Revista Intemperie

Sartre y el poder

Por: Mario Valdovinos
jean paul sartre

 

La leyenda sartreana hablaba de su increíble erudición debido al estrabismo: era capaz de leer dos libros al mismo tiempo. Independiente de este chiste de humor negro, el filósofo examinó su defecto físico en la autobiografía que publicó en 1964, Les Mots, Las Palabras, precisamente el año en que se le concedió el Premio Nobel, que rechazó, aduciendo en la carta que envió a la Academia sueca que no lo aceptaba porque le restaría independencia. Después, de viva voz, mencionó a Neruda como merecedor del galardón, más que él. Tampoco recibiría los cerca de US$ 55.000.- otorgados por una sociedad que él combatía desde todos los frentes: la filosofía, la literatura, el teatro, su militancia ideológica marxista y la postura tenaz de iconoclasta y de rebelde intelectual, de baja estatura y mirada bizca, con cara de sapo y una fealdad inverosímilmente atractiva.

Menciona, en la aludida confesión autobiográfica, cómo una nube se fue apoderando de su ojo derecho hasta torcérselo. Se resintió su ego, pero no su vehemencia. Vivía entre libros y el saber contenido en ellos lo rehabilitaba. Moriría en una biblioteca, de un ataque de bibliografía. No fue así, lo mató antes el edema pulmonar, producto del tabaco negro que inhalaba sin tregua. Residía en hoteles, incapacitado para la vida doméstica. Pensaba, escribía, carecía de resentimientos y de nostalgias. Se sabía condenado a la libertad, como todos los hombres y mujeres a quienes entregó en El Ser y la Nada ese mensaje. La conciencia de existir genera la libertad y esta, al actuar, me obliga a responder por mis actos. Su pensamiento era activo, más de barricada y fábrica que de aula y seminario. Fue antinazi, lo deportaron a un campo de concentración; después prosoviético, si bien se opuso a la invasión a Hungría, en 1956, y a la de Checoslovaquia, en 1968, y al final maoísta. ¿Su estrabismo le impidió ver de verdad el espanto del régimen de Mao? Se equivocó cien veces, pero fue autocrítico y rectificó a tiempo para regresar a los pasados errores, vueltos ahora francos horrores.

Sus precariedades físicas lo hacían temblar ante las cámaras y los micrófonos en los años finales de su vida (1905-1980). Casi ciego, temía orinarse, dejar caer sin control saliva de su boca; ser reiterativo, chochear. Allí actuaba la tiranía del rostro, detrás del que hay ojos y, tras los ojos, conciencias. Su estrella, que de verdad brilló en los años posteriores a la Segunda Guerra, se apagaba cuando sobrevino la revuelta estudiantil de mayo del 68, de inspiración burguesa y trés jolie. Los amotinados le permitieron expresarse, aunque con una advertencia: -Puedes hablar, Sartre, pero sé breve. Todo se diluyó, como su figura, desde la perspectiva actual, sobrevalorada. Más vale equivocarse con Sartre que tener razón con el derechista Raymond Aron, afirmaban dogmáticamente los estudiantes, los mismos que, desde las trincheras formadas con adoquines de los bulevares parisinos, desafiaron a Eugenio Ionesco, el dramaturgo del absurdo, a quien consideraban un viejo avinagrado y un escritor anacrónico. Lo vieron pasar por la zona caliente, una tarde, de regreso del teatro a su cómoda casa. Le gritaron de todo, sin atreverse a golpearlo. Ionesco los miró y escuchó con sabia paciencia. Cuando cesaron los insultos les dijo: -En unos años más serán burgueses. Ni qué decirlo: la profecía se cumplió. Hoy son gordos, calvos, conservadores y temerosos; adictos al automóvil, la tecnología, el confort, la competencia y el individualismo. Los graffitis insurreccionales fueron rápidamente comercializados por la sociedad de consumo: Seamos realistas, pidamos lo imposible; La imaginación al poder; Formemos comités de sueños. Todo tiene que cambiar para que siga igual. Mientras tanto, Sartre seguía allí, el estar allí existencialista, algo incómodo con su envejecimiento, con su contradictoria ideología política, que no vio el fascismo explícito de la llamada Revolución cultural de Mao. Sartre abominaba de toda forma de autoridad. –A mí no me corroe el chancro del poder, sentenció en Las Palabras. No se atrevía a aplazar estudiantes cuando era profesor de filosofía en liceos, simplemente porque creía no estar capacitado para hacerlo. Tampoco impedirles fumar, porque él lo hacía. No experimentó la paternidad biológica, pero adoptó a una huérfana argelina, Arlette Elkaim, una víctima del colonialismo francés en África. ¿Actuó en esa decisión humanitaria su buena fe o lo hizo motivado por la mala conciencia, para reparar una culpa? El imperativo de la libertad obliga a cada paso a enfrentarse con encrucijadas morales. ¿Robo, miento, falsifico, tergiverso, acomodo, manipulo? Se aprende rápido el código del tramposo, el dominante en la sociedad. Debo asumir  mis actos y decisiones. Sartre lo hizo. Murió antes de la caída de los socialismos reales; tampoco supo del viraje capitalista de China, pero se opuso a la guerra de Vietnam y a lo de los Seis Días, de Israel contra los países árabes.

