Revista Intemperie

Una mirada a la oscuridad

Por: Andrés Olave
ayotzinapa protestas

A partir de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y en base a ciertas referencias fílmicas, Andrés Olave intenta adentrarse en la mentalidad de los asesinos

 

La noticia de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, en el municipio de Iguala, estado de Guerrero, sacudió a México hace unas pocas semanas. Conmovidos e iracundos los mexicanos salieron masivamente a las calles a protestar contra la indolencia del gobierno de Enrique Peña-Nieto, un gobierno que si bien no podría ser acusado de cómplice del crimen, si ha hecho todo lo posible por que éste sea rápidamente olvidado, hasta los límites, inclusive, de enviar un proyecto de ley al congreso (que fue rápidamente aprobado) que buscaba endurecer las multas y castigos contra aquellos que salgan a las calles a protestar y creen incidentes.

En ese sentido, el gobierno de Peña-Nieto obra como si quisiera decirle a su pueblo: “ningún cambio positivo es posible a estas alturas del juego, cuando el narco ya ha infiltrado las altas estructuras de poder –y cabe recordar que el alcalde de Iguala tenía efectivamente vínculos con el narco. Pero entonces, más allá de la indignación que provoca dicha postura, cabe preguntarse si tiene alguna validez. Preguntarse si es verdad que el mal, cuando ya se haya instalado en las proximidades del poder, ya no puede ser detenido.

En Apocalipsis Now (1979, Francis Ford Coppola) hay una escena donde el coronel Kurtz (Marlon Brando) parece referirse a este problema a propósito de una de sus misiones en Vietnam:

“Recuerdo cuando estaba en las Fuerzas Especiales. Parece que han pasado mil siglos. Fuimos al campamento a vacunar a unos niños. Nos marchamos del campamento tras haber vacunado a los niños contra la polio y un anciano se acercó corriendo, llorando. No podía decir… Volvimos. Habían ido y habían cortado todos los brazos vacunados. Estaban amontonados. Una montaña de pequeños brazos. Y recuerdo que yo… lloré, sollocé como una abuela. Quería arrancarme los dientes. No sabía qué quería hacer. Y quiero recordarlo. Jamás quiero olvidarlo. Y luego me di cuenta, como si me hubieran disparado. Como si me hubieran disparado con un diamante. Una bala diamante en la frente. Y pensé, “¡Dios! Es genial. El genio y la voluntad que hace falta para hacerlo”. Es perfecto, genuino, completo, cristalino, puro. Luego me di cuenta de que eran más fuertes que nosotros. No eran monstruos por poder soportarlo. Eran hombres, conjuntos de jefes entrenados. Estos hombres lucharon con los corazones y tenían familias, hijos, estaban llenos de amor. Pero tenían la fuerza… la fuerza de hacer eso.”

Lo usual cuando pensamos en los ejecutores del Horror, es hablar de monstruos, salvajes, asesinos, es decir, apuntamos exclusivamente al espacio del bárbaro, consideramos que ese es, acaso, el único lugar donde se encuentra el fundamento del mal. En cambio Kurtz, con diabólica claridad, nos habla de una voluntad firme que sabe imponerse por encima de todas las otras voluntades. Un nivel de decisión que tiene más fuerza que la del común de las gentes y que basa a fin de cuentas en dicha fuerza su preeminencia y soberanía.

La noción, obvio, es perturbadora. ¿El mal es simplemente una voluntad decidida, una dirección inequívoca? En The Counselor (2013, Ridley Scott), cinta con guión de Cormac McCarthy, el personaje de Michael Fassbender cae en desgracia ante una organización de narcotraficantes. Ante la perspectiva de que él y su novia sean asesinados por la organización criminal y en un esfuerzo desesperado, pide una audiencia con el jefe de la mafia para tratar de aclarar el malentendido que ocasionó la tragedia y así alcanzar una eventual salvación. Es una escena terrible donde Fassbender pide piedad al jefe de los narcotraficantes, y éste, con lecciones de metafísica de por medio, le explica que habita un mundo donde ninguna piedad es posible:

“-No sé si entiende mi situación.

