Revista Intemperie

Antonio Ventura: “un pequeño editor mira más allá, no olvida su responsabilidad social o cultural con las obras que publica”

Por: Marcela Guzmán
antonio ventura

Marcela Guzmán conversó con el editor y escritor español acerca del panorama de la literatura infantil hispanoamericana, la formación de lectores y de su vasta experiencia literaria

 

Ambos llegamos mucho antes de la hora concertada. Apenas lo diviso, lo reconozco. Saluda con amabilidad. Mientras caminamos hacia un café, esbozando asombro, me comenta de la belleza de la cordillera. Esa fascinación -como en la mirada de un niño- se asomará más de una vez durante nuestra conversación. Antonio Ventura, editor, escritor, maestro, pintor, vive en Madrid. Viene desde Buenos Aires, donde participó en la reciente Filbita. Pero antes de eso pasó también por Bogotá. Así, como dando vuelta las hojas de un libro, Antonio Ventura me cuenta de su periplo editorial y literario.

Quiero saber de sus pasos profesionales, de su carrera, de sus creaciones. Me cuenta que por diecinueve años hizo clases en la escuela pública. «Yo soy maestro de formación y empecé a trabajar en enero del 77, y al segundo o tercer curso, empecé a dar Lengua y Literatura en la escuela. Enseguida me di cuenta de que las herramientas que tenía a mi alcance no valían, que eran los libros y antologías de textos que por aquella época hacían las editoriales. Y empecé a buscar y descubrí que, más allá de los manuales estrictamente, habían libros de literatura infantil con sentido pedagógico». Era una época de eclosión de publicaciones en España: acababa de morir Franco hacía algunos años y nacían Alfaguara, Austral Juvenil, la Joven Colección de Nobel. «Aparte de poder motivar a mis alumnos a que fuesen lectores, con esos descubrimientos me convertí en lector de literatura infantil por puro placer».

Desde ese placer por la literatura infantil siguió el camino como editor y escritor. Por más de una década fue director de publicaciones en Editorial Anaya, donde creó la colección “Sopa de libros”. Hizo otro tanto como director de publicaciones infantiles y juveniles en Oxford University Press España. Fundó las revistas Babar y Bloc. Ha colaborado en las revistas Clij, Peonza, Cuatro Gatos y Emilia. Es autor de numerosos libros, además de creador y director de la editorial El Jinete Azul. Y ha dictado cursos y seminarios sobre LIJ y promoción de la lectura, en España y Latinoamérica. Precisamente, por estos días, participará en un seminario, dictará charlas y hará talleres en diferentes instituciones de Santiago. Y no solo eso. Además, presentará un nuevo libro: Tres niñas, ilustrado por Gabriel Pacheco y publicado en la argentina Ediciones Treinta y Seis.

Le pregunto por su infancia y por su acercamiento a la literatura. «Yo nazco en una familia muy pobre, en la dictadura franquista, en una España que era en blanco y negro, y en mi casa no hubo cuentos. No sé si en la España de los ricos de entonces había cuentos. En la mía no hubo ninguno. Solo hubo un cuento que me regaló una tía de mi madre, en blanco y negro, y que era de osos. Jugábamos mucho en la calle porque no era un peligro, no veíamos la televisión porque aún no existía, y yo me acerco a los libros en mi adolescencia. Creo que a los trece años comienzo a leer de manera compulsiva todo lo que caía en mis manos. Muchos clásicos de aventuras, de Salgari a Julio Verne. Pero el primer libro del que tengo conciencia de que era libro y no un divertimento -debo haber tenido catorce o quince años- fue “Buenos días, tristeza”, de Françoise Sagan. Luego, vendría la poesía. El primero que me leí entero fue “Entre la ciudad sí y la ciudad no”, de Evgueni Evtuchenko. Ese libro me acercó a los poetas españoles como Hernández, Machado, Lorca y Alberti».

¿Y cómo ves el panorama de la literatura infantil latinoamericana? 

Lo veo mucho más interesante que el español, por la inevitable comparación que hay que hacer. Me ha sorprendido. Son tres países los que he recorrido en este viaje, éste es el tercero. Primero, me ha sorprendido la cantidad de publicaciones que no llegan a España. Algunas de alta calidad. Acabo de leer un libro argentino, se llama Tus ojos de la editorial Calibroscopio. Una verdadera maravilla. Tanto en los poemas como en la ilustración. En Bogotá estuve viendo a varios ilustradores que me mostraron sus últimos trabajos. Hay una producción, hay una creación, no sé si eso se traduce luego en libros que se publican, pero hay una gran inquietud y creo que hay gente trabajado muy bien. De Chile conozco algunos proyectos editoriales interesantes. He conocido el libro Niños, de María José Ferrada, que no me parece un libro exclusivamente bueno en términos de producto editorial, pero literariamente es una obra maravillosa.

