Revista Intemperie

El latido de lo cotidiano

Por: María José Navia
el subrayador

María José Navia sobre las crónicas de Pedro Mairal, recién publicadas por Laurel

 

El escritor argentino Pedro Mairal dice que la lengua que importa es “la que usa la gente para escribir en las paredes del baño”. Que es “un animal mutante, indetenible…”. Y no cabe duda de que, si cada una de las breves crónicas reunidas en El Subrayador (Laurel, 2014) fuera un animal, qué grandioso espectáculo que sería. Animales mínimos y –  por qué no – también vegetaciones escondidas, peces que nadan en grandes profundidades, insectos que cambian de color, organismos microscópicos. El lenguaje en estos 65 textos tiene plumas, escamas, y a ratos también espinas y garras. Los temas son variados, desde la importancia (o falta de ella) de andar en bicicleta, el fútbol y las jugadas de Maradona o de Messi (“Qué feo ser arquero contra Messi. Si estuviera hecho de sintaxis y palabras, ¿cómo sería un gol de Messi?(53)), a los piropos pegajosos, escribir por encargo o perderse un día en un zoológico de Berlín a mirar las medusas: “Voy al acuario y miro las medusas, como latidos de gelatina, el puro corazón latiendo hacia adelante. Me pregunto si no somos eso al fin y al cabo, corazones que laten hacia adelante.” (135)

En las crónicas de Mairal, casi todas las anécdotas vuelven a la escritura. Luego de contarnos acerca de crecer sin un hermano y tener que jugar a la pelota solo, comenta: “…quizás la literatura es una manera de jugar (muy seriamente) con otros. Una manera de que nos devuelvan la pelota para generar un movimiento de ida y de vuelta.” (24) Para luego agregar: “Lo que es cierto es que, al final de mi adolescencia, cuando empecé a leer libros y a escribir cuentos, nunca más me sentí solo, nunca más me aburrí. Y la literatura me fue trayendo amigos, me fue reuniendo con otros que andaban jugando solos por ahí.” (25). Sus textos conjuran otros textos, otros mundos: ideas para novelas (“Una novela que siga la historia de media docena de huevos desde el vientre de la gallina ponedora hasta su destino sudamericano.”(108)), para instalaciones de arte conceptual, incluso para nuevos usos para los taxis: “Se me ocurre un consejo para la Iglesia: poner taxis-confesionario, con curas taxistas. Subís, te dice: ‘¿Tiempo desde la última confesión?’, baja la banderita y arranca. Entre el asiento de adelante y el de atrás iría una división con esterilla. Nombre posible de la empresa: El Buen Camino.”(59) Para Mairal los libros de poemas “concentran toda la literatura” y “[s]i uno diluye un buen poema en un litro de agua consigue un cuento regular. Si uno diluye ese cuento en diez litros de agua, consigue una novela innecesaria.” (144)

Entre los mejores momentos del libro se encuentran las reflexiones sobre la relación padre-hijo:“La distancia entre las generaciones es insalvable. Creés que hablás cara a cara con tu hijo, pero te separan treinta años, estás a tres décadas de distancia de él, aunque lo estés mirando a los ojos. Los años son como kilómetros. La risa puede ser simultánea, pero él se ríe en su infancia y vos en tu adultez.” (34) Mairal rescata la presencia de su hijo como un soundtrack que acompaña todo lo que hace: lo echa de menos, lo escucha cantar, se preocupa porque no quiere andar en bicicleta, espera junto a él en la fila de un McDonalds. También nos cuenta de su propio padre, y el arrepentimiento de haber dejado un día la puerta de su pieza con llave para que él no pudiera entrar a saludarlo por la mañana (como era su costumbre); o de su abuela que no entendía bien como funcionaba el zapping y probablemente pensaba que su nieto veía las películas más raras del mundo. Mairal hace de la cotidianeidad una fiesta y de los libros un universo. En un momento dice (y dan ganas de subrayarlo, marcarlo con banderitas, tuitearlo y cantarlo por la ventana): “Sé que puede no parecer motivo suficiente para la felicidad, pero estoy enamorado de mi biblioteca, de hecho me tolero solo gracias a mis libros.” (139)

En “El Subrayador” -crónica que da nombre a la colección- Mairal comenta cómo, durante mucho tiempo, estuvo yendo a un café por las mañanas a leer los subrayados que otra persona dejaba en el periódico. Con trazos azules, flechas y otros gestos, ese otro lector iba marcando caminos, llamando la atención sobre detalles que, si no hubiese sido por él, le habrían pasado desapercibidos a este extraño voyeurista de las palabras: “Parecía Dios leyendo el diario, sin ningún interés por las tragedias humanas, señalando los detalles intrascendentes, los giros de la lengua, los bordes invisibles.” (13)

Tal vez eso es lo que hacemos al escribir: subrayar. Marcar con un nuevo color (por algo el nombre de esos lápices fluorescentes: destacadores) ese árbol, ese paisaje, ese objeto que hemos mirado tantas veces sin verlos en realidad. Tal vez de eso también se tratan las críticas literarias, las reseñas. Un intentar subrayar la belleza. Porque, como dice Mairal, “la belleza puede ser alarmante. Transforma el espacio que la rodea, transforma a los que la contemplan”.

 

El Subrayador

Pedro Mairal
Laurel editores, 2014

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