Revista Intemperie

La necesaria violencia a través de “Matar a un hombre”

Por: Tomás Henríquez
matar a un hombre

Tomás Henríquez utiliza el aclamado film de Alejandro Fernández, Matar a un hombre, para poner en juego distintos discursos acerca de la justicia y la delincuencia en Chile

 

Matar a un hombre (2014), el más reciente film de Alejandro Fernández propone un relato sacado de la crónica roja con el que intenta entrecruzar el documental y el género policial. Como se propone ya desde el título, la película narra sin mayores sobresaltos el viaje criminal de un padre de familia que se transforma contra su propia voluntad en un asesino. Basado en hechos reales, la película cuenta la historia del que podría ser un hombre común, Jorge, quien frente la inoperancia de la policía y la justicia, indefenso ante las prolongadas jornadas de hostigamiento que el Kalule, el matón del barrio, somete tanto a él como a su familia, se ve obligado a defenderse, tomando la justicia por sus propias manos hasta darle muerte.

Como se ve, el argumento de la película puede parecer sencillo. Sin embargo da para mucha discusión.

Una lectura posible bien puede hacerse eco de aquella crítica al aparato judicial concertacionista (heredado hasta nuestros días), que pensaba la delincuencia como gran el fantasma que generó la mano blanda de una civilidad poco acostumbrada a las armas. La famosa metáfora de la “puerta giratoria”, usada extensamente por la derecha pinochetista para acusar la ineficiencia de las políticas públicas en esta materia, nos devela hoy ese oscuro intento de infundir innecesario terror mediático, transformando al delincuente común en el monstruo social que amenaza nuestras vidas e impide la paz social. Así, no resulta difícil recordar discursos que bajo ese tufillo hiper-sancionador critican la permisividad de los tribunales de justicia, exigen poner mayor mano dura, y denuncian –chantaje emocional mediante–, cómo la gente decente debe encerrarse temerosa en sus casas, mientras los delincuentes comunes andan libres por las calles. Dichas retóricas de la seguridad ciudadana, el bien común y la protección civil, asumen como aspiración no solo aumentar la infraestructura carcelaria, el sistema tecnológico de vigilancias, y hacer más severo y punitivo el aparato judicial, sino lograr el perfecto desarrollo de una sociedad de control (eso que ya Foucault extensamente bien supo describir).

Si bien Matar a un hombre permite hacer una legítima y severa crítica al sistema judicial chileno, es también una oportunidad de poner en evidencia el enorme grado de desprotección que una cantidad de la población (digamos una mayoritaria) padece frente a la justicia en sus más variadas formas. Porque es violento nacer en un contexto de pobreza. Es violento ver que la alegría finalmente no alcanzó para todos. Es violento entender que no todos crecimos con igualdad. Es violento percibir cómo la justicia es más justa para unos que para otros. Es violento saber que desprovisto de dinero, poder e influencias uno está a la intemperie. Es violento y genera impotencia, desilusión, y mucha rabia. Una rabia insoportable que termina justificando incluso el mismo uso de la violencia contra quienes impunemente la generaron. Rabia que existe hacinada, que se acumula por entre los cerros, que periódicamente se hace marcha, desacato y encapuchado descontento, y que luego, frente a la mirada atónita de los cínicos y los expertos, explota y se desborda, como toda rabia desatada, que si bien no justificamos, política y correctamente entendemos.

Pero entonces, ¿Qué puede hacer el protagonista de Matar a un hombre más que revertir el escenario adverso en el que se ve atrapado, tomar justicia por sus propias manos y precisamente matar a un hombre? ¿Qué garantías le entrega un aparato jurídico que lejos de velar por su propia seguridad sume su caso en la más insoportable de las indiferencias?

Es ahí es donde vemos que Matar a un hombre valida y justifica el actuar de su propio protagonista en tanto lo muestra usando la violencia a su favor simplemente como modo de legítima defensa. La venganza que vemos en pantalla es una violencia necesaria, planificada con una metódica y legítima pulcritud, lejos de su familia, lejos de la justicia, en la siniestra intimidad de un bosque, pero que nunca deja de ser percibida como una violencia necesaria por lo limitado del marco de garantías que Jorge posee.

Allí, en medio de esa pobreza naturalizada por la salvaje lectura geopolítica de la estética marginal, es donde la violencia del paisaje esconde un secreto siniestro. Ser escenografía del enfrentamiento de un hombre con sus aprendizajes. Porque quizás sea ese la mayor desgracia del viaje en el que Jorge transita. Verse obligado a aprender a ser hombre. Aprender a usar un arma. Aprender a amenazar al que ocupa su pedazo de tierra. Aprender a defender el puesto de trabajo. Aprender a defender su familia. Porque todo aprendizaje es a la vez un “desaprendizaje”. Aprender a desaprender que lo aprendido como cierto no es otra cosa que el infame triunfo de un modo más extenso y profundo de percibir el mundo y usarlo a su favor. Son todas formas de aproximarse a la contradictoria circunstancia de usar la necesaria violencia incluso en condiciones en las que no se la quiere usar.

En Matar a un hombre el mítico viaje del héroe es visto ahora, en su reverso, como un viaje que declina con lentitud hasta la fatalidad y se transforma en un túnel sin salida. Aquí no hay épica, ni espectáculo, ni la salvaje elocuencia de un guión asombroso. Aquí la violencia resulta descarnada precisamente por la opacidad de su carácter. Por lo sombrío de un acto casi por completo despojado de heroísmo. Por el dolor que implica verse obligado a perder toda dignidad y asumir resignadamente que la condición para mi propia existencia y la de mi familia, implica tener que despojar de existencia a un otro, dándole a mi cuerpo el estremecimiento que significa la contradicción vital de hacer lo que no se quiere.

 

Foto: Matar a un hombre (afiche), de Alejandro Fernández

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