Revista Intemperie

Edwards Bello, un tábano porteño

Por: Mario Valdovinos
joaquin edwards bello

Un 19 de Febrero de hace 47 años se suicidó el “inútil” Joaquín Edwards Bello. Recuerdo de Mario Valdovinos

 

Viajó a Europa por primera vez en 1904, a los diecisiete años, con sus padres y hermanos y conoció, cómo no, París. Desde ese instante el afrancesamiento y la parisitis no pudieron marchitarse. En 1926 lo hizo por última vez y habló toda su vida de los diversos parises que había conocido. Cuando le preguntaban ¿viaja con frecuencia a París?, la respuesta era: -sí, todas las noches. Don Joaquín, apodado El Inútil por su aristocrático círculo familiar, solía contar (como el memorioso que era, el cronista de lo banal y de lo trascendente que llegó a ser), que el músico Acario Cotapos había propuesto, en algún delirio con absenta, vender Chile a los norteamericanos, -quienes a buen precio adquieren todo-, y con ese dinero comprarse un país más chico y más cercano de París. También, este dandy de las letras, que dilapidó dos herencias en los casinos y en las patas de los caballos lentos, en los hipódromos, y otro tanto en los escotes de vértigo de las coccottes en Pigalle, en el frou frou del roce de sus vestidos y en el mareo que producían sus enaguas y corsetes, el máximo caballero chileno de todos los tiempos, que culminaría su vida con un pistoletazo, como el del joven Werther en la novela de Goethe, en una desolada mañana del verano santiaguino de 1968, él, don Joaquín, un transatlántico varado en el Mapocho, como lo llamó la compiladora de sus entrevistas, Cecilia García-Huidobro, contaba que sus amigos franceses, cuando se hablaba de nacionalidades, le preguntaban con sana ironía, ¿es posible ser chileno?, ¿o es una enfermedad?

En literatura cultivó la novela y la crónica, con mayor fortuna en este último género, que él consideraba menor, aunque llegó a redactar miles: -Las crónicas se leen hoy y con la llegada del diario de mañana ya están amarillas y muertas, comentaba Edwards Bello con agudeza y sentido de la autoflagelación. También supo del ars vivendi, el arte de vivir catapultado al tiempo, al pasado, cuyo culto es evidente en su escritura, mis amores de antaño, ¿en qué cementerio yacerán?, se preguntaba, pero sin eludir el momento, el remolino de las horas presentes que se deshilachan segundo a segundo, y tampoco una escéptica visión del futuro, pero una visión al fin. Raúl Ruiz, afrancesado de toda la vida, lo amaba y paseó su fantasma por varios filmes, con agudeza ruiciana, lo mostró bebiendo en el Bar Inglés de Valparaíso; también aparece su nombre antes de comenzar el film Tres Tristes Tigres (1968), junto a la antipoesía de Nicanor Parra y al equipo de Colo Colo, tal es la sorprendente dedicatoria de la película, y don Joaquín es el protagonista de quizás la mejor novela de su sobrino Jorge Edwards, El inútil de la familia (2004) donde traza un retrato magistral de su tío bohemio y gran creador.

Sus novelas más célebres fueron El inútil (1910), La chica del Crillón (1935) y la que corrigió y reescribió la vida entera, de nombre Valparaíso, con el subtítulo de La ciudad del viento (1931); después En el viejo Almendral; por último Fantasmas, para dejarla, en definitiva, como Valparaíso, sin más, el lugar mítico donde el escritor nació.

Edwards Bello fue el continuador de la ruta a París pues la habían abierto Alberto Blest Gana, nuestro principal novelista del siglo XIX, y el poeta Francisco Contreras, además de don Federico Santa María, fundador de la universidad tecnológica que lleva su nombre y empresario dedicado a la manipulación del comercio mundial del azúcar. Ni qué decir la mariposa maldita Teresa Wilms Montt y el poeta creacionista Vicente Huidobro, que la ayudó a escapar del cautiverio a que la sometió su familia por rebelde en el convento de la Preciosa Sangre de Santiago y la aconsejó para su instalación parisina, donde deslumbró con su belleza legendaria, sus descaros de mujer abandonada, viuda de varios amantes y de sí misma, y sus ojos color violeta donde naufragaron todos quienes osaron mirarla de frente. Blest Gana y Teresa Wilms están enterrados en Pére-Lachaise. Menudo honor, ¡pasar la eternidad en París!. Tal vez ese era el sueño de todos los afrancesados como Joaquín. Blest Gana y Teresa lo cumplieron.

