gare— en el que habitan árboles y pinos, y una solitaria glorieta.

Es octubre, y por tanto el otoño deja caer sus hojas, y con ellas también caen los colores del sol. Infinitas hojas cubren las grisáceas —blancas— baldosas de la comuna de Charleville-Mézières, rodeada de naturaleza y frío, de construcciones bajas ornamentadas con elegante simetría y sencillez. No existe nada, en este lugar, que se diferencie del cielo.

Sólo a tres cuadras de la estación, atravesando el parque en dirección al noreste, se encuentra la calle principal de la comuna, La rue de La Repúblique, transitada peatonal que desemboca en Place Ducale —según dicen, una de las plazas más hermosas en todo Francia en el estilo de Luis XVIII— el corazón mismo de Charleville. En estas cuadras se encuentra la casa natal del autor, en la que hoy abundan fuentes y negocios de indumentaria, comida y café. Precisamente allí se encuentra la Librarie Rimbaud, una librería con una extensa bibliografía del autor: desde diversos diccionarios especializados, exorbitantes ediciones, revistas y publicaciones de todo tipo sobre Rimbaud (y Verlaine).

La Place Ducale, cerco de luz y silencio en la noche, de día es un carrusel y un acueducto infinito de placeres burgueses. Pero de este corazón corre la sangre que sale, por un lado, al Musée Rimbaud y al río Meuse (bordeado por la propia calle que lleva el nombre del poeta, «Quai Arthur Rimbaud»,) y por otro, al lugar donde está enterrado su cuerpo.

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Todos los habitantes de Charleville saben quién es Arthur Rimbaud. Saben dónde está enterrado, de la misma forma que cada uno de ellos conoce el nombre de todas las flores de la comuna. Esto es algo que puede entenderse sólo recorriendo el lugar: Rimbaud, que incluye en sus poemas hasta nombres de flores desconocidas —como si se tratara de un saber botánico, específico—, sólo lo hace y a partir de un saber cotidiano… Porque es en Charleville donde parece que mueren y nacen todas las especies florales que existen en el mundo.

En la comuna nadie pronuncia «Rambú» del mismo modo que en la ciudad de París: se trata de una expresión cargada de inocencia y de bondad. Sin distinciones, hablan del poeta, como se habla de un cisne o de la lluvia. O más que eso: de un hijo desobediente, que sin embargo conquistó al mundo con un solo par de zapatos. Un Cristo mejorado, al que vieron caminar de un lado a otro con una pipa que lanzaba nuevos vapores. «Rambú» existe ó ningún salvaje crece en el cerco de la manada.

 

Al atardecer los pájaros forman

un castillo de canciones

dentro de los árboles.

 

Juntos se ocultan en las ramas

y con su voz imitan

el tono rojo, verde y amarillo

de las hojas que cayeron

en otoño

y nos protegieron

del sol en el verano.

 

Foto: Museo Rimbaud, Charleville-Mézières, Francia (panoramio.com)

 

Juan Arabia (Buenos Aires, 1983). Poeta y crítico literario

 

Artículo publicado originalmente el 09/03/2015

Un comentario

  1. FelipeRV dice:

    Una vez una estudiante de literatura me contradijo eso de que Rimbaud fuese pobre. Su argumento decia que esto no podia ser ya que su padre era militar.

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