Revista Intemperie

Lo que siempre quiso saber acerca de los Gremlins y nunca se atrevió a preguntar

Por: Chico Jarpo
gremlins

Chico Jarpo sobre los Gremlins y el oculto terror norteamericano a la pérdida de la hegemonía ante los inmigrantes

 

El año recién pasado se cumplieron treinta años del estreno de un puñado de películas que se transformaron en íconos de la cultura pop global: los Gremlins, Indiana Jones y el templo de la perdición, Karate Kid, Volver al futuro y los Cazafantasmas. El avasallador efecto en las audiencias pareciera ser un síntoma del absoluto liderazgo que ostenta Estados Unidos en la década de los ochenta, no tan sólo como potencia económica sino como imperio cultural. Y no es casualidad que la aparición de estos productos masivos elaborados por la gran industria hollywoodense se adelante al menos un lustro a la caída del muro.

Tampoco lo es que se trate de films que han sido catalogados bajo el indiscriminado rótulo de “cine familiar”, cuya acepción debiésemos interpretar en esa doble articulación, que por un lado designa un producto de consumo adaptable a un amplio espectro de espectadores y que por otro alude a la idea de una demarcación de un espacio propio, cotidiano, reconocible y seguro. En otras palabras lo “familiar” como antónimo de lo siniestro, inhóspito y ajeno.

Los Gremlins (o los inmigrantes al acecho)

La escritora haitiana Edwidge Danticat relata en una de sus entrevistas cómo durante sus primeros años en los Estados Unidos, siendo apenas una niña, comprendió con crudeza la persecución a la que estaban expuestos los inmigrantes frente al aparato comunicacional estadounidense. Era la década de los ochenta y ante la alerta pública que comenzaba a suscitar la epidemia de VIH los medios acudieron a una sencilla fórmula para tranquilizar a la población. La enfermedad la portaban y transmitían tan sólo tres segmentos. Estos grupos fueron difundidos como las tres H: Homosexuales, Heroinómanos y Haitianos.

Pero no tan solo la coyuntura en torno al SIDA produjo brotes de xenofobia entre la población norteamericana. De cierta forma el inminente triunfo en la guerra fría provocó un agudo vértigo en una nación que contemplaba entre fascinada y atónita el advenimiento de una hegemonía planetaria total, cuya consumación era el fruto de más de un siglo de escarceos geopolíticos. Este nuevo escenario venía aparejado de inseguridades y aprensiones. Entre ellas estaba que su condición de superpotencia atrajera un flujo desproporcionado de inmigrantes que llegasen a transformar radicalmente el estilo de vida norteamericano.

Esa es la razón por la cual en los Gremlins (1984), o en otras cintas de este género, como los Critters, Estados Unidos esté representado como una tranquila y hasta tediosa localidad provinciana. De cierta forma la “invasión” en estas comunidades, mayormente blancas, de esforzados y modélicos vecinos, pero sumida en una monotonía agobiante, cumple con la función de llegar a remecer aquel infumable letargo. Esto desde un comienzo plantea una disyuntiva de atracción/repulsión al interior de la trama. La tensión entre la voluptuosa ansiedad que provoca el ataque de las criaturas y el pánico que desencadenan, constituye el eje principal de la lectura que propongo.

Todo parte con Gizmo, esa improbable mezcla de perrito pequinés y hámster. Contra cualquier suposición lo más curioso de este piloso personaje fantástico es su procedencia. Porque su origen no es espacial, ni maravilloso, no se trata de una mutación genética producto de un accidente de laboratorio (y eso que la fantasía en la que la tecnología se rebela contra sus propios inventores, transformándose en la única fuerza capaz de poner en peligro el imperio, siempre se les ha dado bien a los gringos) sino que es una especie que proviene del lejano oriente. Esto enseguida pone de manifiesto las ideas acerca de lo extranjero que subyacen en la ficción. Elementos de rareza, con su correspondiente aparejo de exotismo, pero también inquietantes riadas de temor, irrigan el pellejo artificial y verdoso de las marionetas. Esa es la misma ambivalencia que caracteriza a Gizmo, tan entrañable y menudo pero, al mismo tiempo, el potencial origen de todos los gremlins. De ahí lo conveniente de las reglas. La lógica que opera ahí es sencilla: si se impone un control rígido y arbitrario, disminuye el riesgo de que el elemento extraño se vuelva “inestable”, por decirlo de alguna manera. Sabemos que estos preceptos en la película se encuentran reducidos al absurdo: no alimentarlos después de las doce, no exponerlos a luz brillante, no mojarlos. Es necesario agregar que la transgresión de una de estas prohibiciones tiene como principal efecto la proliferación incontrolable de los engendros (el agua). Me resulta inevitable a propósito de esto último no hacer el vínculo con aquel pavor concreto e inveterado que acicatea cada tanto a la clase conservadora yanqui cuando imaginan el día en que la población afro descendiente registre una tasa de natalidad superior a la blanca.

