Revista Intemperie

Desayuno, de Micaela Chirif y Gabriel Alayza

Por: Mario Montalbetti
desayuno

Desde Perú, Mario Montalbetti comenta el libro de la autora Micaela Chirif, ilustrado por Gabriel Alayza, y seleccionado por el Catálogo White Ravens

 

No es fácil decir algo sobre Desayuno.

Tal vez lo primero que haya que decir es qué cosa no es este libro.

Por lo pronto no es un cuento infantil sino un álbum ilustrado. La Caperucita Roja es un cuento infantil. Desayuno es un álbum ilustrado.

Podríamos comenzar con esa diferencia.

Un cuento infantil no tiene que estar ilustrado. Pertenece más bien a una tradición oral. La gente se reúne en un parque o frente a un fuego y alguien arranca. La ilustraciones van por cuenta del auditorio. Cada quien imagina cosas, la forma del ogro, los rasgos del niño, el color de la manzana.

Es posible ilustrar un cuento infantil pero la relación entre la ilustración y el texto es más bien repetitiva. Si el cuento dice que hay un lobo peludo, la ilustración dibuja un lobo peludo, etc.

En el caso del álbum ilustrado tanto el texto como las imágenes mueven la historia cada uno a su manera. Lo que el texto dice las imágenes lo desarrollan y lo que las imágenes ilustran el texto no necesita repetir. En casos extremos y con gran habilidad un álbum ilustrado podría no tener texto pero no podría no tener imágenes.

Hay diferencias entonces entre ambos, entre un cuento infantil y un álbum ilustrado, diferencias a las que regresaré. Pero también hay una serie de características y malentendidos comunes.

De hecho, hay pocos productos culturales peor entendidos que el cuento infantil y el álbum ilustrado. Me referiré sólo al cuento infantil en lo que sigue, pero vale para ambos.

La idea común que tenemos de un cuento infantil es que debe ser más bien breve, que debe ser ingenioso, vagamente filosófico, ligeramente bobo y debe contener un personaje que se llame Fonchito.

Por otro lado ignoramos que un cuento infantil es uno de los géneros que tiene las reglas más estrictas, más delicadas y menos violables de la literatura. En eso se parece a un haiku o a un soneto. No que para apreciar un haiku o un soneto o, para tal caso, un cuento infantil, haya que conocer las reglas, pero sí para construirlos.

¿Cuáles son estas reglas del cuento infantil? Por supuesto, no están escritas (y aún si lo estuvieran no servirían de mucho) pero si ustedes revisan los mejores exponentes del género (Leray, Browne, Erlbruch, Tan) es posible destilar algunas ideas básicas.

Lo primero es que, en efecto, debe ser breve. Debe ser simple. La historia que cuenta debe ser una línea ininterrumpida que viaja de comienzo a fin. No hay temas subalternos, tramas secundarias que se ramifican, ni teorías abstrusas que requieren exponerse. En verdad, no hay nada que explicar—todo se muestra en un cuento infantil. Hay una sola idea y el cuento triunfa o fracasa en el despliegue de ésta. En el caso particular del álbum ilustrado, el triunfo o fracaso depende del despliegue combinado de esa idea única a través de texto e imagen.

Lo segundo es que un cuento infantil es para niños, para niños-niños, para niños realmente existentes, niños de afuera y no para ese invento de la psicología comercial que es el “niño que llevamos dentro”. Es para niños, pero puede ser gozado por adultos—y normalmente lo es, si el cuento es bueno.

Es más, el cuento infantil es, o debe ser, el encuentro de un niño con algo que el niño sabe pero que no puede decir. En un cuento infantil, un niño re-conoce algo que sabe pero que no puede expresar. Por ejemplo, el hecho de que la caperucita roja se acuesta en la cama con el lobo, como ha notado brillantemente Djuna Barnes (“God, children know something they can’t tell; they like Red Riding Hood and the wolf in bed!”—Nightwood).

Esto, sin duda, producirá la delicia teórica de los psicoanalistas pero los niños saben más.

Regreso ahora al álbum ilustrado, regreso a Desayuno.

Desayuno se adhiere a estas ideas de simplicidad y público cuidadosamente, admirablemente.

Quisiera señalar un par de ejemplos. El primero tiene que ver con el ritmo del libro, el segundo con uno de sus episodios.

Si bien la historia de Desayuno es lineal y simple, su despliegue existoso en las páginas del libro es posible gracias a sus tiempos. La cantidad de información textual y visual no es, no puede ser, la misma en cada página. Hay un transcurso que se debe respetar, hay tiempos tanto conceptuales como materiales. Esto es muy delicado porque hay muy pocas páginas para hacerlo. Y, sin embargo, Micaela y Gabriel han logrado crear un ritmo singular para que el despliegue de la historia tenga las inflexiones indispensables.

