Revista Intemperie

Un salvavidas

Por: Patricio Lillo
detenciones ciudadanas

La barbarie propia del realismo mágico de las “detenciones ciudadanas”, bajo la mirada de Patricio Lillo

 

Detuvieron a un lanza en el centro de Santiago. De seguro no era tan lanza. Ni tan veloz. Ni tan astuto. Menos adaptado a la luz del día, al ruido de las bocinas y al revolotear de las palomas. Un lanza torpe, criado con una dieta baja en estimuladores neurolingüísticos; fósforo, minerales, proteínas, cosas que se necesitan. Digo yo, pues para ser atrapado por peatones con sobrepeso y cincuentonas acarreando las bolsas de compras… Le golpearon un poco, por aquí y por allá. Un par de carterazos. Un cachamal. Su buena patada en la raja. Con pica. Ay, qué rica esa patada, recuerdo del colegio. Un buen puntete y de vuelta a la muchedumbre. Le bajaron los pantalones y lo envolvieron en alusa, o como se llame ese plástico de tecnología espacial. He usado alusa. Para envolver comida. Me consta que no funciona; los olores se pasan y las verduras pierden humedad. Un invento del marketing, literalmente. Cómo algo así de insustancial es capaz de inmovilizar a un ratero vigorizado por la adrenalina, me pregunto. Lograr mantenerlo atado a un poste, con los calzoncillos abajo, mostrado el poto; el símbolo por antonomasia del sometimiento entre los mamíferos que desarrollan jerarquías sociales. Pero la unión hace la fuerza. Con diez o veinte o treinta vueltas y la película sintética se transforma en un cepo impermeable. La unión hace la fuerza, como suele decirse. Tal como los justicieros de ocasión que ese día, en masa, capturaron a ese hombre lerdo. Le sacaron fotos y le filmaron hasta que la policía tranquila, esa de parejas de pasear provinciano, con las manos en la espalda y tez morena, llegó a calmar los ánimos. Y solucionó el asunto con el característico fastidio policíaco, repleto de códigos ininteligibles, formularios por llenar y números de registro que certifican que lo que existió efectivamente existió. Entre aclamaciones reivindicatorias -más bien chistes picantes- el pánfilo carterista se fue de vuelta a hoyo de donde salió. Para ser encausado por fiscales y jueces. Nada de viejos cegatones perdidos entre carpetas de papel amarillento. Estos funcionarios públicos modernos aparecen en las noticias con trajes sencillos pero elegantes. Recatados, si es una mujer. (Se desenvuelve en un ambiente cercado por hombres semierotizados). Usan computadoras, negocian condenas por teléfonos inteligentes, donde guardan una enrome lista de contactos, y se valen de todos los artefactos que ha engendrado la innovación coreana y del Silicon Valley. Son hijos de la eficiencia. La llevan en la sangre. Tal como otros llevan en la sangre la mala suerte. La mala pata. Como este otro ladrón, el de hace pocos días, que entró a robar a una panadería en Macul, creo. Le disparó al dueño. Fue también detenido. Por los familiares del dueño y ciudadanos de ocasión. Pero a este le fue peor, pues se murió en una sala de emergencia de tanta patada y combo en la cabeza que le llegó. Hasta le perforaron el pulmón con un florete. Pura mala cueva. Si hubiese habido un rollo de alusa a la mano, para lanzarle a ese náufrago que se ahogaba en las aguas heladas de la corriente Humboldt, quién sabe cómo habría terminado la historia.

 

Foto: t13.cl

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