La larga polémica con Albert Camus se originó a raíz del proceso de independencia de Argelia de la metrópolis colonialista francesa. Camus había nacido en Mondovi y rechazaba el uso de la violencia en la emancipación de su país natal. Su madre, sordomuda y analfabeta, vivía allí y podía ser una víctima del terrorismo político. Le llovieron los rechazos virulentos por su cobardía, por su escasa reciedumbre ideológica… No obstante, Camus eligió, como lo hace un hombre ético, el partido de su corazón y el amor hacia su madre, a quien le enviaba sus libros publicados por Gallimard y ella no podía leer, pero los tocaba y atesoraba.

La obra filosófica de Sartre, originada en Husserl y en Heidegger, ha sido refutada hoy, el ser en sí, el ser para sí, que expuso en su novela La Náusea (1938) y en El Ser y la Nada (1944), con su país ocupado por Hitler. En teatro hizo lo mismo, empleó la escena y los conflictos dramáticos para graficar sus teorías filosóficas y políticas. Allí están A puerta cerrada, Los condenados de Altona, Muertos sin sepultura. Sus novelas denominadas Los caminos de la libertad, una trilogía publicada entre 1945 y 1949, se empantanan en parrafadas eternas sobre temas poco literarios y deja de lado la ficción, la construcción de personajes, lo específico del género novelesco. Se sostiene aún la lectura del relato El muro, como también, y tal vez por encima de toda su copiosa obra, el ensayo Baudelaire, sobre el poeta maldito francés. Qué decir de Las Palabras, un autorretrato sin misericordia sobre su infancia, sus padres, sus abuelos, su ser, su arrogancia y lo que él llamaba “su increíble ligereza”, motivada por la ausencia absoluta de deseo de poder. También les dedicó sendos estudios a Jean Genet, ex ladrón y después exitoso autor teatral, San Genet, comediante y mártir, y a Flaubert, en su torrencial El idiota de la familia.

Su ensayo sobre Charles Baudelaire, en el que fusiona el sicoanálisis y el existencialismo para enjuiciar al poeta, comienza afirmando: “No tuvo la vida que merecía”. Él la tuvo. Sartre fue, por encima de todo, un protagonista apasionado de su tiempo. Llegó a un nivel de influencia y, paradojalmente, de poder, no buscados; a una fama, nunca perseguida. Vivió, amó, sufrió, se equivocó, rectificó, decidió, optó, retrocedió. Todo un hombre, como lo fue su padre, muerto cuando él era un niño de poco más de un año y no podía recordarlo. Cuando nace un hijo también lo hace un padre. En Las Palabras habla de una foto en que aparecen ambos. El niño Jean-Paul está en brazos de su progenitor, cuyos ojos ahora están extinguidos. Este hecho inapelable lo comenta el viejo hombre de letras mirando la foto, con sus ojos también a punto de apagarse, a propósito de otra tiranía perturbadora, la del cuerpo, ¿para qué tendremos un cuerpo? No tuvo cargo alguno, parlamentario, decano, embajador, ministro, jefe de nada. Mandar y obedecer son lo mismo. Nunca dio una orden sin hacer reír. Repudió también la Legión de Honor. El infierno son los demás, escribió en su pieza dramática A puerta cerrada. Algo, enemigo de la existencia, lo empujó a morir, a entrar en esa zona donde nada tiene que ver la voluntad. -A mí no me corroe el chancro del poder, quizás recordó cuando, conectado al respirador artificial en el hospital Broussais, donde expiró, se balanceaba peligrosamente entre el ser y la nada.

 

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