Revista Intemperie

¿Pochado o frito? De la final de Master Chef a la lucha de clases en la televisión

Por: Gastón Carrasco
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Gastón Carrasco sobre las implicancias y limitaciones de la final de Master Chef

 

Durante alrededor de tres meses el canal del grupo Luksic tuvo sumido al país en uno de los relatos más épicos de la televisión chilena en el último tiempo. Un joven recolector de basura, Ignacio Riveros, de veintiséis años, lograba instalarse entre los participantes del programa Master Chef, versión chilena de la franquicia de la BBC, con grandes posibilidades de llegar a la final. En cada uno de los episodios el joven de Conchalí lograba deslumbrar a los jurados con su originalidad e innata habilidad en la cocina. Desde el primer capítulo la afición expresó su favoritismo por este personaje, además de la abuelita Eliana, la más querida de Chile; Karla con “K”, expresiva enfermera de Quilpué; Leonora, comerciante del galpón Víctor Manuel, uno de los más antiguos del persa Bío Bío; Rodrigo, talentoso cocinero, profesor de historia e integrante de la emblemática Surfin caramba, banda rockabilly chilena, entre otros carismáticos productos del acertado casting del cerebro televisivo Sergio Nakasone.

La idea de un recolector de basura capaz de cocinar risotto, cordon blue, fricase o cualquier preparación con algún tufillo a sofisticación era algo irrisorio para los espectadores que manifestaban su extrañeza ante las redes sociales. Parecía parte de una fantasía que en alguna población como El Cortijo, El Manzano o la Juanita Aguirre se estuviera cocinando un congrio en vez de una merluza, un huevo pochado en vez de uno frito. Ignacio muchas veces tuvo que justificarse ante el jurado por desconocer los productos que le ponían al frente, a diferencia de participantes como Annelore, Francisco o Paula, cuyo bagaje gastronómico daba luces de su posición social.

Paula Avilés, la más polémica participante del programa, se quejó en más de una ocasión por la insistencia de Ignacio de hacer notar su procedencia, su ignorancia ante ciertos productos y/o preparaciones, su interés por poner la clase social delante del talento o la técnica. Dicha práctica, asociada desde tiempos inmemoriales a la idea del “resentimiento social”, le pasó la cuenta a la publicista más tarde, pues las redes sociales ardían cada vez que se rozaba el tema del conflicto social, o la “lucha de clases”.

Ciertamente Nakasone supo actualizar el conflicto entre la burguesía y el pueblo mediante un espacio tan cotidiano como la cocina. La querella entre comida casera y gourmet era el fiel reflejo, o la excusa perfecta, para dar cuenta de una historia preferentemente silenciada por la televisión. Si bien las teleseries han sabido ser el espacio de este conflicto (pensemos en producciones como Amores de mercado o la actual Pitucas sin lucas) siempre ha sido con una mirada bastante distanciada de la realidad (en el mismo caso de Pitucas sin lucas las protagonistas se ven forzadas a vivir en una casa “pobre” para la televisión, siendo que para los residentes de Maipú, en donde se hacen las grabaciones, es parte de un conjunto habitacional de clase media, aspiracional, bastante acomodado respecto a otros barrios).

Cause simpatía, identificación por cierto, o directamente rechazo, poner la clase social por delante implica un gesto importante para la televisión. No se trata de la visión compasiva o solidaria ante el “pobre” tipo Techo para Chile, sino de una afirmación con orgullo del lugar social, una suerte de manifiesto que Paula, y otros participantes del programa, no supieron leer ante la nula capacidad de entender la vida desde las condiciones materiales de existencia. No había existido, además de algunos futbolistas, un personaje televisivo que se jactara y celebrara su origen su social, con sus potencialidades y limitantes.

Por eso fue tan decisivo poner a dos representantes de cada bando en la final. Daniela Castro, artista visual y decoradora de Providencia, versus el recolector de basura de Conchalí, fue la jugada maestra de Nakasone. Twitter fue durante dos horas el espacio para respaldar a cada uno de los participantes con los respectivos argumentos para cada caso, extensión un poco de lo que ocurría en los hogares donde se veía el programa. Si bien en términos de rating Mega lideró con alguna de sus producciones turcas, en la última hora de la final la ex estación católica repuntó alcanzando a la ex estación de Ricardo Claro, y actual propiedad de Carlos Heller.

