Revista Intemperie

Cartas sin dirección postal

Por: Nydia Pando
mari perez

 

La respuesta no tiene memoria, sólo la pregunta recuerda.

Edmund Jabés

  

Enero de 2014, Guadalajara, Jalisco, México

 

Te escribo ya sin esperanza de una continuidad. Estoy consciente de tus declaraciones, aunque no estoy de acuerdo. Nadie me ha pedido mi opinión, lo sé con la mano doblada y la palma hacia arriba porque esto no es un salón de clases y todas mis respuestas, de ahora en adelante, serán las equivocadas. En mi defensa, precaria como es debido, pero intencionalmente diplomática, he tratado de mantenerme al margen hasta donde me es posible.

Reconozco una infinidad de malas pasadas en mis acciones, y estoy segura de que tú las reconociste entonces –porque es más fácil reconocer los errores de los otros al momento que los propios- y las mantienes presentes ahora para no perderte en lo que, hasta donde he comprendido, es mi discurso desde la última vez que estuvimos juntos, despidiéndonos en ese tren dirección Montpellier-París: el canto de la sirena de Jason y los Argonautas, pero sin Orfeo para protegernos de la seducción que emana la voz del mal; de las perversas sirenas insensibles. Quizá ellas únicamente querían amar, pero todavía no habían aprendido cómo. Pero mi turno como abogada interina de personajes ficcionales terminó hace un par de horas, así que no reincidiré.

Constantemente, a pesar de la ruta temporal recorrida ya, que no es tan corta, pienso en la última vez que te abracé: estábamos en la estación Saint-Roch y yo berreaba con el boleto impreso del TGV en las manos. Temblaba helada en caluroso Julio. La noche anterior habíamos dormido abrazados, pero ahora era de día. Se me caían las lágrimas y tú te mantenías fuerte, como para no desmoronarte al verme partir. O eso quiero creer. Se cerraron las puertas y me quedé parada viéndote cada vez más lejos, flotando de puntillas en el umbral del despido, y creo que entonces ya lo sospechaba. Me da miedo pensar que desde entonces lo sabía. Me acuerdo de decirte el terror que sentía de no volverte a ver; te expliqué el miedo que sentía con la idea que rondaba en cada rincón de mi cabeza; una idea traviesa, pero muchas veces cruel y despiadada; perversa y malvada: la idea de que no nos volviéramos a ver no me dejaba parar las lágrimas y comportarme adecuadamente frente a la estoica sociedad que condenaba nuestro dolor, esa que a ti tanto te importaba, y a la que yo miraba con recelo porque no lo entendían. Ahora que lo pienso, no sé si sentíamos el mismo dolor. Creo que, a pensar de que muchas veces coincidieron las formas de expresarnos, las palabras que elegimos para decirnos; nunca fueron iguales los sentimientos.

Con mis manitas temblando, recuerdo que tú me dijiste que no fuera tonta, que para Diciembre estarías aquí; que pasaríamos Navidad en familia y que más me valía decirle a mis padres que lo pasaríamos juntos. En un brusco juego de analepsis que me hace la memoria, reconozco que ese 24 de Diciembre una parte de mí no podía entender por qué tú no estabas ahí. Me encerré esa noche en mi recámara y, los tacones bañados de diamantina negra en la punta, solté un suspiro represor de agua salada y ahogué mi dolor.

Probablemente no recuerdas esto, pero alguna vez te conté de una cosa interesantísima –para mí, egoísta incomprendida- acerca de los procesos semánticos: según un teórico de la materia, las más difíciles de cumplir en las expresiones son las realizativas; esto es: las expresiones que prometen actos a futuro. Lo que ocurre con ellas es que, una vez dichas por el emisor, son encadenadas a manos de ambos –receptor y emisor- como acciones continuas; no acaban hasta que la promesa se cumple. Cuando esto no ocurre; es decir, cuando la promesa no se lleva a cabo, se dice que éstas fueron expresiones desafortunadas. Hasta aquí llega esta idea.

Entre pausas de mi día, cuando mi cabeza no puede más con los personajes y las narraciones, pienso en ti. Sé que a estas alturas es inaceptable, pero los racionalistas fueron derrocados por los existencialistas, el psicoanálisis y el marxismo en tiempos de guerra con una sola justificación, aunque después me decapiten por decirlo: la razón podía explicarlo todo, pero no podía con la cabeza color corazón. El amor era, entre estos filósofos, inexplicable. El amor es, pues, una cosa enigmática, inaceptable, irracional. Pienso en ti y trato, bien fuerte, de recordar el sonido de tu risa. Constantemente evoco esta idea porque cada vez me resulta más ajena. Supongo que una parte de mí reconoce lo lejos que estoy de hacerte reír –de alegría- a estas alturas. Pero yo soy una existencialista dentro de la jaula; una socialista que escribe desde una MacBook y mi vida ha sido bombardeada por el psicoanálisis desde pequeña hasta el punto en el que mi sopa de letras dice Mamá en cada cucharada que trago violentamente.