-Claro que sí, abogado. Las acciones tienen consecuencias que producen mundos nuevos y todos son diferentes. Hay cierto mundo en el que los cadáveres se entierran en el desierto. Hay otro en el que los cadáveres se dejan a plena vista. Y todos estos mundos, hasta ahora desconocidos para nosotros siempre estuvieron ahí, ¿no? Abogado, en algún punto debe reconocer la realidad del mundo en el que vive. No hay otro mundo.

-¿Me va a ayudar?

-Le insto a ver la verdad de la situación en la que se encuentra, abogado. Ese es mi consejo. No me toca decirle qué debió o no debió haber hecho. El mundo en el que pretende enmendar los errores que cometió es diferente al mundo en el que cometió dichos errores. Ahora se encuentra en esa encrucijada. Y quiere decidir, pero no hay decisiones que tomar. Solo le resta aceptar. Las decisiones se tomaron hace mucho tiempo. ¿Sigue ahí, abogado?

-Sí.

-No quiero ofenderlo pero los hombres reflexivos suelen hallarse en un lugar muy alejado de las realidades de la vida. En todo caso, todos deberíamos tener listo un lugar donde alojar todas las tragedias que tarde o temprano llegarán a nuestras vidas. Pero es un recurso que muy poca gente emplea.”

La consideración de la acción en sí misma y sus consecuencias parece abarcar todo el espacio posible en el discurso del jefe de los narcotraficantes. Una voluntad que avanza directa hacia un objetivo, como un hombre que perdido en el bosque elige caminar en línea recta para encontrar la salida. Los hombres que obran de este modo, atentos a la acción pura, simple y desnuda, suelen mantenerse ajenos a las contradicciones éticas y morales que estas acciones involucran. El fin lo es todo (y ese fin suele estar siempre relacionado con el dinero y el poder), y esto se traduce, muchas veces, en la perdición del otro, del resto, de aquellos que pueden volverse obstáculos para la acción y que son, en realidad, seres humanos.

La desaparición y posible muerte de los 43 estudiantes de Ayotzinapa puede que resulte al final un triste y trágico ejemplo de la tesis recién expuesta. Que un cúmulo de nobles voluntades: la de los estudiantes protestando por mejoras en la educación, nada pueda hacer ante la avasalladora voluntad de los cabecillas del narco y sus vasallos políticos. Que los hombres que han tenido la capacidad para llegar a la cima del mundo –un mundo donde lo que se despliega es un oscuro juego de poder–, ya no se detienen ante nada, ni pueden, la mayor parte de las veces, ser detenidos.

 

Foto: telemundo.com

2 Comentarios

  1. Nydia Pando dice:

    Me da miedo creerte. Sé que debería. Sé que debería contemplar esa posibilidad y empezar a buscar herramientas para sobrevivir de manera individual. Me pregunto si de veras servirá de algo jugar al colectivo: nos matan uno a uno, nos matan hechos bolas. Poco importa. Para el asesinato no hay pasiones más allá del poder y la avaricia. Pero qué tal para la supervivencia: ¿habrá alguna pasión que nos pueda salvar; que nos pueda proteger? ¿Es colectiva o individual? ¿La pasión basta, a estas alturas? No hay otro mundo, dice. ¿Sí dice eso, o ya estoy infiriendo a través de mis propias pasiones?

    Escribo esto escondida en un lugar donde, de todas formas, mi fragilidad es insignificante. Mis acciones, como prender una vela que parpadea entre la vida y la muerte toda la noche mientras trato de orar a dioses en los que jamás creeré, saben a lo mismo que mi fragilidad. Sin embargo, no me atrevo a soplar la vela y mirar hacia otro lado.

  2. Encontré fantástico y terrible el análisis. Recuerdo la escena de Breaking Bad donde una pareja de hermanos asesinos queman un camión lleno de inmigrantes ilegales en medio del desierto porque les estorbaron, y siguen su camino en linea recta, hasta su destino, que es matar a Walter White. Habla mucho de esa siniestra voluntad que es movida por la sangre y la plata.

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