Revista Intemperie

Vicente Leñero: arquitecto de reportajes

Por: Felipe Valdivia
vicente lenero

Felipe Valdivia presenta una semblanza del escritor mexicano recientemente fallecido en el D. F.

 

Falleció en México uno de los mejores –a mi juicio– cronistas latinoamericanos de la generación de la primera mitad del siglo XX: Vicente Leñero. Aunque mundialmente era conocido por su oficio-profesión de escritor, Leñero (Guadalajara, 1933) había incursionado en otras áreas como el cine, en el que escribió guiones para las películas Los de abajo (1978), El callejón de los milagros (1995), La ley de Herodes (1999), El crimen del Padre Amaro (2002) y, una de sus últimas incursiones, El atentado (2010).

Pero su trabajo más notable, sin duda, fue en el de sus crónicas, en las cuales siempre supo conciliar de forma magistral la literatura y el periodismo. Es que antes que todo, el mexicano se declaraba “cronista”, otorgando un destacable prestigio al ámbito periodístico, porque ciertamente, para él, la profesión siempre estuvo por encima del escaso estilo propio con que los periodistas egresan actualmente desde las respectivas escuelas.

Por esencia, Leñero era un periodista de la especie que es difícil de encontrar actualmente. Si había una persona que andaba en una búsqueda permanente de buenas historias para contar, ése era Vicente Leñero. Para él, una buena historia también iba ligada a los personajes que las protagonizaran (así fueran personalidades triviales o de suma importancia para México y el mundo entero). Autor de los ensayos Periodismo de emergencia y Manual de periodismo, en los cuales podíamos identificar lo que para él significaba el ejercicio de la prensa de calidad, Leñero asumió la osadía de coquetear entre la fantasía y la realidad, algo irreconciliable para cualquier periodista ortodoxo.

El género de la crónica no es fácil de dominar, sin embargo, Leñero se movía fácilmente en él, asumiéndolo como si fueran reportajes bajo la premisa de un desenvolvimiento de absoluta libertad narrativa para escribir o abordar cualquier hecho de disímiles características. Lo trascendental, entonces, estaba en cómo se contaban aquellas cosas –aparentemente– “sin importancia” apelando a las sensaciones e imágenes potentes llevadas desde la realidad a la ficción y luego, nuevamente a la realidad. Con esa fórmula Leñero trabajó sus textos, con esa fórmula alcanzó el prestigio académico, periodístico y literario que lo acompañó hasta su muerte. Porque la importancia de Leñero es que, poco a poco, fue instituyéndose como un auténtico arquitecto de reportajes construidos como novelas, aunque también novelas que verdaderamente eran magníficas crónicas de la vida cotidiana.

En ese sentido, tendríamos que hablar de Los albañiles, título con el que ganó, en 1963, el Premio Seix Barral, justo un año después de que Vargas Llosa hiciera lo propio con La ciudad y los perros, dando comienzo al Boom Latinoamericano. En Los albañiles, uno de sus primeros trabajos estrictamente literarios, Leñero aborda la historia del asesinato del vigía de un edificio en construcción, por lo que los trabajadores son investigados quedando en evidencia que todos –aparentemente– podrían tener motivos para cometer el crimen. A través de este trabajo, Leñero no sólo exploró las miserias de la naturaleza humana, sino que también expuso el sistema corrupto que impulsa esas mismas acciones que, hasta hoy, siguen predominando en todo el sistema global. Los albañiles es una novela que es presentada como tal, pero que analizando su estructura posee características propias del teatro, casi como un híbrido, porque también hay elementos de la crónica muy bien diseñados. Es que eso era lo magistral de Leñero. Al leerlo, personalmente me recordaba muchísimo los libros de crónicas del escritor, ensayista y también periodista polaco, Ryszard Kapuscinski, otro de los grandes en este género que ya no está con nosotros.

No olvidemos que los más insignes escritores latinoamericanos utilizaban la crónica como un recurso de auto-subsistencia, pero también como un arma de defensa, porque además de obtener algo de dinero, a través de éstas, escribían en periódicos sus propias versiones de la realidad. En el caso de Leñero, sus crónicas experimentales utilizando al lenguaje como principal escudero demostraban que para él, el periodismo y la literatura debían tomarse con una vehemente seriedad, porque aunque en estos momentos ya no se encuentre físicamente con nosotros, sí lo hará a través de su obra, desde la cual siempre será protector de la buena argumentación.

Toda esta trayectoria que hemos recorrido le valió varios reconocimientos importantes, tales como el premio Xavier Villaurrutia, por su antología La inocencia de este mundo (2001); el Premio Nacional de Ciencias y Artes de México, en el área de Lingüística y Literatura y, por cierto, el mejor reconocimiento que se le puede otorgar a un combatiente de la palabra: ser miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

Foto: vanguardia.com.mx

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