Estoy consciente de que no hay retorno. La semilla de una flor es consciente de que morirá su fuente de existencia eventualmente y prende su vuelo suficientemente a tiempo como para no sucumbir en la podredumbre que ésta trae consigo; es un proceso natural, pero eso no le quita lo lamentable al asunto. Estoy al tanto de tus declaraciones cual noticia hollywoodense y ellas recalcan el ausentismo de nuestra dialéctica, a estas alturas finita.

Reconozco con valor tus decisiones a futuro. Futuro es una palabra que me quiebra al pensarla entre fotografías de un pasado reciente y sé que será así hasta que no lo sea más. Cada vez que siento un dolor como el que esta condición me provoca, recuerdo mi cabeza en la almohada a los quince años pidiendo morir porque sentía que el amor era veneno sin antídoto. Werther, el de Goethe, no tenía nada que presumirme en ese tiempo. En ese entonces lo que me dolía era mi ideal del amor. Ahora, me imagino, lo que lamento es entenderlo todo como efímero e ineluctable. Pienso en ese evento para recordarme que no quiero que ninguno de nosotros muera, o al menos no por eso. En realidad, quisiera que nunca murieras, aunque sé que en algún momento, como la semilla, tendré que prender el vuelo, porque esto empieza a oler a podrido, por orden natural.

Alguna vez dijiste también que el problema conmigo era que estaba hecha de palabras, pero me faltaban acciones que demostraran mis anhelos. En ese entonces me sentí ofendida y comparada con los sofistas; demagogos políticos cuyas intenciones perversas se esconden tras su codicia y su crueldad. Yo me veo las manos ahora y trato de buscar el origen de la suciedad en ellas, de qué manera perdí habilidades sobre la higiene si mamá me cantaba de niña que Pimpón se lava sus manitas con agua y con jabón. Pimpón, me aseguro ahora, nunca supo lo que era amar. Amar es una cosa que te revuelve en el fango y te hace sentir un cerdo porque disfrutas de ese baño de tierra (el origen del todo) y heces (el final primario) gozoso; hay que buscar formas de supervivencia en la mugre.

Mis acciones son torpes probablemente todo el tiempo. Actúo idiota e idiota vivo, pero si no juego a la idiota temo enfrentarme con la persona que no quiero ver en el espejo cuando sale el sol. Palabras era, contigo y con todo lo que amo, la única forma filtrada de acercarme con una disculpa adjunta, porque no soy capaz de dar más así nomás.

Hoy, después de tantos días escribiendo esta carta, pienso en Roma: discutíamos tanto por culpa de ambos; de nuestra incapacidad para expresar lo que sentíamos de tal forma que el otro pudiera interpretarlo. Tú hacías tantos esfuerzos que yo daba por sentado, y yo hacía tantos más que tú no entendías como tales. Te lo juro, -aquí va un “amor mío” que quisiera omitir pero me es imprescindible-, que yo te daba mi enormidad en ese frasco que no te bastaba como medicamento para curar los males que te provocaba. Pienso en Roma y cómo, al final, sabíamos resolverlo. Roma se volvió cuatro letras impermisibles; estrictas. Pero nos amábamos tanto entonces que podíamos resolverlo todo a besos, como si fuera suficiente. Considerando la situación, ahora no hay besos y me cae el mar encima.

Todavía me estoy curando con canciones: canciones que quisiera mandarte; que quisiera que pudieras escuchar vía-alguien-más porque de mí ya no quieres saber ni el susurro del recuerdo.

Todavía me estoy salvando con canciones: canciones que me ayudan a pensar en nuestra historia desde el monólogo de otro, tan aparte, pero que me lleva, en mi sueño, tan cerca de ti. Todavía me estoy sanando con caracoles chiquititos que encuentro en la orilla de un mar al que me fui a ahogar, pero del que salí apurada por la esperanza de volver a encontrarte: confundí tu voz con el chasquido quedo de las olas al girar.

Les cuento la historia de nosotros para que la guarden ellos en eco; para que Orfeo y las sirenas y todo el mundo nos guarde, pero también para que de una vez por todas nos ahoguen.