Una escena que sintetiza de forma nítida la paranoia que desata en la ideología hegemónica estadounidense la idea de verse invadidos por hordas de “seres” extraños, es la que sucede en el cine del pueblo. Ahí los gremlins atiborran las butacas mientras observan sobrexcitados Blanca nieves. Esta visión de la barbarie consumiendo y de cierta manera apropiándose de un ícono de la cultura norteamericana de la magnitud de Walt Disney, devela los sutiles terrores a los que apela la película. De un modo no tan distinto es como el discurso de las clases dominantes opera respecto al sujeto migrante, oscilando entre la necesidad de mano de obra barata y el miedo a que las costumbres foráneas mellen sus estilos de vida.

Otro elemento significativo es que el único asesinato que cometen las criaturas es el de la odiada y misántropa señora Deagle, que entre otras cosas es la hostigosa e indolente propietaria de varias viviendas y está empeñada en cerrar el bar tradicional del pueblo. Es decir, uno de los objetivos implícitos que deben cumplir los gremlins consiste en liberar a los medrosos pobladores de tan detestable presencia y expiar de paso la hipócrita conciencia de los habitantes de la pequeña comunidad (tal como los noticiarios ocuparon la fórmula de las tres H para endosar la epidemia a grupos que no lograsen afectar la identidad puritana de una fracción de la población).

Pero es probable que no encontremos una escena más elocuente respecto a los rasgos ideológicos de la cultura estadounidense que articulan la trama del film, que aquella donde la madre del protagonista se enfrenta a los repulsivos engendros. El campo de batalla en que se lleva a cabo no podría ser otro que el de la “cocina” dentro del rígido universo de géneros que contempla este cine “familiar”. Ahí la celosa dueña de casa consigue alterar ¿disfuncionalizar acaso? el uso cotidiano y monótono de varios utensilios domésticos. La trituradora por ejemplo, le sirve para hacer fiambre a uno de los gremlins, a otro lo apuñala con su cuchillo de carne, al son del desaforado grito de guerra: ¡salgan de mi cocina!, mientras al tercero lo empuja dentro del microondas hasta reventarlo. Es interesante la fascinación que ejerce en ella la violencia en ese último cuadro. Su mirada fija en la bandeja del horno observa con algo de deleite la explosión de la criatura; no está sujetando la puerta del horno, no la ha paralizado un ataque de histeria, sino que satisfecha ha decidido presenciar aquella función jamás realizada (ni permitida) en la que el electrodoméstico hace estallar a un ser vivo. De esta forma, tal como toda construcción simbólica de lo ajeno, la película expresa mucho más de la cultura emisora que de la otredad que intenta elaborar. Este súbito arranque de brutalidad y sadismo (que supera por cierto a la de los propios gremlins que, después de todo, no son más que una pandilla de pendejos malulos) ejercido en el espacio desquiciante (hay que reconocerlo) de la cocina, es la mejor prueba de ello.

Por último, no estaría mal recordar cómo el cine estadounidense ha representado a los extranjeros. Sobre todo hoy tras la polémica que ha suscitado The interview. Escándalo que no tan sólo logró que una película del montón concitara una atención mediática desorbitada, sino que además que muchos norteamericanos salieran en masa a las calles para asistir a su estreno como un acto para defender la libertad de expresión (en un país en que las protestas contra el racismo han sido violentamente reprimidas, algunos consideraron que aquella era una causa social perentoria). O la prohibición que Egipto decretó contra la exhibición de Éxodo por retratar su civilización de forma tergiversada, y otro tanto habría que decir sobre la sempiterna representación de los latinoamericanos como narcotraficantes. Cabría preguntarse entonces, ¿quién es el abusivo en este tipo de querellas?

Foto: Gremlins, Joe Dante (Amblin Entertainment, 1984)

 

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