Revista Intemperie

Eleanor Rigby

Por: Matías Maldonado
edward hopper

 

No sé quién fue Eleanor Rigby ni el padre McKenzie. La bibliografía sobre rarezas en torno a los Beatles es –aventuro- inagotable. Allí, seguramente, se relata la niñez de Eleanor, sus primeras tristezas, las sin duda complejas relaciones con sus padres, las bromas de sus compañeras de colegio, sus amores adolescentes, sus primeras traiciones, sus pobrezas. Es por eso que escojo conscientemente no saber nada sobre Eleanor Rigby, salvo la inquietud que me provocan las cuerdas en su canción (pensé escribir angustia, pero era demasiado; pensé en estremecimiento, pero es una sensación cualitativamente muy distinta. Una inquietud muy similar a la que sientes cuando, en pleno partido de fútbol, piensas en tus deberes, tus deudas, tus miserias, todas aquellas cosas que ocultas jugando fútbol, haciendo postgrados, yendo a lanzamientos de libros que no leerás, saludando en su cumpleaños a quien no te interesa).

Ah, look at all the lonely people. Míralos. La dificultad en cumplir la exigencia de esta canción son los violines y los cellos. Puedes mirar a toda la gente solitaria escuchando los Pericos, Rage Against the Machine, Camilo Sesto. Y la mirada resulta absolutamente distinta. Estás convocado a mirar a los solitarios con la rasgadura permanente de esos violines (¿adivinaste ya que eres tú, cobarde, el primer solitario interpelado?). La voz de McCartney es, aquí, secundaria. Son los violines los que generan esa inquietud casi estremecimiento casi angustia.

Toda la gente solitaria, incluida la pobre Eleanor, para cuya muerte hay un sermón preparado con desgana, con frases hechas, con viejos mantras sin amén. Un sermón que nadie escuchará porque nadie irá a su funeral. Aclaremos algo: Rigby no es ambulante ni mendiga. Probablemente trabaja en alguna oficina de seguros, quizás prevencionista de riegos, inspectora de colegio tal vez.

All the lonely people son también los acompañados, los sociables, los millón de amigos. No se confunda, lector, esta canción no habla de los atribulados extravagantes, los poetas malditos, los errantes estudiantes de Literatura, los lectores de Houellebecq, los aristócratas con pantalones rotos. Los lonely people somos todos.

No escoja escuchar Eleanor Rigby. Permita que la reproducción aleatoria haga la tarea. Deje que, sin quererlo, después de Light my fire o De música ligera aparezca esta canción. ¿Aparezca dije? Eleanor Rigby arremete, supera, ahoga. Pensará que no es quien verdaderamente quiso hacer. Recordará, con justificado pesar, las palabras de su viejo profesor de Lenguaje que les exigía tomar la vida con sus propias manos. En esas mismas manos sentirá un escozor, una vergüenza. Agachará la cabeza. Respire hondo: sólo dura poco más de dos minutos.

Ya suenan otros acordes, la voz de Freddy Mercury y ya está.

 

Foto: Office In A Small City, Edward Hopper, 1953

3 Comentarios

  1. He leído varias veces este texto en las últimas semanas y creo que es sencillamente perfecto.

  2. Matías Maldonado dice:

    Ricardo, muchas gracias. Tengo amigas que admiran locamente tu trabajo. Gracias, un abrazo.

  3. alejandra dice:

    Es una canción que descubrí niña leyendo “La Bicicleta”, primero por el texto y después de mucho tiempo la escuché y fue perfecta. Sensación de nostalgia por el pasado y el futuro. Comparto plenamente tu mirada a la canción, agregaría que todos somos Eleanor y también el Padre McKenzie.
    Y de pronto en un día alguien habla de tú canción, en medio de un viaje en la nieve. Dónde va la gente cuando llueve…? (claro que acá me quedo solo con la letra de la canción). Súper columna, la complejidad en simpleza.

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