Revista Intemperie

La mujer de los perros

Por: Nicolás Poblete
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Nicolás Poblete sobre el reportaje siniestro de una torturadora, que se transformó en uno de los libros más vendidos del 2014

 

Una de las publicaciones más impactantes del 2014 es sin duda Ingrid Olderock: La mujer de los perros, (Ceibo), investigación periodística de Nancy Guzmán que se posicionó como uno de los más inusuales bestsellers de este año, en la categoría no-ficción.

Inusual porque el tema no es para nada agradable: Guzmán entrevistó en diversas ocasiones a la siniestra Ingrid Olderock, una de las figuras más oscuras de la DINA, conocida por su infame participación en las torturas de la dictadura. La terrible empresa de entrevistar a una mujer tan abyecta como la Olderock es en sí una entrada al dolor, al recuerdo y a la angustia de la memoria. Guzmán documenta sus entrevistas con sólidos sustentos, a la vez que nos acerca a este personaje único en la historia de nuestro país, con detalles que quedan grabados en la cabeza, mientras leemos. Por ejemplo, Guzmán comenta una de sus visitas a la casa en la calle Coventry, del barrio Ñuñoa, y el impacto que le provocó ver una pegatina en el auto de la Olderock, que rezaba “Yo amo a mi perro”. Esto sería un gesto tierno en una abuelita cualquiera, pero no en la temible Olderock, quien entrenaba perros para torturar a los detenidos, vejándolos sexualmente en “La Venda Sexy”, uno de los centros de torturas más macabros de la dictadura militar.

La investigación comienza con el sugerente enunciado: “La memoria no es la historia, sino lo que recordamos de ella”, para luego narrar de modo retrospectivo el trayecto de Ingrid Olderock. Así, la vemos salir de su casa, ser atacada por dos hombres y recibir disparos, uno de los cuales queda alojado en su cabeza. Sin embargo, no muere. En un curioso gesto religioso, Olderock comenta: “Quedé tendida y creí que me moría. ¡Si este fue un milagro de Dios!”, dice refiriéndose a su recuperación. A partir de entonces Guzmán genera una completa visión de su entrevistada, consiguiendo verdaderas joyas periodísticas con preguntas precisas que revelan el calibre de su investigación. Al preguntarle por sus padres germánicos leemos: “A ellos no les gustaban los chilenos porque eran muy indios”. O: “Yo soy nazi desde pequeña, desde que aprendí que el mejor período que vivió Alemania fue cuando estuvieron los nazis en el poder, cuando había trabajo y tranquilidad y no había ladrones ni sinvergüenzas”.

Pero La mujer de los perros no se agota en la descripción de la Olderock, sino que se hace cargo de proveer un contexto amplio del momento histórico que vivíamos como país y de las maniobras geopolíticas que acontecían a nivel mundial. Acá se repasa el escenario norteamericano. Vemos a Jimmy Carter asumir como presidente después de la administración de Gerald Ford, quien reemplazara a Richard Nixon después de su dimisión tras el escándalo de Watergate. Vemos la mirada hacia la prensa norteamericana después de la guerra de Vietnam; Guzmán nos recuerda cómo los Estados Unidos financió las aventuras golpistas en Latinoamérica, cómo James Monroe (1758-1831), el quinto presidente de los EE.UU. visualizaba Latinoamérica como el patio trasero donde tirar los desperdicios; cómo se financiaron actividades terroristas durante el gobierno de Nixon, etc.

El balance entre el acontecer sociopolítico y la caracterización de la Olderock es perfecto. Hay secciones del libro donde Guzmán conversa con los responsables del ataque a Olderock, gracias a las cuales rescata confesiones como: “Para mí, matar a un miembro de los aparatos represivos, como la DINA, no representaba ningún conflicto ético”, o “El único error fue que yo le di la orden a Carlos de usar una pistola de calibre 38 y él solo pudo conseguir una de calibre 32. Fue un error, porque Carlos tenía que darle un tiro para rematarla y debía ser de calibre 38, para que no hubiera posibilidad que quedara viva y sufriera una larga y terrible agonía. La idea era matarla de una sola vez”. En esta entrevista de Nancy Guzman con Raúl Castro, llevada a cabo el 2004, él admite: “El partido (MIR) nos aseguró que Olderock era una torturadora y que había participado en la muerte de compañeros fuera de Chile. Para nosotros fue un honor ser elegidos para acabar con ella”.

Retornando a su entrevistada, vemos la especial relación que ella tenía con Manuel Contreras, quien la llamaba ‘gringa’. El poder que le dio al transformarla en la oficial a cargo de formar el ejército femenino contra el marxismo la hacía sentirse una especie de elegida. También leemos sobre detalles cotidianos que le dan espesor a este “personaje” (si es que se puede hablar en estos términos). Olderock comenta cómo se compra el Manual de Carreño para pulir sus toscos modales; su relación con su hermana, quien llega de Alemania para reclamar una herencia y termina siendo detenida por la DINA y torturada salvajemente.

Esta escena, ubicada casi en la mitad del libro, es imborrable por su impacto. Cuando Guzmán le pregunta por su hermana, Olderock responde: “Con esta pregunta usted me mató, me mató”. Si se puede hablar de un clímax emocional, éste ocurre en este momento, pues, a pesar de las lágrimas que empañan sus ojos, cuesta creer las evasivas de la mujer y las excusas que utiliza para aminorar la traición para con su propia hermana, a quien califica de “esquizofrénica”. Asimismo, nos enteramos de sus viajes al extranjero, de su idea de matar a Carlos Altamirano en España, con sus técnicas marciales de judo, y, claro, de su “amor” a los perros.

Ingrid Olderock: La mujer de los perros es un documento único. Es un resumen de un momento histórico y su logro es la actualización de registros que solo ahora cobran más sentido (para quienes necesitan prueba exacta y oficial) gracias a la documentación que incluye archivos desclasificados, y otras investigaciones recientes (como las aportadas por el periodista Javier Rebolledo, autor de La danza de los cuervos), más un respaldo a partir de interpretaciones psiquiátricas. Asimismo, resulta revelador ver cómo Guzmán aplica, de modo claro y accesible, conceptos emblemáticos de teóricos como Michel Foucault y Hannah Arendt, sin caer en academicismos, sino de modo sugerente. Hoy es casi un lugar común referirse a “la banalidad del mal” o al “panóptico” como tropos cuasi clisés, pero acá resultan necesarios a la hora de perfilar sujetos extremos como Manuel Contreras, Vittorio Orvietto, y la misma Olderock.

 

Ingrid Olderock: La mujer de los perros

Nancy Guzmán
Ceibo, 2014

 

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