Revista Intemperie

La respiración de Cerati

Por: Andrea Jeftanovic
cerati

 

Tal vez uno de los elementos que más me seducen de un escritor y de un músico sea su respiración. El modo en que aspira y contiene el aire, el modo de intercalar las consonantes y las vocales. La respiración es lo que da ritmo, el modo en que se dice lo que se dice, y el modo en que se calla lo que se silencia. O bien cómo se conjugan las palabras en la superficie y entre líneas, la forma de componer las imágenes con el aliento entrecortado o como en un ventarrón. La puntuación es la respiración de la frase, y las frases respiran.

Cuando se lee o se escribe también somos conscientes de nuestra respiración. Respiras, existes.

Gustavo Cerati, el recién fallecido compositor, guitarrista, líder de Soda Stereo, tenía una respiración específica: acompasada, tierna y violenta, que se extendía en el campo de una voz aterciopelada. Además de ser un gran músico, era un gran letrista, un poeta en sus acordes e imágenes plásticas. En una ocasión tuve la oportunidad de sentir la respiración de Cerati. Eran mediados de los años 90, yo trabajaba en un edificio cerca de El Bosque con Providencia, y un día llegaron al apartamento de enfrente Gustavo Cerati y su familia. En la oficina trabajaba con sociólogos y sicólogos, todos atentos seguidores del movimiento del rock latino, por lo que alucinamos con la presencia del rockero argentino. A eso de las diez de la mañana interrumpíamos nuestra rutina laboral cuando gritábamos, a veces al unísono, como coro de fanaticada: “¡Se despertó Cerati!” y nos agolpábamos con disimulo en la ventana. Él abría la cortina, espiaba el día y se estiraba con relajo, masticando una tonada. Unos minutos después bajaba a comprar pan al almacén de la esquina. Confieso que a veces lo seguí para marcar el ritmo de sus pasos de ángel eléctrico. Cerati llevaba una “vida de postal”: una esposa joven y hermosa, Cecilia Amenábar, un hijo tierno que corría por ahí y un bebé en camino. No tenían prisa, salían a pasear con el coche, circulaban por un departamento común y corriente para un rockstar como él. En ocasiones, mirando a mi vecino, me preguntaba si la vida en pareja y con hijos tenía siempre esa placidez, si Cerati podía dejar entre paréntesis su vida sicodélica, su naturaleza de estrella y creador para dedicarse exclusivamente a la crianza. A veces lo veía garabatear palabras en un papel, otras, lo veía mover la cabeza y escuchaba las cuerdas de su guitarra y recordaba su frase en un concierto: “¿Qué acorde es éste?”, preguntaba desde el escenario antes de entrar al tema “Juegos de seducción”, y tarareaba coqueto: “Voy a ser tu mayordomo”.

Entre un signo y otro, una respiración.

Una vez entraron a robar a la casa de los Cerati, y los ladrones, por la prisa, dejaron algunas cosas tiradas en las escaleras, que luego se guardaron en mi oficina. Entre lo más valioso figuraba un microondas, alguien debía entregarlo. Después de un complejo sistema de sorteo entre mis compañeros, salí yo como beneficiada. Tomé el electrodoméstico, aclaré mi garganta y toqué la puerta de mi vecino. Apareció este hombre bello, con una cabellera generosa, nariz respingada, labios marcados y ojos de gato. “Gustavo, tu microondas”, dije con timidez. Me miró con expresión dulce y de sorpresa, extendió los brazos y lo recibió con un “daleeee, graciasssss”. Yo quería hablarle de música, de sus letras, de mis idas a los conciertos, de mis primeras fiestas con “Hasta que pase el temblor” o “Persiana americana”, pero en ese momento sonó el teléfono. Riiiiiiing, abrió los ojos y respiró suave. Al segundo timbre su respiración era entrecortada, sus fosas nasales temblaban un poco. Al tercero, levantó las cejas en un “discúlpame” mudo y se fue. La puerta se cerró sola. De esta escena vergonzosamente doméstica rescato su respiración, el modo como suspiró la “a” del dale y la  “e” larga en un vibrato extraño, las gracias (que no fueron totales), pero fueron con una “s” arremolinada. No había duda, la respiración de Cerati estaba llena de energía pulsional. No por nada el compositor del tema “Signos”podía exhalar y soltar en clave de sentencia: “No hay modo, no hay punto exacto. Te doy todo y siempre guardo algo”.

Y también sugería una intensa sensualidad cuando afirmaba en el modo futuro: “Me dejarás dormir entre tus piernas”, “Te llevaré hasta el extremo, te llevaré”. O bien suspiraba: “Te prefiero irreversible, casi intocable, tus ropas caen lentamente, soy un espía, un espectador, y el ventilador desgarrándote, sé que te excita pensar hasta dónde llegaré”.

Cerati con Soda Stereo fueron, en términos musicales, la respiración de una época. Todas las generaciones tienen bandas y movimientos que saben dar acordes a la respiración de su tiempo, es el caso de la Bossa Nova en Brasil, de la Nueva Trova en Cuba, del Jazz en Estados Unidos. Pienso en Cerati y Soda Stereo enmarcados en el movimiento del rock latinoamericano, en ese deseo de dar voz propia a esa confluencia de la música anglosajona tipo The Cure, algo de fiesta para los ánimos aplastados tras las dictaduras, a la locura neoliberal de los 80 y 90, el despertar sexual de la adolescencia, al deseo de experimentar con letras que ya no eran directos mensajes políticos sino construcciones poéticas y crípticas. Y es más, sus seguidores lo vimos crecer como músico, desde su anodina “Te hacen falta vitaminas” a trabajos magistrales como el que hizo con la sinfónica, y luego con sus discos Bocanada y Fuerza Natural. Su poética adolescente se fue complejizando a medida que experimentaba con la balada, la música clásica, el rock sinfónico. Memorable fue su versión de “Corazón delator” ejecutada con violines, timbales y trombones, entre otros instrumentos.

 

Un suave látigo una premonición

dibujan llagas en las manos

un dulce pálpito

la clave íntima

se van cayendo de mis labios

Un señuelo

hay algo oculto en cada sensación

ella parece sospechar parece descubrir en mí

que aquel amor

es como un océano de fuego

oh mi corazón se vuelve delator

la fiebre volverá de nuevo

 

Los signos de Cerati armaban una atmósfera flotante, un nuevo alfabeto, un mundo indómito, caudaloso, que se puede trasladar a la literatura, a la escritura: “Signos, mi parte insegura, bajo una luna hostil. Signos… uniendo fisuras, figuras sin definir, signos”. Componer canciones, desplegar signos, duda, probar, ensamblar fragmentos.

Ahora que lo he vuelto a escuchar, continúo descomponiendo sus letras y su respiración, “Mar de fondo, no caeré en la trampa. Acertijos bajo el agua”. El reciente 4 de septiembre no pudimos gritar a coro “¡Despertó Cerati!”. Él había muerto en una clínica bonaerense de un paro respiratorio, pero nos dejó signos, signos en sus canciones con la mítica banda y como solista. ¿Qué se puede decir mientras seguimos inhalando y exhalando sus canciones? Gracias, ángel eléctrico, somos signos, solo signos entre medio de una larga y azarosa respiración.

 

Foto: concierto.cl

 

Artículo publicado originalmente el 09/12/2014

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