Revista Intemperie

Paisito de mierda

Por: Nicolás Poblete
block out

Nicolás Poblete saluda la novela Black-out de Tania Ulloa, que retrata a través de recursos cinemáticos, aspectos del desarraigo, el exilio y el horror de la dictadura

 

Un accidente, predicho por una gitana, es el punto de partida (y de término) del que se vale Tania Ulloa (Temuco, 1969), para cursar su narración Black-out, una novela que, astuta e irónicamente, simula utilizar guiños cinemáticos, como el que da título al texto, para organizar una particular cosmovisión sobre el desarraigo, el exilio y el horror de la dictadura. Pero STOP. Lo interesante de esta propuesta no es (únicamente la necesidad de) su temática, sino su voz que, a pesar de los conflictos que narra, prácticamente no cae nunca en una exposición quejica, impostadamente dramática o resentida.

Ulloa consigue exhibir un abanico de preocupaciones sociales, culturales y políticas, agregando un determinado frescor en su punto de vista, sin tampoco caer en el sarcasmo o en una tentación dadaísta. La protagonista es una intérprete y traductora alemán-español, profesión que simboliza la dificultad de establecer equivalencias culturales. “El sino del intérprete pareciera radicar en la inevitable tendencia a frecuentar lugares equivocados”, indica.

La fluidez de su trabajo la encuentra detallando denuncias tan dispares como el destino de las ballenas, donde se ríe de sí misma (“Me siento tan desamparada como una ballena en territorio japonés”) o la contaminación del Mapocho (“un tubo de concreto … que vomitaba, entre otras cosas, trozos de algo que en algún momento quizá hasta había recibido un nombre y tenía mamá y papá”). Con humor seco describe su estadía en Puerto Montt, “el destino final de los alerces milenarios” y las retroexcavadoras: “Los chips de alerce iban directo a los resorts turísticos de lujo en Asia, combustible de la calefacción para las cabañas destinadas al turismo sexual proveniente de Europa”.

Acá también caben observaciones históricas, como cuando se embarca en una producción de “El mercader de Venecia”, proyecto teatral con Andrés Pérez, para realizarse en Bremen, y donde aprende sobre la política denominadora que ambas ciudades tuvieron en el siglo 19, cuando se prohibía la circulación de judíos por la ciudad, antes de ser expulsados en 1820.

“Interpretar es como vivir en tierra de nadie. Una suerte de prostitución lingüística, pero bien pagada”, admite cuando relata su trabajo como tarotista telefónica, lo que la lleva a razonar, en tono desenfadado, “yo era una rata más en el desagüe capitalista de un nicho empresarial terrible, emocionalmente horroroso, una suerte de prostitución esotérica”. Con el mismo desenfado habla de “La Beca Pinochet”: “Había sido efectiva… capacitación prolongada, con excelentes resultados”, y se describe, en el entorno de exiliados en Alemania, como “la niña símbolo de las esperanzas socialistas”. En otro momento se burla del típico chileno esnob maravillado con la ciudad de Berlín: “Irritada con el chileno tan impresionable y zalamero con este país—Berlín es como la plaza Brasil un día domingo a las cuatro de la tarde, en verano, pero 40 mil veces más grande, cosmopolita, con un sistema de protección social funcionando y educación gratuita”.

“Black-out”, “Fade out”, “Fade in”, “Fade to” son los encabezados que la voz utiliza como recursos para ir y volver; viajar, rememorar de modo oblicuo el trayecto. Es una película imposible en su proceso de edición, pues la fragmentación de los episodios mentales se resiste a ingresar a un continuum cronológico, por más fechas y datos que provea, y lo que obtenemos al final es un caleidoscopio de observaciones urdidas en un afán por narrar lo que palpita en el centro de esta novela: la erosión de la lengua materna, un dilema en el que se han sumergido con tanta intensidad autores como Herta Müller, Jorge Semprún, Czeslaw Milosz o George Arthur Goldschmidt.

 

Black-out

Tania Ulloa Cuadra
Santiago, Ceibo Ediciones, 2014

Un comentario

  1. Fabiana dice:

    Que divertidas son estas críticas literarias, donde se asumen “cosas” que si les preguntamos a los autores probablemente nos van a mirar con cara de póker… Como una simple y vulgar lectora, que leyó y disfrutó mucho con este libro, les comento que encontré algo “nuevo”, cosa que es mucho decir, en un mundo donde “todo está dicho”, sólo te queda sorprender con las formas, no? Y lo alucinante del libro es que podés poner su centro de gravedad donde vos quieras. Por ejemplo, para Poblete, Ulloa se vale del accidente y la gitana para contarnos sobre su cosmovisión con respecto a la dictadura, exilio y desarraigo (soy jodida con el orden de las palabras, creo que a veces el orden de los factores sí pueden alterar el producto). Y para mi, la dictadura y el exilio (el desarraigo de esta persona lo pongo en duda, porque me parece que es demasiado libre para los arraigos) son la excusa para contarnos un cuento de terror, al mejor estilo de Edgar. Y otras u otros lectores podrán poner el centro en quien sabe qué figuras alucinantes del caleidoscopio (en esta imagen coincido con Poblete). En mi humilde opinión, este es uno de los elementos destacados que hacen de este libro algo diferente y sumamente estimulante. Y dígame una cosa estimado Poblete, usted podría asegurar que el personaje principal era “la traductora” y no “el traductor”?

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