Revista Intemperie

Manet y los Tigres de la ira

Por: Rodolfo Reyes Macaya
el bebedor de absenta

 

Un hombre que no bebe más que agua es porque tiene un secreto que oculta a sus semejantes

C. B.

 

1. Hay una temprana pintura de Édouard Manet, rechazada por el Salón, que retrata a un cartonero en su momento de disipación (embriagándose con los esplendores de su propia virtud, ahogando el rencor, acunando la indolencia; según una traducción bastante libre del Vino de los cartoneros de Baudelaire), como si éste fuera un héroe que se permite descansar tras realizar una gran hazaña. En primer plano hay una botella sobre el suelo. La figura solitaria del cartonero, en el centro, recortada contra un fondo aparentemente inconcluso. Y en un claro, rodeado de sombras, una copa de ajenjo o absenta, la feé verte decimonónica.

Pienso en este lienzo, habiendo tantos otros que constituyen la constelación de la absenta, antes de entrar a la habitación donde Los tigres de la Ira (un chileno, un mexicano y un argentino) se hallan en pleno proceso de destilación. Me han invitado porque tenemos una amiga en común –Jael, te mando un abrazo– y también porque a menudo nos cruzamos en esta ciudad de dos palabras.

Pero en lugar de encontrarme con El bebedor de Absenta –que es el nombre del lienzo de Manet– me encuentro con tres tipos jugando al dominó. Un recorte de prensa pegado en la pared de fondo, que dice “Vanzetti, una vida proletaria”, me facilita ciertas coordenadas ideológicas. Converso con ellos. Les hago preguntas. Me asombro frente al alambique de cobre y a los extraños mecanismos que lo rodean. Jael, que está allí y se ha unido al dominó, opera como mediadora. Mi visita, lejos de distender el ambiente, lo tensa. Mi torpeza no soluciona nada. Huelen mi curiosidad y les parece excesiva. Desconfían del periodismo, oficio infame como pocos. Uno de ellos, al que llamaré N,  me dirá en algún momento de la noche: “Todo esto es ilegal. Todo esto no existe”.

2. N me sirve una copa; la apuro sin agua, sin azúcar, sin hielo. Cuando se toma absenta no se toma sólo una bebida verde ligeramente anisada. Se toma una historia o, mejor, un amasijo de mitos que hablan de una época falsamente gloriosa. Una época que, como el lenguaje y el progreso, se derrumba con la guerra. La absenta fue prohibida en 1915. Y como casi todo lo prohibido, trae consigo su mistificación. La fantasía del fuera de la ley, hermana de la fantasía de vivir como artista sin serlo necesariamente.

El bovarismo, según Piglia, tiene que ver más o menos con eso: ser presa de la industria cultural. Medir la vida a partir de las pócimas de la ficción, pues, sólo allí acontece de un modo preciso y contundente. Bebiendo la absenta, construyo, fragmento a fragmento o sorbo a sorbo, una pintura que nada tiene que ver con la desvaída cotidianidad; aún me creo tan arraigado a una tradición mal heredada que busco objetos que permitan emularla. Rituales que me digan que alguna vez existió algo parecido. ¿Algo parecido a qué? Tal vez a la utilería de un gran escenario cinematográfico que se desdibuja cubierta de polvo.

3. La conversación se anima. N me tira datos y me cuenta una historia. El elixir d’absinthe fue inventado por un médico monarquista, exiliado en Suiza en el siglo XVIII, a partir de la maceración y destilación de la santísima trinidad: ajenjo, anís e hinojo. Es de notar que desde la antigüedad el ajenjo (artemisia absinthium) ya era conocido por sus múltiples propiedades curativas: tónico estomacal, antipirético y antihelmíntico. Galeno lo recomendaba contra la malaria y Avicena para calmar a las mujeres agrias y biliosas. Leo más tarde en un artículo de Eduardo Berti: “En griego absinthium quiere decir carente de dulzor (…) Los campeones en las antiguas Olimpiadas debían beber una bebida con ajenjo para que, al tiempo que paladeaban el éxito, no olvidaran las pasadas amarguras.”

4. The tigers of wrath are wiser than the horses of instruction. Esto es William Blake en sus fulminantes revelaciones luego de presenciar al dios que hay detrás de todas las cosas. Y todo dios convive con su demonio en un matrimonio tan imposible como cotidiano. Los tigres de la ira tienen método y paciencia. Destilan una vez al mes en sesión maratónica; durante 36 horas. Se turnan el sillón para dormir. Curioseo en la bitácora, donde apuntan según la hora, la temperatura, la graduación alcohólica y los procedimientos: maceración, destilación, coloración, reposo, filtración, embotellado y etiquetado. Los tigres de la ira recopilaron información por internet, aprendiendo a través del ensayo y el error. Prefieren el anonimato, como los antiguos artesanos, gustan de la sombra.

Son las 4:30 de la mañana; una copa circula, se vacía, se vuelve a llenar; hay otros invitados. Jael se ha coronado como campeona indiscutible del dominó. Mis apuntes, cada vez más espaciados, se han tornado breves e ilegibles. Como el cartonero (el ciruja, en franco lunfardo) de Manet, tengo la mirada acuosa y desenfocada. No distingo los contornos o me pierdo en ellos. Es una gloria artificial –no un paraíso– que amortigua los sinsabores de quien colecciona historias, trapos, cartones y las sobras desperdigadas de una civilización implacable y vana.

 

Foto: El bebedor de absenta (1858), Édouard Manet

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