Revista Intemperie

El viento entre los árboles

Por: Oscar Orellana
GREAT-BRITAIN.

 

Hace un año escribí en esta misma revista que enero era un mes bellísimo para destruir la voluntad de un hombre. No imaginaba en ese entonces que la amargura recién me estaba acariciando. Ahora, delante de tu muerte, tan solemne, tan serio, parezco un niño casándose con la niebla. De pie, enteramente roto, como dentro de un silencio donde te pierdo de vista. Estos son los días en los que te invento porque ya no existes.

Tenía miedo de escribir sobre ti, de ese que fue mi amigo por más de veinte años. Miedo de aumentarte, de modificarte. De reducirte a una frase consoladora y horrible. Ya lo sabes. Nada es mío, en todo miento. El viernes en tu funeral miré hacia la tierra abierta. Busqué la cara de tu mamá, sin embargo, terminé perdiéndome en el verde irreal de esas colinas plastificadas. En ese campo lleno de remolinos absurdos y multicolores movidos por el tedio. Parado frente a un grupo de gente que apenas te conocía, solo pude balbucear lo que decía el personaje de Anthony Hopkins en una parte de la película Shadowlands: Cuando alguien muere nunca falta quien dice que la vida debe seguir. Yo no sé si deba, pero sigue. La había visto hace poco días luego de leer Una pena en observación, el librito de C.S. Lewis en la cual está basada. Lo cierto es que estos últimos meses estuve leyendo varios libros que trataban el asunto del duelo; los diarios del filósofo Salvador Pániker, de Sándor Márai. Mortal y rosa, de Francisco Umbral. Algo de Joan Didion.

Treinta y ocho años para conocer otro tipo de silencio; un silencio sin cerco ni recompensas. Cuando comenzaron a bajar el ataúd un niño le preguntó a su papá si ponían esa música para que lloráramos. Qué poco pensamos en la muerte, y con qué facilidad nos hacemos adictos a la vida, a tanto destino imaginario. Pensar en la muerte es pensar en la vida, porque larga o corta, la vida es esencialmente lo que queda una vez que el dolor nos ha traspasado por completo. De eso me doy cuenta recién ahora, cuando comprendo que para restaurar la vida primero es necesario saber que nunca dejamos de morir. Qué fácil sería juntarnos este domingo. Sacar a pasear tus perros, ir con un palito abanicando mosquitos y zancudos.

Reviso algunas fotos, no sé qué edad teníamos entonces. Jóvenes, en las fotos somos siempre jóvenes, aparecemos en distintos lugares mirando directamente a la cámara. A veces sosteniendo una torta llena de velas que nos ilumina de golpe la cara. Pero después de algún tiempo estamos en el mismo sitio aunque estemos en cualquier parte. Los cumpleaños van desapareciendo poco a poco de las fotografías. Ya ninguno de nosotros mira fijamente a la cámara. Oscurece en Santiago y otra vez la pregunta ¿Quién apaga la luz de los pasillos? ¿Quién fabrica la oscuridad donde desaparecemos?

No me atrevo a hacer más preguntas, y es que después de la muerte pareciera que vienen otras muertes; risas que se apagan, contornos que se borran. Solo queda descolgar la alegría de todas las paredes de la casa. Derrotar la melancolía tomando aspirinas. Dudar, sobre todo dudar, porque en el recuerdo todo es falso incluso la verdad.

Enrique, tiene 38 años y está muerto. Yo tengo la misma edad y sólo me distingue de él la mirada amortiguada de tanto buscar una ventana mal cerrada, una puerta medio abierta por donde ya sé no regresará su voz. Ninguna palabra decisiva servirá de nada. Una vez cruzada la rigidez de la evidencia física, la luz ya nos toca. Ya no nos alcanza.

Hace muchos años, antes de mudarme de Concepción a Santiago, viví por un tiempo en una casa a orillas de la laguna San Pedro. En invierno la odiaba porque el pasto crecía demasiado rápido y en verano la odiaba aún más porque el agua se llenaba de una especie de alga difícil de arrancar. En invierno cortábamos el pasto juntos, y en verano pasábamos tardes enteras en el agua fangosa arrojando químicos mientras tirábamos de las malditas algas. Una de esas tardes perdiste tu reloj, que apareció varias semanas después en el fondo pantanoso. El mismo reloj que llevas ahora en tu muñeca izquierda. Los relojes son artefactos preciosos e inútiles, miden el tiempo aunque ya no quede por medir nada.

Recuerdo que en uno de esos otoños me regalaste una de esas campanas de viento con tubos metálicos que yo colgué y luego escondí porque hacía demasiado ruido. La encontraste meses más tarde, escondida detrás de unos libros con todos los hilos enredados. No dijiste nada o tal vez sí dijiste algo. Quizá me preguntaste en qué pensaba. Quizá yo respondí: pienso que nunca volveré amar a alguien con la inocencia con la que a ti te he amado.

Debo haber respondido eso. Casi puedo oírme hablándote, como quien oye una tarde cualquiera, pasar el viento entre los árboles.

 

Foto: Sergio Larraín (latercera.com)

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