Revista Intemperie

Detenciones ciudadanas, medios de comunicación e hipocresía

Por: Pablo Torche
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Quizás el mayor producto cultural de nuestra transición sea la farándula. La tan ansiada libertad que trajo consigo la democracia fue promovida por medio de algunas políticas focalizadas de estímulo a la actividad artística, y enseguida se entregó por completo al mercado, que prontamente capturó la nueva “atmósfera cultural” con fines comerciales. En este contexto la farándula surgió como el cruce perfecto entre el ambiente de mayor libertad de expresión y apertura valórica, por un lado, y la mercantilización de todas las esferas de la vida social, incluso la vida privada, por otro. Pues la farándula finalmente es eso: el uso de la vida privada (de preferencia la sexual), con fines comerciales, por parte de los medios de comunicación de masas.

La “filosofía” detrás de la prensa y los programas de farándula –no por simple menos recurrida–, es siempre la misma: estamos haciendo uso de la libertad de expresión, la gente tiene derecho a saber y nosotros tenemos derecho a informar. Los noteros u opinólogos de farándula no fallan nunca a la hora de inscribirse dentro de esta alta ética periodística, y lo hacen con tal seriedad, que realmente a veces parece que estuvieran cubriendo el conflicto palestino israelí. Se plantean poco menos que como héroes, a cargo de un importante servicio público, cuando en la práctica lo único que les interesa es lucrar a costa de la intimidad ajena.

Este tipo de discursos hipócritas típicos de nuestro así llamado “progresismo cultural” (banalización mercantilizada), me viene a la mente también cuando veo en los noticiarios las notas de las “detenciones ciudadanas”, algo así como el nuevo ícono vintage del periodismo centrado en la ciudadanía.

El relato es siempre el mismo: un grupo de transeúntes desconocidos atrapan a un lanza o delincuente, y lo golpean y torturan públicamente. El cuerpo amoratado y semidesnudo del delincuente figura profusamente en la pantalla, una escena dantesca que me recuerda de alguna forma los cuerpos semidesnudos de los personajes de la farándula, teniendo algún grado de intimidad en una piscina, o una playa. Aquí la sensualidad es más macabra: el cuerpo malherido de un delincuente, sometido al escarnio público, pero igualmente explotado, escarnecido, supuestamente con “fines periodísticos”.

La nota prosigue para mostrarnos como cada transeúnte se relaja con una patada, en tanto el televidente, mimado por la pantalla (que cumple con su “deber de informar”), tiene tiempo suficiente para lanzar su propia patada imaginaria. El relato continúa siempre con el anuncio de que finalmente el delincuente fue arrestado por la policía, pero el Juzgado lo dejó en libertad, o a veces ni siquiera llegó al Juzgado, o el Juzgado lo dejó en arresto domiciliario, en suma “no se hizo justicia”. Aquí el discurso del reportero adquiere un tono levemente escandalizado, mientras se suceden palabras como “indignante”, “impunidad” o “injusticia” (que por cierto no habían aparecido mientras golpeaban al delincuente), al tiempo que se critica la inoperancia del sistema judicial chileno. Como corolario, una entrevista al señor o señora asaltada, el “héroe” de la jornada. Su discurso es también siempre el mismo: estoy cansado de que me roben, me ha ocurrido tres veces este mes, y nadie hace nada.

Bajo la aparente lógica de informar, el subtexto obviamente es: la delincuencia está fuera de control, nadie hace justicia, no queda más que tomarse la justicia en las propias manos. El subtítulo podría ser: “Patee un flaite cuando pueda”.

Mientras volvemos al conductor en el set, con la correspondiente cara de circunstancias, cada televidente acaricia secretamente en su mente una idea inexpresable: “bien merecido que lo tenía”, “ojalá que lo hubieran matado, tendríamos un delincuente menos”, “Qué ganas de haber estado ahí para desquitarme por mi cuenta”.

Sospecho que si algún día fuera un perro el apaleado, el clamor de indignación sería mucho mayor, aún si es que hubiera mordido a un niño antes. Al menos saldrían en su favor las múltiples asociaciones de defensa de los animales, y más de algún parlamentario. Pero los “flaites”, y menos los delincuentes, no tienen organizaciones que defiendan sus derechos, ni tampoco parlamentarios al parecer: no dan votos, ni menos motivan causas ciudadanas. Son una escoria para la sociedad. Ojalá no existieran, pero ya que existen, nuestro sistema hace con ellos lo único que sabe hacer: tratar de utilizarlos, para obtener más rating, mientras lo recubre bajo la lógica de la libertad de expresión, bajo un discurso del bien común.

 

Foto: eldinamo.cl

 

Artículo publicado originalmente el 07/02/2015

2 Comentarios

  1. Fran dice:

    Solo discrepo en un punto: El perro que muerde a un niño no tiene sentido de lo malo o lo “injusto”, mientras que el delincuente sabe con claridad lo que está haciendo.

  2. Catalina dice:

    Que hueá más maestra!

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