II

Volverte a ver, de repente, pasando vacaciones en mi ciudad, a diez mil kilómetros de la tuya, fue resucitar al muerto; regañar al niño atropellado, escupirle a los chinos. Volverte a ver fue el evento inesperado que sobrepasó mis expectativas. En seminarios sobre la esperanza me hablaban de cómo hay que luchar desde las fisuras; desde las grietas que se manifiestan en el Sistema. Me parece que las grietas, en realidad, son andantes. Me parezco agrietada. Sufrimos porque estamos rotos, porque no podemos adaptarnos. Tampoco podemos reconstruirnos. Tenemos que vivir con la fragmentación; el desmembramiento de nosotros mismos. Me imagino que andamos arrastrando los pedazos de nosotros en un costal, quizá los ojos envueltos en un pañuelo mojado y los pedazos de las orejas en los huecos de la armónica que nunca aprendí a tocar, pero siempre me quedé con las ganas.

Ofrecerte un beso fue el impulso hablado, y la respuesta la trajo tu rencor que, explicaste, estaba ya bien sólido; ineluctable y vete pronto.

Desde que llegaste, aunque no volviste, tengo constantes arcadas y cada vez que toco bocado me dan náuseas frías, se me entumen los dedos y me angustio hasta que se hace una piedra en mi garganta. Una piedra porque no hay nada que yo pueda decir; me toca quedarme en silencio.

Todos están hablando. Todos tienen algo que decir cuando no saben nada y en cambio yo, que sé tanto sobre nosotros, me mantengo silenciosa. Y tú.

III

Me lo he inventado todo. Otorgamos virtudes al otro para completar la idea de nuestra propia existencia. Sartre hablaba de la posibilidad de elegir entre ser héroe o cobarde, pero Bajtin dijo que uno no puede ser el héroe de su propia historia. A mí me pasa que no tengo puta idea de quién es el héroe de la mía, pero no hesito en concluir quién es el cobarde.

Anoche he reventado los tímpanos de mi padre y he regresado a la infancia, desde donde lo veía omnipotente con una sola petición: que me explicara qué había hecho para merecer la angustia.

El cardiólogo me recibió en Urgencias con los cabellos meduséos después de que un enemigo me rescatara del estanque donde había renunciado a seguir respirando. Me dijo, severo: “tiene el corazón hecho pedazos, niña”, y yo le pregunté, preocupada: “¿Y de salud cómo estoy, Doctor?”. A ninguno de los dos nos hizo gracia.

La recámara es invadida todas las noches por el reflejo de la luna para los insomnes; se cuelga por las cortinas blancas del balcón donde de nada serviría que me arrojara y se escurre su luz hasta el muro blanco en el que he pintado todos los espirales que no cabían en mi atardecer: el resultado es un muro que proyecta barras de una prisión en la que no sé si estoy encerrada, o de la que acabo de salir. De cualquiera forma, de día no se ve.

IV

Perdonar para olvidar, me insistían, pero a escondidas abrían la boca jadeante y tú hacías sonar la campana, pero luego cerrabas la puerta al verme atender tus acciones para cambiar mi idea del condicionamiento; para manifestar el cambio de roles. No sé a quién tratamos de engañar, pero en el desmorono veo el destello de una perversión que nunca imaginé. Araño la puerta, aunque ya no sé qué espero encontrar dentro. Espero, entre tanto, que no vuelvas a abrirla nunca más.

Veo resignificar toda mi idea de las personas que amé; veo mis capacidades de confiar en el otro retumbar sobre los escombros y suplicarme ya no más. Veo el conflicto de mi agonía sobrepasar todo lo aprendido. Joder, me digo, estudias Humanidades.

V

Quinto: aquí va la conclusión optimista que aspira a un hermoso porvenir. Aquí la idea de que todo pasa, de que a Godot hay que esperarlo bajo todos los árboles del mundo y que colgarse de la rama sería abandonar la batalla, pero siempre he creído que la verosimilitud del discurso debe empezar por el autor, y yo lo que creo es que no me creo nada. Stavro jamás pudo volver a ver a Kyra, por más que lo intentó. Terminó por hacerse negro el recuerdo de ella, porque nunca más volvió. Después de tantas inyecciones y monitores para sanar mi corazón, todavía no sé qué resulta más lejos de repararse: si su dimensión literal y su dimensión ficcional. El médico ha llamado esta tarde para decir que no todo está perdido y yo le he vuelto a preguntar sobre mi salud. Tampoco esta vez causó gracia.

 

Nydia Pando (1992) Guadalajara, Jalisco, México. Para explicarme, siempre voy en busca de fragmentos. Quizá entonces, la semblanza deba decir fragmentada, le faltan piezas, incompleta, reconstruida, ya nunca volverá al lugar desde donde todo comenzó. Ya nunca quiso volver. Se lamenta la pérdida y entonces, como inquiere Bachelard, busca fragmentos de otros para comprobar su duración; para extenderla. Pero también como la Rossi dice, todo a sabiendas de que Ítaca existe a condición de no recuperarla. Y ése es otro fragmento.

Ilustración: Mari Perez

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