Edwards Bello la conoció, ¿se enamoró de ella?, es difícil precisarlo y debe haberlo sido más evitarlo. Reconoció el hechizo provocado por la bailarina española la Bella Otero el mismo de otras divas que brillaban en las artes escénicas de esos años, al estilo de Jane Avril, Isadora Duncan, Sarah Bernhardt, Josephine Baker, Mistinguette. Honor y gloria al caballero chileno que gastaba sus pasos, sus días y su enorme talento en esas aventuras. Lo mismo Alberto Rojas Giménez, el desgarbado poeta amigo de Neruda, a quien el vate dedicó la elegía Alberto Rojas Giménez viene volando, cuando este joven ácrata murió de pulmonía tras ser arrojado a la calle pues no tenía con qué pagar los vinos homicidas ingeridos. Salió al siberiano invierno de la capital desprovisto de su gabán -parecido al de Raskolnikov-, de estudiante melancólico y bohemio. Rojas Giménez también paseó su silueta de petimetre y libertino por París, y escribió su libro de crónicas, Chilenos en París, al amparo de una dama mayor que lo protegía a cambio de favores carnales que el chileno prodigaba a pierna suelta.

Edwards Bello fue, como lo señaló Gabriela Mistral, su contemporánea, el tábano de la vida social chilena, el gran reprendedor. ¿Fue autocrítico?, sin duda, habló en una crónica de la fealdad sin gracia, la de Chile y la de sí mismo, de su cuerpo que engordó y exhibía papada, que no deseaba evidenciar en las fotos de contratapa de sus libros. Escribió poco antes del suicidio: “Cambié de barrio, de clase social, de familia. Cambié de sangre. Cambié de pasado. Soy feliz. Este otro mundo me admira. En la clase alta yo no pude ser algo. En esta otra clase, descubierta por mí, he vuelto a ser un hombre con esperanza”. A la edad del león en invierno, contrajo segundas nupcias con Marta Albornoz, tras mil correrías galantes. Se trataba de doña Marta, la Mayita, a quien instaló un salón de peluquería cerca de la plaza Brasil. Habitaban ambos una casa señorial decadente, una metáfora de lo que él y su sector social habían sido, cuando la oligarquía era ilustrada y austera. Allí llegó a parar monsieur Jacques, don Joaquín, de origen noble, un talentoso bueno para nada, el inútil entre gente patricia y llena de actividades necesarias: profesores, abogados, médicos, arquitectos. ¿Un artista?, ¡un bohemio!, un perdido, un tarambana, soñador y timbero, sitiado por sus fantasmas en el abismo de una vieja casa, en Santo Domingo 2315, al llegar a la Quinta Normal. Allí en las habitaciones calefaccionadas con braseros, cuyos muros vieron mil fiestas, valses y cuecas, tertulias y solos de piano, glorietas que guardaron fidelidad al secreto de amores ilícitos, allí, en el cajón de su velador, conservaba don Joaquín un revólver, herencia de su padre. Estaba en el fondo desde siempre, para un momento de tinieblas, de urgencia desesperada. Antes de matarse sufrió un ataque cerebral, una hemiplejia, que le dejó una mitad del rostro contrahecha, sin vida. Cuando alguien preguntaba por don Joaquín en la mansión en ruinas de Santo Domingo, se ponía una máscara de goma y decía con voz de actor provinciano: –El señor Edwards Bello no está. Puede encontrar su figura de bon vivant en el plan de Valparaíso, envuelta por el viento negro que barre el puerto o, sin más, se marchó a París, a un congreso de inútiles, y desaparecía del umbral, sin sombra. Por cincuenta años publicó los jueves su crónica, repartida en diarios como La Nación, cuando el diario pertenecía a Eliodoro Yáñez. Observador social despiadado, cercano a la blasfemia adornada con saetazos de humor, hablaba de los vicios chilenos con una virulencia demasiado parecida a un amor extinto: -El chileno es buen constructor, pero demuele mejor; el chileno es el curioso impertinente, taladra con la vista; el chileno viaja al extranjero y se lleva el conventillo con él; ¡Chile es un país de ocho millones de envidiosos!; el principal vicio chileno es la presencia ubicua del latero…

Ante el retrato de un primo, muerto joven, solía decir: -Yo amé tanto la vida, pero basta… Había pasado los ochenta años, un exceso para su generación. El 19 de febrero de 1968 tomó el desayuno servido por su esposa Martita Albornoz, en la casa de Santo Domingo 2315. A lo lejos escuchaba el galope de los caballos en tierra derecha; el ruido del girar de la bolita en una ruleta, el rumor de los dados sobre una mesa de juego.

Su pensamiento volaba lejos, a París, a Valparaíso. Le pidió a su esposa salir a comprar cigarrillos, se acomodó en el sillón de su estudio y gatilló en su sien el revólver. Cuando doña Marta regresó lo encontró muerto con un papelito en su mano que decía: Perdóname.

Eran las 8.45 de la mañana.

 

Foto: latercera.com

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