Revista Intemperie

Aurora y Julio, las voces que nunca se apagarán

Por: Felipe Valdivia
aurora bernardez

Felipe Valdivia recuerda a Aurora Bernárdez, la destacada traductora argentina, albacea literaria y ex esposa de Cortázar

 

El pasado 8 de noviembre dejó de existir, en París, a los 94 años, la argentina Aurora Bernárdez, considerada una de las grandes impulsoras de la carrera literaria de Julio Cortázar. Del narrador, fue su primera esposa y se le catalogó, de forma recurrente, como la verdadera “Maga”, de la emblemática novela Rayuela, aunque claro, nunca sabremos si efectivamente fue así.

Aurora no sólo era una prestigiosa traductora de distintos idiomas y autores, sino que también una de las figuras más exquisitas de la vida cultural bonaerense de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta. En todo caso, Bernárdez deslumbraba por sí sola, porque más allá de sus trabajos, su personalidad influyó positivamente en la vida literaria de Cortázar. Se conocieron en 1948 y cuatro años después se casaron. La época en que se convirtieron en marido y mujer –que se extendió entre los años 1953 y 1968– fue el mejor periodo literario del escritor. Aurora es la responsable de grandes y recordados cuentos de Cortázar, en que Bernárdez los soñaba, se los contaba y él, los convertía en los relatos que posteriormente leímos y leemos hasta la actualidad. Ella era su primera lectora. Fue en aquellos años, por ejemplo, en que Cortázar escribió sus tres novelas (Los Premios, en 1960; Rayuela, en 1963; y 62 Modelo para armar, en 1968). Además, publicó Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959) y Todos los fuegos el fuego (1966), entre otros, que sin duda, debieron estar influenciados por la mirada crítica y analítica de Bernárdez, porque con ella el escritor no sólo compartía una relación de pareja, sino que también las distintas preocupaciones intelectuales que a ambos les inquietaba. Eran el complemento erudito en el que compartieron miradas artísticas y culturales en la amplitud y transversalidad del concepto.

Es que ambos eran una pareja sacada del mejor guión de un director de cine arte francés. Eran el uno para el otro, artísticamente hablando. La intelectualidad existente entre los dos era algo excepcional. Cuenta el premio Nobel, Mario Vargas Llosa, que “era una verdadera maravilla oírlos hablar cuando estaban casados. Expresaban una inteligencia como si la hubieran ensayado, casi teatral. La cultura literaria y personal de Aurora era tan rica como la de Julio”.

Desde mi humilde punto de vista, el hecho de que Julio Cortázar la eligiera a ella como la albacea literaria –pese a que se habían divorciado en 1968– fue la mejor elección y la mejor decisión literaria. Desde ese “cargo”, Aurora Bernárdez, mantuvo la responsabilidad de mantener vivo el legado y patrimonio de Julio Cortázar, a través de distintos medios y acciones culturales, aunque los más importantes fueron, sin duda, las ediciones póstumas publicadas tras la muerte del escritor en 1984. Ese sentido, la fidelidad y lealtad, por cierto, influyeron en la sobrevivencia del patrimonio intelectual del autor de Rayuela. En ella, por ejemplo, recae la responsabilidad de editar Papeles inesperados (2009), una compilación de textos encontrados por Aurora en un mueble antiguo en su casa parisina, cuyos textos nos permiten conocer las múltiples facetas del escritor; también editó Clases de Literatura y Cortázar de la A a la Z, uno de los últimos libros publicados sobre la obra del intelectual. Hay que sumarle también las ediciones de Cuentos Completos y tantos trabajos del gran Julio.

Sin embargo, los méritos literarios de Aurora Bernárdez no son menores. Porque su inteligencia y cultura literaria parecían no tener límites. Sus trabajos literarios de traducciones ayudaron a impulsar la cultura para nuestra lengua con un sinnúmero de libros traducidos y que hasta hoy se encuentran disponibles y parecen, a lo menos, trascendentales. Sus trabajos en varios idiomas incluyen a autores tan esenciales como Sartre, Durrel, Calvino, Flaubert, Nobokov, Camus, Faulkner, entre otros. A pesar de que tenía los méritos suficientes, Bernárdez nunca se atrevió a publicar un trabajo propio. Para ella tenía que existir solo un escritor en la familia y ese fue Julio Cortázar. “Siempre creí que en ella había una escritora que no se manifestaba, pero que en un gesto de generosidad y heroísmo decidió que en su familia solo hubiera un escritor”, dice Vargas Llosa.

Bernárdez también ayudó a Cortázar en todo el proceso que conllevó la traducción de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, considerada unas de las traducciones más magníficas que se realizó innumerablemente sobre esta obra. Entonces no se puede obviar la mano, el aporte y la iniciativa de Bernárdez.

Estamos ante la pérdida de una persona muy valiosa para la literatura mundial, dado que sus traducciones –como ya dije– fueron un enorme apoyo a la cultura y a nuestra lengua. Porque siempre se ha dicho que la labor de un traductor es un oficio casi invisible, que pasa inadvertido, pero el de Aurora Bernárdez no era así; su labor se infiltraba en las voces de los personajes, en las letras de los escritores, en nuestra propia experiencia de leer a quienes tradujo. La voz de Aurora, al igual que la de Cortázar, difícilmente se apagará, pues nos acompañarán a través de los escritores que hoy seguimos leyendo y leeremos en el futuro.

 

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