¿Qué proyectos editoriales tienes en América Latina?

Desde El Jinete Azul estamos trabajando en un proyecto que intenta aglutinar cinco sellos editoriales y cinco ciudades (Santiago, Buenos Aires, Bogotá, Sao Paulo y el D.F.), a través de un curso de ilustración online que tendrá algunas clases presenciales en Madrid. Estamos en la etapa de la convocatoria.

¿Retomarás las publicaciones en El Jinete Azul?

El Jinete Azul lleva dos años sin publicar porque la crisis en España nos golpeó duro, pero yo creo que el año que viene podremos publicar alguno de los libros que están contratados desde entonces. Reanudar un mínimo la actividad, y, sobretodo, lo que estamos haciendo es establecer los contactos como para que haya una buena presencia de la editorial en Latinoamérica, porque es una editorial –está mal que yo lo diga, pero es la verdad- muy prestigiada, pero invisibles sus libros. Entonces, queremos que la distribución funcione.

¿Qué sucede con la distribución en América Latina?

La distribución cuesta mucho porque creo que influyen varios factores. Por un lado, el hecho de que en los países latinoamericanos no haya una política de precio fijo. Eso más la inflación a la que están sometidos algunos países, pero sobretodo el que no exista una ley de precio fijo. Después, políticas arancelarias proteccionistas como las de Argentina, que materialmente impiden que entren libros y, casi me atrevería a decir, que salgan. Después, la distancia de precios –distancia económica quiero decir-: un libro vale lo mismo en Madrid que en Bogotá, pero con el poco dinero que una persona gana en Madrid en Bogotá es un rico. En Chile, he visto que los libros son muy caros, en algunos casos más caros que en España. Hay un problema de distribución y que creo que, en gran medida, la culpa la tienen los grandes sellos editoriales. Algunos de ellos españoles, como es el caso de Planeta o Alfaguara, con una especie de política aislacionista de los autores. O sea, Alfaguara Colombia publica a sus autores en Colombia, y a los chilenos en Chile y a los argentinos en Argentina, con lo cual no hay una circulación de obras, y eso yo creo que lo único que hace es perjudicar a los autores latinoamericanos, beneficiando, en alguna medida, a los autores españoles porque ellos sí están en todas las ciudades.

el sueno antonio ventura jesus cisneros

Acaba de salir tu libro “El sueño” (ilustrado por Jesús Cisneros y publicado por FCE), y presentarás en Santiago “Tres niñas” (con ilustraciones de Gabriel Pacheco, publicado en Treinta y Seis). Tienes una carrera prolífica en la escritura. ¿Cómo comenzaste a escribir? 

Yo escribo desde mi adolescencia y soy persona de diario. No es un diario de diario, pero recuerdo que en mi adolescencia era como hacer balance del día y después, digamos, es como si te acostumbraras a ir dejando testimonio de tu vida. En algún momento, reconozco –podría haber tenido 23 o 24 años- que había ya una intención literaria en los textos, una intención literaria oculta, privada. Y el convertirme en asesor de la editorial Alfaguara, a partir de los finales de los 80, me animó. Dije, “yo tampoco escribo tan mal comparado con las cosas que leo”. Y el que sea para niños creo que tiene que ver con los años de docencia. Me parece que los niños son un público más neutral que los adultos. En el adulto pesa la opinión de la “academia” (así, entre comillas), da igual que sea la crítica, el periódico que uno lee, el periodista de moda. El niño, no. El niño se enfrenta al texto sin prejuicios. Aunque es verdad que también muchos críticos dicen que yo no escribo para niños, que mis cuentos son para adultos.

¿Tienes un lector ideal en el que piensas cuando escribes?

Sí: yo, con perdón. (Nos reímos). El escritor escribe para él o para los dioses, que es lo mismo. Como decía Óscar Tusquets, quiero decir, uno no escribe para nadie, uno no tiene un lector ideal, y el que lo tiene me parece que es un funcionario de la escritura. Decía André Gide que los escritores eficaces escriben lo que quieren y los verdaderos creadores escriben lo que pueden. Perdón por adscribirme a los verdaderos creadores, pero yo escribo lo que puedo. Es decir, en un momento determinado aparece una historia, esa historia te persigue, esa historia necesita ser contada y yo la acabo contando. Mejor o peor, no sé. Pero lo que sí sé es que mis cuentos son verdaderos. No sé si son cuentos, pero son verdaderos. Y creo que el verdadero creador, insisto, escribe para él. Yo tengo un enorme pudor cuando escribo sobre todo porque parece que me estoy exhibiendo, exponiendo. Es una escritura que tiene mucho de confesión, de autobiográfico, de íntimo. Y creo que no puede ser de otra manera. Luis Mateo dice que la materia prima de la ficción es la palabra, la memoria y la imaginación. Y en mi caso, la memoria ocupa un lugar importante.