Revisen el libro desde esta perspectiva y notarán el cuidado con el que ha sido puesto en página. De otra manera sería imposible incluir al personaje principal (la abuela), al grupo de “extras” (un pulpo, una sirena caderona, una morsa de vodevil, un rey Neptuno con tatuajes, una galería de piratas mermeleros) y al actor de reparto (un buzo con escafandra) en las 32 páginas del cuento, de las cuales solamente 10 tienen texto (y cuando lo tienen es apenas una frase). Parecería que hay demasiados personajes y que cada personaje es demasiado barroco, pero Micaela y Gabriel se encargan de mover la historia con una levedad formidable, levedad que además permite satisfacer los extraños hábitos de lectura de los niños. A veces los niños pasan las páginas de los libros infantiles con una vehemencia inaudita, a veces se detienen en una página como si no hubiera nada más que hacer. Desayuno satisface ambas manías.

Por ejemplo, en Desayuno hay sorpresas si uno se detiene a hurgar en sus páginas. Hay un problema digno de Holmes que se construye en base a un dibujo pegado sobre la puerta del refrigerador y la posición geográfica de la casa de la abuela. No diré nada más para no arruinarles el placer de la solución—salvo que ésta hace que toda la historia admita una lectura diferente, con más capas.

desayuno interior

Hablé de piratas mermeleros. Son indispensables. Ellos anuncian la presencia del gran actor de reparto del cuento: el buzo con escafandra. El buzo aparece totalmente ataviado para una inmersión en mar profundo con una margarita entre sus manos enguantadas que colocará sobre el florero de la mesa de desayuno. Pero luego de esa aparición noble y sentimental, el buzo desaparece de escena en las tres páginas siguientes. En la primera de ellas apenas aparece un texto (“Pero, sobre todas las cosas, me gusta la música”)  y en la segunda un aparato de radio de los 50’s sobre el que siete notas (con imaginación, la escala completa) ascienden sobre la página. En la tercera no hay nada. Es sólo en la cuarta página después de la galería de piratas que reaparece el buzo. Y lo hace para invitar a bailar a la abuela.

Si repartieran un Óscar al mejor actor de reparto de un álbum ilustrado, el buzo se lo llevaría sin competencia.

Dije que comentaría el ritmo del libro y uno de sus episodios. Es éste el que quiero comentar: la secuencia del baile de la abuela y el buzo desplegada en ocho posiciones sobre dos páginas dobles.

La danza se ejecuta fuera del tiempo-espacio del cuento: la cocina ha desaparecido, no hay mesa de desayuno, ni reloj en las paredes, ni refrigerador, ni mar a través de las ventanas, ni ventanas. No hay nada, salvo la abuela y el buzo—y una extraña sombra que proyectan sus cuerpos sobre el suelo inexistente. Las ocho posiciones de la danza parecen estudios semejantes a los trabajos fotográficos que Eadweard Muybridge hiciera en el siglo XIX y que intentaban captar el movimiento del cuerpo en instantáneas discontinuas.

Una serie de preguntas son sugeridas en este episodio. Enumeraré algunas:

a. ¿Con quién está bailando la abuela? ¿Quién es el buzo? ¿Quién es este personaje que accede a la más entrañable intimidad de la abuela?

b. ¿Hay algo o alguien dentro del traje de buzo, alguna cabeza detrás de la escafandra? ¿Está vacío el traje?

c. ¿Exactamente qué reflejan los vidrios de la escafandra si toda la cocina ha desaparecido de la “pista de baile”?

d. El traje de buzo exhibe sobre su pecho una suerte de candado con una cerradura. ¿Quién tiene la llave de ese candado? ¿Qué asegura ese candado? ¿Protege el candado la identidad del buzo? Y ¿se abre acaso el candado bailando? ¿Es el baile la llave?

e. ¿Y si el baile mismo es la llave, quiere decir que la solución a todas nuestras preguntas no es verbal?

El baile se interrumpe con la irrupción del nieto que reclama su desayuno. Con la entrada del nieto reaparecen la cocina, las ventanas, el mar, las mermeladas,… pero desaparece el buzo. La abuela se queda congelada en un gesto de baile con un brazo alzado y el otro curvado alrededor de su ahora invisible pareja.

El buzo reaparecerá en la doble página final, semi-sumergido, regresando a las profundidades del mar, esbozando un débil saludo de despedida a la abuela parada en el muelle.

Con esto termina el cuento y lo que tengo que decir aquí. No diré nada más para que ustedes mismos puedan leer y recrearse Desayuno y gozarlo y apreciarlo en sus múltiples capas de metáfora y sentido.

Sólo añadiré innecesariamente que Desayuno es una joya. Y lo es porque ese baile de la abuela con el buzo pasará a la historia del género por expresar en toda su simplicidad, en toda su inteligencia, y en todo su misterio algo que sabemos pero que no podemos expresar.

 

Desayuno

Micaela Chirif y Gabriel Alayza
Polifonía Editora, Lima, 2013

 

Mario Montalbetti (Lima, 1953). Es Profesor Principal de Lingüística de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado ocho libros de poemas (siete de ellos reunidos bajo el título Lejos de mí decirles. México: Aldvs, 2013), un estudio sobre sentido y estética titulado Cajas (Lima: Fondo Editorial PUCP, 2012) y un libro de ensayos (Cualquier hombre es una isla. Lima: Fondo de Cultura Económica, 2014). Es director de QWXY, Seminario permanente de filosofía del lenguaje y es miembro del consejo editorial de la revista Hueso Húmero (Lima).

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