Revista Intemperie

Risa en la oscuridad

Por: Andrés Olave
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Andrés Olave revisa la premiada Birdman de Alejandro González Iñárritu, una de las mejores películas del 2014

 

Como todo monstruo, él solo quiere ser amado
Homero Simpson

 

Riggan Thompson –Michael Keaton– es un ex actor de películas de superhéroes venido a menos y que anda en busca de la redención convertido en escritor, director y protagonista de una obra de Broadway basada en el relato ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? de Raymond Carver. La historia del tránsito de una estrella de espectáculos masivos y vergonzantes al espacio del verdadero arte, un regreso a la tradición y al honor restablecido que busca ajustarle las cuentas a una carrera que hasta ahora ha tenido mucho de caricatura y megalomanía.

Lo interesante en Birdman, me parece, es la permanente relación de servidumbre que se establece entre actor y público.   Thompson quiere ganarse el favor de la critica y el espectador culto neoyorquino (o wasp promedio), rechazando de paso a la masa fanática y bárbara que todavía lo admira por su rol de superhéroe, es decir, quiere replicar la relación pretérita pero con un nuevo sujeto, una versión más elevada y trascendente –y acaso Birdman dentro de la comedia que es, encierra un drama de la madurez: el querer, hacia el final, hacer los ajustes necesarios para que la vida que se ha vivido tenga un mínimo de sentido.

Es aquí donde surge el problema: pareciera ser que el sentido para la vida de cada uno siempre va de la mano de lo bien recibido o popular que sea el trabajo que uno realiza. Como en esa maravillosa escena en que Riggan se está comprando una petaca de whisky en una botillería decorada con lucecitas de navidad mientras afuera, en la calle, un tipo grita como una Laurence Oliver enloquecido, unas líneas de Macbeth:

 

Había de morir tarde o temprano;

alguna vez vendría tal noticia.

Mañana, y mañana, y mañana

se arrastra con paso mezquino día tras día

hasta la sílaba final del tiempo escrito,

y la luz de todo nuestro ayer guió a los tontos

hacia el polvo de la muerte. ¡Apágate, breve llama!

La vida es una sombra que camina, un pobre actor

que en escena se arrebata y contonea

y nunca más se le oye. Es un cuento

que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia,

que no significa nada.

 

Riggan se acerca al hombre y éste de inmediato detiene su performance, lo mira a los ojos y le dice: “¿Fue mucho? Solo intentaba darte un rango. Fue mucho puedo darme cuenta porque.” De golpe se regresa a la relación de servidumbre, a la necesidad imperiosa de aprobación del otro y que cobra pleno sentido en un mundo donde nos confortamos a base de me gusta de facebook o el número de seguidores en twitter. A lo largo de la película, la conciencia angustiada de Riggan –que aparece en forma de Birdman el viejo superhéroe que alguna vez le dio la gloria– le ruega que de marcha atrás al proyecto teatral y que acepté filmar, en un revival desesperado, Birdman 4, del mismo modo que el propio Keaton debió haber filmado en su momento Batman 3 para salvar su carrera. Parte del goce que experimentamos con la película es la similitud ante la vida de ambos, actor y personaje, grandes estrellas de cine en franca decadencia y en busca de la luz al final del túnel.

Si le damos un par de vueltas, se vuelve muy difícil poner ejemplos de artistas que no dependan de forma casi patológica de la venia del público. Richard Ford en Flores en las grietas recuerda que el mismo Carver basaba su confianza y aplomo en el hecho que estaba seguro que un día sería considerado un genio de las letras norteamericanas. Cabe entonces preguntarse: ¿qué queda para el artista que no tiene cabida en el Olimpo? ¿Su mera existencia carece de sentido? Como la cara de horror de April Wheeler en Vía revolucionaria (Sam Mendes, 2008) cuando se da cuenta que está siendo participe de un teatro de aficionados que representan de forma mediocre una obra que a la mañana siguiente ya habrá sido olvidada.

Establecer la construcción de nuestra propia grandeza como fin puede devenir en un acontecer complejo y sumamente doloroso. Riggan lo sufre, enfrentando a diario las intrigas de su propia conciencia, una risa en la oscuridad que le repite que lo ha echado todo a perder con sus malditas decisiones y que nunca alcanzara finalmente el cielo que para él fue dispuesto por algún demiurgo benévolo pero negligente que después de otorgarle una buena cantidad de dones y privilegios le ha dejado abandonado a su suerte, completamente a la deriva e insatisfecho, sediento de fama y fortuna.

 

Foto: fotograma de Birdman de Alejandro González Iñárritu

Un comentario

  1. Marco dice:

    Encontré como el pico está película. Pura paja del artishta atormentado. Típido cliché de Hollywood para criticar su propia industria de manera vacía, y hacer una película intelectual con eso

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