Desde hace algunos años, en Santiago (y digo Santiago, no Chile, por el centralismo) hay un boom de libros ilustrados. Y, en términos editoriales, creo que hay muchas publicaciones que se cimientan en la imagen, sin mayor calidad o profundidad literaria, en desmedro del lector infantil…

Estoy de acuerdo con lo que dices. En España también está de moda. Creo que muchos álbumes que se publican son libros prescindibles, lo mejor que podría suceder es que no se publicaran en beneficio de los lectores y de los bosques. Y no tanto porque el discurso gráfico sea malo, que en general hay un cierto nivel de calidad, sino porque los textos son muy, muy débiles. En general, creo que no hay buenos escritores de álbum ilustrado. O lo que muchas veces sucede es que son los ilustradores los que escriben sus propias historias.

Está en juego el (des)criterio editorial…

Creo que al haber una producción tan grande, cabe todo. Y, perdón por lo que pueda significar para mis colegas, pero creo que muchas veces hay muy poco criterio editorial. En un pequeño editor, en general, yo no pienso que medien criterios estrictamente comerciales. No digo que una pequeña editorial sea una ONG. Evidentemente, una pequeña editorial tiene que atender a la cuenta de resultados. En una gran editorial uno espera que sea lo único que se tenga en cuenta, entre otras cosas, porque habrá un director de marketing que será un analfabeto; un director comercial que se creerá que tiene la propiedad de lo que es comercial y lo que no y que tampoco es lector; y el editor que lo sufrirá como lo he sufrido yo, eh. Y no sé si es por falta de formación del editor o porque el mal gusto dominante lo termina afectando. No lo sé. Creo que un pequeño editor mira más allá, no olvida su responsabilidad social o cultural con las obras que publica.

¿Cómo ves esa responsabilidad social o cultural del editor? 

Yo entiendo que un conductor de autobús o un conductor de metro o quien limpia las alcantarillas de la ciudad no lo ha elegido, y no tiene más remedio que hacerlo porque ha tenido la desgracia de no contar con una formación. Ha tenido que asumir un trabajo que es una explotación. Y que, además, no tiene ningún incentivo humano. Pero alguien que es un editor, o por lo menos un editor independiente que crea su propia editorial, entiendo que no es solo por un capricho o un juguete, sino que cree sinceramente que él o ella ha decidido publicar libros que piensa que son necesarios. Y esa mirada no es una mirada ensimismada o solipsista. Es una mirada que tiene que ver con una dimensión social, cultural y democrática. Los libros que solo hacen lectores de esos mismo libros son autoritarios, no son libros democráticos. Los libros que abren puertas y ventanas, sí lo son… En ese sentido, me parece que Francia, Alemania en algunos momentos, Estados Unidos en otros, han dado una lección de cómo es esa forma de editar. Quiero decir, las grandes obras literarias las hemos conocido gracias a editores que arriesgaron su dinero por divulgar la obra de esos pensadores y así hemos podido leer a Arthur Miller, por ejemplo, o a Balzac. Entonces, creo que en el ámbito de la literatura infantil, hoy en día los pequeños editores tenemos responsabilidad en las obras que ponemos en circulación, obras que son de arte, y que lo creemos firmemente y que así lo comunicamos. Y que, además, esperamos que llegue a un público sensible que se emocione con estas obras.

Por un lado, tenemos el (des)criterio editorial; por otro, tenemos a los lectores que se están o no formando. En Chile se discute acerca de la calidad de la educación y del profesorado, que no necesariamente son lectores o buenos lectores. Llegan a dar clases a un colegio donde se les impone un listado de obras desde el Ministerio de Educación, muchas veces incentivado por los grandes grupos editoriales…

Estoy de acuerdo. El problema en España es similar. La mayoría de los maestros no son lectores. El curriculum de formación de los maestros no se ha renovado o se han renovado, pero no se ha tenido en cuenta a las humanidades, la filosofía, la literatura, el arte o la música. Son áreas en retroceso. Se le han quitado horas a estas asignaturas y se prima las matemáticas y la lengua, pero no la lengua en términos de lectura, sino en términos filológicos. En los ámbitos políticos piensan que si un niño sabe gramática va hablar mejor y creo que no tiene nada que ver. Es como si por conocer el aparato respiratorio fuéramos a respirar mejor. Me parece que ahí debe existir la responsabilidad de formar profesionales que hagan una buena selección de los libros para que, entre otras cosas, no entren -como están entrando- libros deleznables en las bibliotecas.

