Revista Intemperie

Lo que siempre quiso saber sobre Los Cazafantasmas y nunca se atrevió a preguntar

Por: Chico Jarpo
ghostbusters

Chico Jarpo aborda el clásico de los 80, y las pulsiones reprimidas que movilizan

 

Quizás no se haya enterado pero el año recién pasado se cumplieron tres décadas del estreno de un puñado de películas que se transformaron en íconos de la cultura pop global: los Gremlins, Indiana Jones y el templo de la perdición, Karate Kid, Volver al futuro y Los Cazafantasmas. El avasallador efecto en las audiencias pareciera ser un síntoma del absoluto liderazgo que ostenta Estados Unidos en la década de los ochenta, no tan sólo como potencia económica sino como imperio cultural. Y no es casualidad que la aparición de estos productos masivos elaborados por la gran industria hollywoodense se adelante al menos un lustro a la caída del muro.

A diferencia de los Gremlins, Los Cazafantasmas transcurre en la ciudad, en una que de hecho si no en la más grande al menos ha sido publicitada como el arquetipo del cosmopolitismo y la vanguardia arquitectónica: Nueva York. Ahí tres académicos que no cualifican para ser financiados como “capital humano avanzado” son despedidos de sus correspondientes cargos universitarios. Lo que no deja de ser paradójico si trasladásemos esa situación al contexto chileno, donde de seguro terminarían siendo directores de una carrera emergente en alguna institución privada o por lo menos quedarían a cargo de un par de seminarios impartidos por la pontificia (en coautoría con Pilar Sordo o algún curita homófobo que cree a pata junta en el más allá y sus deberes con el más acá). A la deriva, estos doctores en parasicología y otras hierbas deciden instalar una pyme. Como ninguno es familiar directo o indirecto de algún alto funcionario estatal, uno de ellos debe hipotecar su casa para conseguir un crédito y de esa manera financiar la aventura empresarial.

Para poder descubrir el trasfondo ideológico de la película conviene cuestionar la naturalización de aquellos rasgos que revisten de excepcionalidad a las figuras principales. Para eso es necesario fijarse en los aliados y enemigos que, por contraste, otorgan realce a los protagonistas. Y no me refiero a los espectros, cuya consideración nos podría llevar a asumir que Gozer, el semidios sumerio que decide metamorfosearse en una “sustancia” gigante, es un símbolo que prefigura el conflicto bélico que Estados Unidos sostendrá con medio oriente desde la guerra del golfo hasta nuestros días. Hablo más bien de los funcionarios que inciden en la trama. Desde el petulante decano que desvincula a los científicos de sus tareas en la universidad hasta el odioso ambientalista que los persigue durante el film, todos son personajes que poseen la misión argumental de definir la posición privilegiada de los protagonistas. Si el primero posibilita que los tres descubran su faceta comercial el segundo expresa el acoso que sufre la iniciativa privada (es en ese sentido, una película que les encantaría a los miembros de la CONFEPA). Que uno de los roles más detestables sea el de este funcionario hinchapelotas, algo así como un activista de Greenpeace que intenta impugnar proyectos con altos índices de contaminación, no deja de ser sospechoso. Sea como fuere, es probable que el episodio más notable sea el arreglo al que llegan los cazafantasmas luego de ser arrestados. En una sala en que el alcalde, sus asesores, y un cardenal de la iglesia católica (la pedofilia aún no había mermado su influencia política y su participación en esta escena es el equivalente a ver una película en la que las torres gemelas permanecen intactas) debaten qué hacer con el caos sobrenatural que azota a la isla. Ahí Bill Murray, en la cúspide de sus papeles sarcásticos ochenteros, convence a la autoridad con un argumento infalible: si controlan la situación los electores no olvidarán bajo qué administración se resolvió la crisis. Este episodio en el que por fin se reconcilia el sector privado con el público, previo cálculo de las utilidades que aquel pacto arroja para ambos, constituye una pequeña instantánea de ese “así es como funciona el mundo” que de manera tangencial expone el film.

Sobre los fantasmas no hay mucho que decir salvo que, como los gremlins, se trata de vándalos, desadaptados más que terroristas, alborotadores más que ladrones, que alteran la propiedad pública y privada pero en ningún caso ponen en peligro sus cimientos. Como entidades fundamentalmente no humanas, al igual que la concepción del delincuente que desarrolla el capitalismo, se les captura, encierra y hacina (pero, como se sabe, todo lo reprimido regresa). A propósito, mucho tendría que decir el psicoanálisis sobre el monstruo de malvavisco gigante y la constante mucosidad que acompaña a las apariciones espectrales. Ahora bien, que el referente inmediato de los cazafantasmas sea una empresa de exterminación vuelve a ligar la cinta con los gremlins. En ambas el concepto de “plaga” parece ser un factor determinante en la trama. Tanto en ésta como en aquella, existe un punto en que el descontrol de las criaturas afecta el “normal funcionamiento de la cuidad” (a diferencia de las películas de terror en donde el ente maléfico se individualiza y se ensaña con un grupo reducido de víctimas, por lo general dentro de un espacio doméstico y por tanto privado). Todo esto nos debiese llevar a preguntarnos cuánto del imaginario que tenemos respecto a la delincuencia (por nombrar sólo una de las muchas otredades que podríamos citar) se encuentra inspirado por este tipo de representaciones.

Mención honrosa merece por cierto la inclusión racial del afroamericano a la mitad de la película. Un obrero, creyente, que poco y nada tiene que ver con el perfil profesional del resto de los personajes. Tanto así que es eliminado sin mayores explicaciones de la segunda parte. Poco importa en todo caso, porque la secuela es más charcha que el juicio a Martín Larraín.

 

Foto: Los Cazafantasmas (Ghostbusters), Ivan Reitman, 1984

 

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