Revista Intemperie

Pasarelas

Por: Patricio Lillo
pasarela

Patricio Lillo reflexiona sobre las pasarelas, uno de los símbolos del desarrollo urbano: lugares cubiertos de caca, donde no se ama

 

Una pasarela es siempre una derrota. La conexión de dos puntos que nunca debieron estar separados. Por debajo pasa un territorio que ya ni siquiera es público; es de seguro una vía concesionada por varias generaciones. Una pasarela es una barrera infranqueable. Bien por sus pendientes extenuantes o por las angostas escaleras de caracol decoradas con caca. En ocasiones les cubre un cerco pavoroso de configuraciones insólitas para desalentar a los suicidas o para evitar que un esquizofrénico desatendido lance una piedra sobre un inocente. Una pasarela es la pesadilla de las señoras paranoicas merodeadas por lanzas de carne y hueso que ven ahí una trampa perfecta. Una pasarela es el gesto inútil de una autopista que debió ser subterránea. Es la caridad indolente de una avenida que debió llevar bandejón central y semáforos. Es por eso que el público las rechaza. Los peatones las evitan. Con tal de sortearlas saltan las barreras de la carretera. Rompen las mallas de gallinero y cruzan las tres pistas a saltitos, como haciendo una travesura. Los he visto traspasando las vallas de contención como recién casados; el hombre levantando a la mujer en brazos hasta el otro lado. En las pasarelas nadie se declara. Nadie se besa ni nadie confiesa su amor secreto con un rayado. No se ama.

Cuando era niño e inauguraron la pasarela de mi barrio, con mis amigos fuimos corriendo a conocerla. Llevamos pelotas y bicicletas. Pero una vez ahí entendimos de inmediato que no había nada para nosotros. No se puede jugar en una pasarela; es tierra abrazada. Luego de un rato nos sentamos, con los pies colgando sobre los vehículos que pasaban a velocidades supersónicas. Qué hacemos acá, nos mirábamos confundidos. Fue entonces que comenzamos a escupir sobre los autos.

Nunca volvimos ni la usamos.

 

Foto: Carlos Ruiz Badilla

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