¿Qué piensas de la relación tecnología-lectura en niños y jóvenes?

Me parece que la presencia masiva de las nuevas tecnologías en la infancia es dañina. Pero no para la lectura: es intrínsecamente dañina. Quiero decir, no es que solo esté en juego el discurso literario -que lo está-. Lo que está en juego es el pensamiento simbólico. Creo que la relación con el texto escrito, con la cultura impresa, en definitiva con el pensamiento, es una relación débil. Son muchachos con un pensamiento muy débil, fácilmente influenciables, por consecuencia. Y con muchas posibilidades de caer en la estupidez absoluta. Porque, además, no podemos olvidar una cosa: el pensamiento se construye en términos de palabras, no en términos de imágenes. Y aquello que decía Wittgenstein, que los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje, sigue funcionando. Entonces, son analfabetos funcionales porque no saben expresar sus pensamientos, no saben contar sus anhelos o sus frustraciones, no saben expresar lo que sienten y, además, lo más terrible de todo, es que se creen que no son lectores porque han decidido no serlo.

Es posible que no se hayan encontrado con el placer en la lectura o en la experiencia estética…

La literatura infantil y juvenil tiene que hacer sentir placer en el usuario porque la literatura es un arte y, además, el verbo leer o contemplar (una ilustración) no admite el modo imperativo. Pasa lo mismo con el verbo amar. Por mucho que nos obliguen a querer a alguien, si no nos nace del alma, no lo vamos a querer. Con lo cual, ir a oír una sinfonía de Beethoven o ver un cuadro en un museo por obligación no sirve para nada. Solo sirve para sufrir. Ingresar a un libro si no es un acto gratuito y libre, no tiene sentido, no tiene valor (…) La literatura no está pensada para hacer buenos ciudadanos. Para eso se hacen los manuales escolares. Yo no leo Anna Karenina para saber los hitos y costumbres del siglo XIX. Leo para disfrutar. Y, si no, cierro el libro y ya está. Lo mismo sucede con Donde viven los monstruos de Maurce Sendak: construido, fabricado, hecho para el placer del lector, nada más. Muchos maestros consideran que la literatura tiene que servir para algo, pero eso es un error que evidentemente lo cometen los maestros que no son lectores. Cuando uno se encuentra con un maestro lector que se emociona y disfruta de la lectura, contagiará esa pasión a sus estudiantes.

¿Cómo se acerca ese gusto, ese placer de la lectura a los nuevos lectores, considerando todos los factores que merman la experiencia narrativa?

Creo que cada vez es más difícil porque el concepto de progreso que ha desarrollado el capitalismo es un concepto de progreso que está basado en el consumo. No está basado ni en la felicidad ni en la madurez del individuo. El capitalismo no es ingenuo. El que tengamos un móvil de éstos con el que podamos hacer un montón de cosas, eso no es ingenuo. Y, evidentemente, para un determinado número de personas que han construido un pensamiento, las herramientas que nos ofrece el progreso las utilizamos de manera inteligente. Pero cuando uno es un esclavo de internet, cuando uno es un esclavo de las pantallas que le acosan, lo único que hay allí es un voraz consumidor. Difícilmente un niño que nace en una familia así, que acude en un colegio donde no son lectores y que acaba en una universidad en donde lo único que importa es una graduación en una carrera “económica y socialmente” (así, entre comillas), ese individuo a lo mejor es rico, pero será un pobre hombre rico. Creo que es muy difícil por el presente que vivimos, pero existen posibilidades. Hay muchos padres y madres que creen en la bondad de la lectura, compran libros a sus hijos o los sacan prestados de la biblioteca, les cuentan, les leen y no tienen puesta todo el día la televisión ni permiten que su hijo esté enganchado permanentemente a una máquina.

 

Antonio Ventura ha publicado más de treinta títulos, muchos de los cuales son libros álbum o libros ilustrados dirigidos a niños, jóvenes y adultos. El cuento del pingüino (FCE) con Carmen Segovia; El sueño (FCE) con Jesús Cisneros, El sueño de Pablo (Siruela) con Pablo Alaudell; Al otro lado del río (Nostra) con Linda Wolfsgruber, La espera (Lóguez) con Federico Delicado; son algunos de ellos. Ha sido traducido al francés, portugués, italiano, gallego, vasco, catalán y árabe.

 

Foto: Antonio Ventura

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