Revista Intemperie

Literatura sin oídos

Por: Freddy Fuentes
fernando pessoa.

Freddy Fuentes, entre bocanadas de Proust y Pessoa, desconfía de las tertulias literarias

 

Hace una semana me invitaron a una tertulia poética, a mí, que no escribo verso sino prosa y que leo muy poca poesía. Supuse que el evento me gustaría y acepté ir con una curiosidad desmedida –en realidad, el único tipo de curiosidad que debería existir. No me preparé, no hice cábalas (por suerte), tampoco intenté predecir mis emociones. Simplemente fui, como suelo hacer algunas cosas, impulsivamente. Ese día llegué a casa del trabajo y metí un par de libros en mi mochila junto con el mío. Proust y Pessoa, los autores que más leo. Debo ser sincero: me gusta leer despacio, sumergirme en el libro. Con los dos me ocurre que me siento como un buzo que explora profundidades misteriosas. A veces, en días soñolientos y calmos, es mi gran aventura, la de sondear sus inmensidades.

Llegué atrasado al evento. Me desconocí, suelo ser obsesivamente puntual. ¿Era yo ese que entraba en aquel lugar elegante y festivo? Me pareció ver sombras. Había mucha gente sentada alrededor de mesas, todas con floreros y copas, gente amontonada, como islas en medio de un mar que yo debía atravesar hasta convertirme en… en no sé qué. Un náufrago, quizás. La misma persona que me invitó a la tertulia fue justamente, por una casualidad brutal, quien me recibió en la entrada y me condujo a la mesa de los poetas. De un momento a otro estaba de cara a una multitud. No me gusta eso, creo ser más íntimo, aunque supongo que deben existir muchos tipos de intimidad según quien defina el término. De pronto, un hombre mayor y de cabello blanco comenzó a hablarme. Me agradó bastante. Se llamaba Freddy, exactamente como yo, y eso fue una casualidad mucho más brutal que la de la señora que me recibió en la entrada. Su nombre se escribe igual que el mío: efe, erre, e, de, de, i griega. Pero no nos parecemos más que en el nombre, porque a él le gusta hablar y a mí me gusta más escuchar. Y conversar; no sólo hablar, aunque a veces lo hago, lo de hablar y no decir nada.

Y el micrófono, que cuando lo tomé para hablar lo llamé teléfono, aunque no lo alcancé a decir. Los escritores a quienes presentaron antes que a mí leyeron sus textos, en cambio yo hablé y leí un extracto de Proust y otro de Pessoa. Conversé, porque si no lo hago me siento como si no estuviese vivo, presente. Aunque eso, más que una sensación, es como un no sentir, una incomodidad de la existencia. Le comenté al público de una mañana en que llegué a trabajar y vi el sol del verano atravesar una ventana y filtrarse por los anteojos de un colega y que experimenté una visión, la de la vida, la de estar y no saber por qué, esa duda que nos invade de vez en cuando a casi todos. Me pareció que algunos no entendían nada de lo que estaba diciendo. De hecho, no habían leído a Proust y quizá nunca lo hagan porque no les interesa, porque el mundo ha cambiado y actualmente no es un lugar para leer al maestro francés. Ni a Pessoa, porque hoy abundan los hijos bastardos del poeta portugués que desconocen a su padre, y que luchan inconscientemente, sin saberlo, por ser diferentes a él y por sentir y expresar lo mismo que él.

Cuando terminé de hablar y de leer, vino el tradicional aplauso, y cuando hubo terminado el evento de dos horas, otro aplauso aún más grande. Para qué todo esto, me pregunté cuando todo terminó y pude darme cuenta de que nadie habló, de que todos leyeron y lucharon con versos y nunca se produjo la conversación, el intercambio de opiniones, aquello que es una de las pocas cosas por las que siempre estoy dispuesto a aventurarme, aunque sepa que no ocurrirá. Me levanté decepcionado de mi asiento y me fui a casa. Antes que mí se fueron los profesores de lenguaje y los supuestos lectores. Chile tiene poesía, tiene literatura, pero no tiene diálogo. Las opiniones a veces sobran, pero el decir y el escuchar deberían tener un lugar primordial cuando se produce un encuentro que ostenta el subtítulo de cultural. ¿Los nuevos heraldos de la cultura se han quedado sin oídos? Supongo que en algún momento tendré una respuesta a mi incertidumbre.

 

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