Revista Intemperie

La montaña que sangra

Por: Camilo Castellanos
cerro rico potosi bolivia

Camilo Castellanos se interna en las entrañas de Potosí, y descubre un territorio en disputa entre Dios y el Diablo

 

Esa fue la primera vez que vi al diablo. Sentado cómodamente mostraba su gigantesco pene erecto. Sus ojos redondos me miraban fijamente a pesar de la oscuridad que nos envolvía como niebla. No se movía, ni tenía que hacerlo. Su olor a dinamita y alcohol invadía mis fosas nasales haciéndolas arder y dificultándome la respiración. Estaba en su territorio, Dios no cabía en los oscuros túneles que se comen a la gente y que son la entrada al reino de Lucifer, el diablo, Satanás, El Tío…

Wilfredo no le tenía miedo, ya había entrado en sus fauces miles de veces. Sacó un paquete de hojas de coca que yo había comprado con un grupo de turistas blancos como el quesillo. Juntos entramos en la boca del infierno, donde las almas sufren castigos por la eternidad, sin darnos cuenta. Wilfredo comenzó a colocar montoncitos de hojas de coca en las piernas, cachos y alrededores de El Tío, como conocen al diablo en esta zona. Empezó a hablar en quechua con él y la Pachamama, luego encendió un cigarrillo y se lo puso en la boca para que lo saboreara. Si no hiciera este ritual, nadie nos protegería al entrar.

La ceremonia continuó, Wilfredo chorreó de unas botellitas plásticas un alcohol casi puro que toman los mineros. Le dio un poco en la boca al diablo, hizo un salud con la Pachamama y nos pasó una botella para que probáramos. Nos advirtió que primero debía tomar el Tío, agarré la botella y tomé un trago largo, mi garganta y labios se durmieron mientras me comenzaba a arder el estómago, era la bebida del diablo.

Estábamos 300 metros adentro de esta montaña que ha servido como mina desde la época en que los españoles dominaban estas tierras. La montaña más rica de Bolivia. Una montaña que come hombres y sangra plata. Una montaña donde todavía entran niños para poder llevar comida a sus casas y donde el promedio de años de vida ronda los 40. La Defensoría del Pueblo estima que 145 niños bajan a las minas, sin embargo otros organismos no gubernamentales dicen que este número supera los 400.

Alrededor de 15 mil personas trabajan en Cerro Rico, una montaña con tonos rojos de sangre fresca que está al lado de la ciudad de Potosí y que es conocida como la “Montaña come hombres”. Muchas de estas personas van a contraer Silicosis, una enfermedad que afecta los pulmones por ingerir partículas de polvo y provoca la muerte.

Llegué a Potosí como una ciudad de paso antes de ir a La Paz desde San Pedro de Atacama. Me sorprendió cómo mezcla construcciones de la época colonial con automóviles y buses que estaban de moda en 1960. Mientras caminaba por la calle lo que más veía eran papeles con propaganda de los tours a las minas y carteles de abogados en cartón, plástico y fluorescentes, ofreciendo sus servicios. Nunca me expliqué por qué había tantos abogados. Como por inercia seguimos a unos turistas que resaltaban entre personas de rasgos indígenas, mi cabeza palpitaba como un globo inflándose por los más de 4 mil metros de altura que tiene la ciudad, hasta que llegamos a la oficina de Wilfredo.

Nuestro guía llevaba entrando a esta mina desde los 11 años cuando comenzó a buscar plata. El Tío lo conoce desde esa época, a él y a todos sus familiares hombres. El Tío se ha llevado a muchos de ellos pero lo ha protegido a él. Al Tío no le gustan las mujeres, solo la Pachamama; se lleva a los hombres y deja al menos 14 viudas al mes. Wilfredo todavía va de vez en cuando a sacar plata para ayudar a sus familiares, pero ahora su principal trabajo es ser guía turístico en las visitas a este monstruo rojo y amarillo que por sus varias bocas recibe a los hombres. Un tour para ver la miseria de frente y sin las rejas de un zoológico.

Antes de entrar a la mina nos entregaron trajes, botas y cascos, pensé que era un disfraz más para los gringos, pero al interior agradecí que aislara mi piel del aire espeso que salía de la respiración del diablo y que entraba con esfuerzo por mis pulmones. Teníamos mejor equipamiento que los mineros.

El agua roja, sangre fresca de un ternero sacrificado, me llegaba hasta los tobillos, mis botas de plástico me protegían. Caminar hacia adentro era entrar en un espiral que absorbe la luz. Estalactitas verdes, amarillas y rojas rozaban nuestros cascos como dientes que goteaban sangre.

Por pasadizos improvisados, sostenidos por maderas rotas y mojadas, llegamos hasta donde unos mineros se preparaban para abrir los hoyos donde va la dinamita. Uno de sus cachetes sobresalía como si escondiera una pelota de tenis, era la coca que les permitía aguantar sus turnos de más de 12 horas sin comer. Sus manos eran gruesas y ásperas por los cayos, y su cara, con rasgos indígenas, estaba cubierta por varias capas de tierra, la Pachamama los envolvía hasta hacerlos desaparecer.

Tomaron la cerveza que les pasamos ensuciando de barro las latas. Les entregamos dinamita y coca para su trabajo, los materiales los deben comprar ellos, desde el casco hasta la pólvora. 10 años con un presidente indígena en el poder, uno de los mayores índices de crecimiento de Latinoamérica y todavía los indígenas deben entrar para sacar 40 cargas al día de plata que hará más ricos a los blancos.

Wilfredo nos contó que hace más de 400 años las torturas de los españoles se habían vuelto insoportables, la iglesia les decía que si no sacaban plata el diablo se los iba a llevar, pero el diablo nunca llegó, solo los látigos de los españoles. Hoy sabemos que más de 8 millones de personas murieron en la mina en esa época. “Buscando escapar de la iglesia, los indígenas tuvieron que simpatizar con el diablo” -dijo Wilfredo- “sabían que era el único que mandaba en las minas”.

La salida de la mina se veía como un medallón que reflejaba la luz. En el camino de regreso volvieron a mi cabeza las imágenes de las calles de Potosí, donde hay una iglesia en cada cuadra. La riqueza de la plata permitió construirlas. Adentro de la montaña los mineros adoran a El Tío y le piden que proteja sus vidas, afuera continúan rezándole al dios que los obligó a entrar.

 

Foto: Cerro Rico, Potosí, Bolivia. // Noritsu Koki

Un comentario

  1. joaquín castro navia dice:

    Buena apreciación de lo que debe y debió ser el entrar a una bóveda donde se palpa la avaricia del ser humano y las víctimas que sobreviven a ella. Excelente el referente del diablo como aquel intangible imaginario que todo lo puede y logra mover a los de abajo para el bien de los de arriba sin lugar a pataleo. buena esa camilo.

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