Revista Intemperie

Las memorias del Loco Pepe y nuestra tradición del bajo fondo

Por: Felipe González Alfonso
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Felipe González pone en cuestión el ensalzamiento un poco “vintage” de las novelas del mundo del hampa, y propone un camino para apreciarlas en su justa medida

 

En su comentario a la edición de 1997 de El río (1961) de Alfredo Gómez Morel, Alberto Fuguet recuenta y caracteriza a los exponentes de nuestra propia pulp fiction —así la llama él— o ficción barata, que se habría manifestado entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Por el lado de la ley están los ex carabineros Armando Méndez Carrasco y Luis Rivano; por el lado delincuencial encabezaría la lista el ya mencionado Gómez Morel. Yo añadiría a esta rama patibularia de la genealogía a un autor argentino que, sin embargo, como Morel, escribió su obra tras las rejas nacionales, pero no de la cárcel de Valparaíso sino de la Penitenciaria de Santiago. Me refiero al célebre hampón José Roberto Rubio, más conocido como El Loco Pepe, quien llegó a Chile a principios de 1961 y fue encarcelado a finales de ese año bajo una condena de ocho décadas por asaltos varios perpetrados durante su corta estadía. Siete años después, en 1968, Rubio publica La vuelta al pago en 82 años. Memorias del Loco Pepe, obra tan inencontrable hoy como poco comentada, lo cual es característico del catálogo en que, creo, se inscribe con propiedad.

En sus memorias el cautivo comienza rememorando su propio nacimiento: dice haber escuchado claramente las palabras de la matrona cuando les informaba a sus padres que había nacido “hombrecito”. A continuación relata sus andanzas adolescentes en los bares y cabarets de los bajos fondos de Buenos Aires. Ahí se iniciará en el vicio y la delincuencia, cuya práctica perfecciona en el reformatorio de Villa Devoto donde llega luego de correr a balazos a sus compañeros matones. Cuando queda en libertad se une a una banda de mecheros en las joyerías de Corrientes; en adelante su oficio delictual se alternará con encarcelamientos y fugas. Cansado de la persecución policial cruza la cordillera, pero una vez preso acá sus varias tentativas de burlar a la gendarmería nacional terminan siempre frustradas; la más espectacular en 1966, con motín y balacera, y formando parte de un grupo liderado por el también célebre hampón uruguayo Julio Ignacio Scarpizzo (ambos actúan de sí mismos junto al asesino serial René Cerón Pardo en el adelantado y olvidadísimo docureality —“cine realidad” dice su director— Prontuario (Hernán Garrido, 1969), que además recrea las condiciones sociales que determinaron a Pardo, el protagonista, durante su infancia. Dicho sea de paso, muy al estilo de las cintas El chacal de Nahueltoro y Valparaíso, mi amor, sus contemporáneas).

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Uno de los elementos sabrosos del relato de Rubio, común a esta literatura —leáse si no el delirante prólogo a La ciudad o El mundo de Gómez Morel—, es un desenfrenado egocentrismo: las mujeres desfallecen por el Loco Pepe quien accede a sus requerimientos casi por pura insistencia; la corrección moral de la que hace gala, transgredida únicamente por el robo y la juerga, lo obligan a uno a preguntarse cómo un depositario de todas las virtudes sobrevivió a un ambiente tan encanallado. Lejos de incurrir por esto en una antipática inverosimilitud, el relato, quizás a su pesar, termina dibujando con precisión psicológica —y hay que decirlo en buen chileno— la figura de un perfecto grupiento que a la larga resulta adorable. El texto gana demasiado si se sustituye el foco referencial que nos recomienda el anuncio de unas memorias por otro ficcional, y así nos apropiamos de la voz de Rubio como la de un personaje al estilo de Bouvard y Pecouchet, Ignatius Really o, más cerca de nosotros, Pedro Urde-males.

Si Rubio se hubiera apegado estrictamente a los hechos —lo cual en rigor es imposible— no obtiene tan efectivo resultado. Así las cosas, la fidelidad referencial es un asunto secundario: lo interesante es que el narrador en su inocencia literaria nos muestra cómo elabora su autonarrativa un megalómano: adornando con ribetes artísticos, heroicos, fatales, su constructo biográfico y sirviéndose para ello de cuanto modelo edificante tiene a la mano. Quien ha experimentado lo más atroz no por eso adquiere por arte de magia la facultad para transmitirnos sin más —como quien dice, de manera transparente— toda la atrocidad de su experiencia. Este es el desliz en que actualmente se incurre al valorar a priori cualquier obra escrita por sujetos marginales (víctimas del patriarcado, el colonialismo o el neoliberalismo), a menudo demasiado consientes —y regocijados— de su condición subalterna gracias a la lectura de papers académicos.