Entre comentarios relativamente sofisticados sobre el Super Bowl, los Patriots, el polémico show de Katy Perry con su megazord, y otros comentarios de gente sin televisión que se hacía notar con su: “apaga la tele, enciende la mente”, se iba actualizando la información del programa. La caída de Leonora fue el primer golpe de la noche. Ante la resignación, las banderas de lucha se alzaron en pro de Ignacio, por una cuestión de solidez y consecuencia durante el programa. Los cuestionamientos por el triunfo de Daniela, entre otros, versaban sobre haber sido eliminada del programa, y rescatada providencialmente por Rodrigo, profesor de historia que tuvo que dejar libre su puesto, lamentablemente por su condición de profesor, incapaz de hacer otra actividad que no sea esa. Si bien en esos días Rodrigo era un “ejemplo de profe” por poner delante la profesión antes que la afición personal, parece triste pensar la limitante del oficio, las precarias condiciones del profesorado, y la nula percepción por parte de la afición de lo que implica ser docente en el país.

Como en uno de los temas de Surfin Caramba (Tus ojos son el cielo), Rodrigo dejaba su puesto en manos de Daniela, la talentosa rubia del programa, lo que podría considerarse una traición de clase o venta de alma a la oligarquía, si nos ponemos izquierdosos. Esa jugada se convertiría en el nudo argumental preciso para que la joven artista visual cargara con la responsabilidad de justificar su participación en la final. Y así fue, Daniela e Ignacio en la final (La dama y el vagabundo, como se podía leer por ahí), cada uno con sus platos de entrada, fondo y postre para deleitar a un jurado que se caracterizó por celebrar arjónicamente las preparaciones. Si bien nadie quiso creer en las supuestas filtraciones del triunfo de Daniela, la ratificación de la información por parte del jurado llevó a la furia a miles de usuarios de Twitter y Facebook que se manifestaron sobre el tema. La indignación, por lo bajo, llevó a pensar en quemas de la estación, manifestaciones en los puntos importantes del país, hogueras para los productores del canal, entre otras expresiones de una insipiente, pero virtual, revuelta civil.

Es que Nakasone nos puso poner, a nosotros, peones/espectadores, en el casillero exacto para matar su jugada. Ante el relato épico de Ignacio y su meritorio desempeño en el programa, era deseable su triunfo para los ingenuos que creemos en la justicia. El asunto es que justamente la televisión, ni la Historia, con mayúscula, no se tratan de justicia, ni tampoco de técnica o talento. Daniela es ciertamente un muy bonito rostro para el matinal o Canal 13 Cable, potencial conductora de su propio programa de cocina y arte en la ex estación del angelito, y parecer ser algo incuestionable. Todo esto puede ser considerado una más de las alharacas sobre el tema, porque al fin y al cabo estamos hablando de televisión, de un producto de entretención y del mercado. Todos conceptos altamente cuestionables en su quehacer o funcionamiento. Pero qué es Master Chef al lado del caso Penta, las irregularidades de la investigación sobre Matute Johns o la promulgación en tiempo record de leyes sobre educación, aborto, unión civil y otros tantos temas de la agenda pública.

Lo que resume todo nuestro sentir es la secuencia final del programa. Tras el veredicto, todos los participantes bailan el clásico “puré de papas” de Cecilia, los indignados quedamos algo descolocados y seguimos la diatriba virtual contra el canal; otros usuarios de Twitter caen rendidos, nuevamente, ante la ternura de la abuela, el trasero de Alejandra, o la descoordinación de cualquier participante, borrón y cuenta nueva, pasa el descontento o trago amargo, se olvidan de la comida Gourmet conformándose con un poco más de pan y circo. Ahora a acostarse, y no olvidar sacar la basura, que mañana pasa Ignacio, y en una de esas da un autógrafo.

 

Foto: eldinamo.cl

Un comentario

  1. Sergio dice:

    ojo, Ignacio trabajo mucho tiempo en un restorant por lo que su practica en dicho restorant de alguna manera lo ayudo en su talento asi que ojo. No es un simple recolector de basura.
    Averiguen bien.
    Tengo un amigo que trabajaba y conoce a Ignacio ambos trabajaban uno es barman e Ignacio en la cocina.

    Asi que las condiciones son 50 y 50 para ambos finalistas y ganó la mejor por técnica e innovación..

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