Revista Intemperie

Tres tipos de mujeres según Chéjov

Por: Pablo Torche
la dama del perrito

Pablo Torche recuerda un relato del influyente autor ruso, muerto a los 44 años

 

Además del teatro y las nouvelles, Chejov publicó en vida más de 200 relatos breves, y de seguro hay aún muchos otros que no han sido identificados, perdidos en la pléyade de seudónimos que utilizaba en la prensa. Su calidad es muy irregular, a pesar de que ahora se distinga en cada uno un rasgo fino o una frase corrosiva o penetrante. Bosquejados por cualquier otro autor, de seguro la mayor parte de ellos hubiera pasado al olvido.

Muchos, sobre todo los de juventud, son una especie de semblanzas, o escenas cómicas de la vida campestre o citadina, sin mayor argumento ni conflicto. Quizás, en esa época, ocupaban en la prensa el lugar que ahora ocupa el humor, o las tiras cómicas.

Los de mayor madurez, se inscriben con fuerza en la poderosa tradición de denuncia social de la literatura rusa. Chéjov, que era médico (al igual que el padre de Dostoievski), veía con lucidez la iniquidad pavorosa de la Rusia zarista, que en sus cuentos adquiere con frecuencia la forma de una enfermedad moral. Pero este motivo es abordado casi siempre de manera demasiado didáctica o esquemática, sus personajes y situaciones se transforman a menudo en meros portavoces de las ideas del autor, con lo que terminan por volverse deliberados y predecibles, y perder verosimilitud.

Los mejores momentos los alcanza Chéjov en cambio cuando no sabe, cuando tantea en la oscuridad tras algo que intuye, pero que no logra aprehender del todo, algo que para él mismo resulta desconocido y amenazante. La injusticia social sirve entonces de telón de fondo para una alienación más oscura y fantasmal, que tiembla debajo de sus frases en momentos de inesperado lirismo: un joven intelectual intentando descifrar el color de una bahía, un médico atascado en una finca lejana, combatiendo las presencias malignas que se enredan en la noche. Entonces, el mismo yo parece hacerse jirones, como una nube ante una ventisca repentina (una imagen predilecta del autor), y las frases se desenhebran en una angustia indefinible, que anticipa toda la sensibilidad del siglo XX.

En este sitial superior se ubica justamente “La dama del perrito”, ese cuento paradigmático del autor, a pesar de su título poco promisorio, y quizás errado. La historia versa sobre un romance trivial entre Gurov, hombre casado y consumado gigoló, y Anna, más joven, aunque también casada, con quien traba conocimiento en un balneario de verano. No sabemos por qué, este amorío gratuito, desata en ambos una aguda crisis existencial, como si todo el vacío que hasta entonces hubiera permanecido oculto, o contenido a presión en sus vidas, explotara de pronto.

Surgida quizás del aburrimiento, o del deseo de vivir una experiencia nueva, la pasión que los une es principalmente sexual, como Chéjov se preocupa de dejar bien claro. En cuanto se besan por primera vez, se dirigen de inmediato a la habitación de ella. Obviamente, según los cánones de la época, Chéjov no puede introducirnos en los detalles del encuentro; no hay aquí lencería ni encajes, no hay pechos agitados, ni menos temblores coitales. Pero aprovecha la ocasión de forma quizás más escandalosa y significativa. En vez del vaivén de los cuerpos, asistimos a los pensamientos de Gurov, cuya mente deriva hacia todas las mujeres con las que compartido alguna vez la misma escena. Los casos particulares se diluyen en su mente, y cuajan de nuevo en la forma de tipos humanos, que actúan como un correlato obsceno y amenazador de su encuentro sexual con Anna. Los tres tipos de mujeres que acuden a su mente son los siguientes:

• Aquellas mujeres alegres y despreocupadas que, felices de hacer el amor, se muestran agradecidas por el goce que él les prodiga, por más breve que sea.

• Aquellas, como su esposa, llenas de caricias insinceras, que hablan sin cesar, de un modo afectado e histérico, con una expresión que trasluce a las claras que no se trata de amor, ni de pasión, sino de una cosa muy otra.

• Aquellas más escasas mujeres frías, en cuyos rostros aparecía de repente el destello de una llama salvaje, el deseo rabioso de tomar, de obtener algo, extraer de la vida más de lo que la vida podía dar: mujeres que ya no eran tan jóvenes, caprichosas, osadas, ansiosas y dominantes. Y, cuando ya perdía el interés en ella, su misma belleza despertaba en él una especie de odio, y los vuelos y encajes de sus vestidos le recordaban escamas.

 

Foto: La dama del perrito (Dama s sobachkoj), Iosif Kheifits, URSS, 1960

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