La narrativa de bajo fondo que fascina a Fuguet no es fascinante por su “realismo”, quiero decir por lograr con eficacia la ilusión de fidelidad referencial, si no por su inocencia, porque está cándidamente convencida de estar haciendo eso; y en parte ahí radica su valor literario y su atributo específico. Creo que los relatos más sobrecogedores de la miseria y la violencia no fueron escritos por miserables delincuentes sino, en primer lugar, por observadores penetrantes que luego eran artistas del lenguaje y el perfilamiento psicológico, provinieran o no del bajo fondo. Gómez Morel y Rubio no poseen la destreza de, digamos, Dostoievski para elaborar situaciones y personajes misérrimos. No; son delincuentes que escribieron sobre eso a duras penas, pero, así y todo ­­—como se da cuenta Fuguet—, configuraron una tradición propia que, es probable, nada le debe a gente como Dostoievski.

Las escenas eróticas y violentas de sus obras se encuentran saturadas por el lenguaje y la imaginería del cine, del tango, de las novelas rosa y de espionaje, en definitiva por la cultura principalmente popular y masiva que les fue más familiar por sus condiciones sociales. En el modo en que este amasijo se entreteje alrededor de la experiencia marginal para hacerla seductoramente visible radica el valor de la narrativa lumpen. Los lectores que crean estar accediendo a la violencia, a la miseria, a la humillación pura y dura, a un documento desgarrado de la vida “tal como es” sin adornos ni remilgos al leer El río o las memorias de Rubio, solo demuestran su inexperiencia en materia tanto vital como libresca. Los hechos que consignan estos textos son tan terribles como los que registra hasta el pasquín menos esmerado de la crónica roja, y la recreación literaria que de tales hechos realizan resulta tan atmosférica y persuasiva como la escena más sobrecogedora de una teleserie venezolana.

Calibrar esta literatura en su justa medida, lejos de desvalorizarla, permite sacar a flote unas virtudes encubiertas por la lectura referencial y por el consiguiente equívoco de considerar a sus autores como excelsos realistas, lo cual también altera su valor propio y diferencial.

Hacia el final de sus memorias —Lazarillo de Tormes invertido—, Rubio se reprocha amargamente por los actos que lo tendrán encerrado el resto de su vida; sus lamentos exagerados, grandilocuentes, sólo podrían conmover —haber conmovido— a su madre, pero lo contrario le habría restado eficacia al personaje que, a esta altura lo sabemos, es un consumado pero entrañable manipulador. A modo de epílogo, y ya que escasean los datos en la web, anoto que Rubio no debió esperar a que pasaran ochenta y dos años para volver —con los pies por delante, por supuesto— a su pago. Primero, gracias a una medida de Allende, su condena se rebajó a veinte años (saldría en 1981) y, luego, en 1974, la justicia trasandina prescribió sus causas pendientes e invalidó la orden de extradición. Finalmente, en 1978, Pinochet concedió un indulto general que libró a Rubio de la cárcel. Ese mismo año, con sus dos pies en el suelo y para júbilo de sus afanes cinematográficos y mediáticos, fue reconocido por los transeúntes del centro de Santiago y entrevistado por última vez en Chile, mientras realizaba los trámites finales —impecablemente vestido— para su regreso definitivo a Argentina.

Hasta aquí sus andanzas nacionales. Si vive en la actualidad, nuestro autor estaría bordeando los 86 años.

 

La vuelta al pago en 82 años. Memorias del Loco Pepe

José Roberto Rubio
Santiago, Ediciones Ráfaga, 1967

Un comentario

  1. BANDINI dice:

    Comparta el libro o algún link que tiene. Por otra parte, su crítica es casi buena, lo cual no la hace imprescindible en caso alguno.

    La descarrilada que se pega, eso sí, respecto a la inocencia, en referencia al Río, me parece injusta o, más bien, innecesaria. Existe la tendencia a exagerar en la narración oral de un hecho, es algo que se requiere o se alienta al recapitular la realidad.

    Pero basta de literatura sobre otra literatura, comparta el libro o diga el dato de dónde lo encontró, puesto que esta página la lee sólo un pobre huevón como yo y un racimo de otros sicópatas timoratos que se confían a algo tan volátil y absurdo como las letras.

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