Revista Intemperie

Capitalismo, literatura, dictadura

Por: Georges Aguayo
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Una crónica de Georges Aguayo a partir del comienzo de la Feria del Libro, por los meandros del capitalismo, la memoria y la literatura

 

Una nueva versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago comienza estos días. Hace un año estuve de visita en la FILSA. Cuando esta estaba prácticamente por terminar. Mi recorrido por el recinto fue un relámpago. Además de asistir a una conferencia -debate organizada por el Monde Diplomatique-, y tomarme un café en la cafetería de la entrada, apenas si compre dos o tres libros.

Para un chileno de la diáspora estar en Chile siempre es un poco problemático. Mi estadía duro tres semanas. Durante esos días resentí una cierta agresión visual y acústica. Visual, a causa del exceso de paneles publicitarios. Acústica, porque en los espacios públicos, además de los letreros de propaganda, nunca faltan los grupos musicales de talento más que dudoso, los vendedores de artilugios, los predicadores del próximo fin del mundo. En bares y fuentes de sodas reina la televisión.

Este conflicto con mi país de nacimiento es permanente, en todo caso. Cuando consulto en internet los diarios chilenos a menudo no termino los artículos de opinión que me interesaba leer. Me da la impresión que los articulistas no saben organizar correctamente sus ideas. Tanta verborrea me cansa.

Se discute mucho de terminar con el neoliberalismo y, subyacente a esta primera demanda, de terminar también con el lucro en la educación y en la previsión social. ¿Luchar por el fin del neoliberalismo? Sí, pero fijarse el fin del neoliberalismo como único objetivo no querría decir implícitamente que se da por hecho la existencia de un capitalismo bueno. A principios de los años setenta muchos chilenos deseaban construir una sociedad nueva. Al parecer actualmente a estos mismos chilenos les bastaría con reformarla; limpiarla de sus lacras más odiosas y nada más.

Respecto a la palabra lucro (esta palabra no siempre es negativa). La privatización del acceso a la salud, a la educación y a la  previsión es una prueba palpable que el capitalismo atraviesa por una grave crisis de rentabilidad. Una crisis que probablemente no es definitiva pero que no deja de ser real. Los dueños del capital son incapaces de crear riquezas nuevas. Por esta razón se apoderan de las  actividades económicas que antes no estaban en el área capitalista. En el fondo son unos parásitos. Una rémora para la sociedad. Los sindicalistas de otros tiempos los calificarían de chupasangres.

El sistema universitario chileno esta hipertrofiado. Nuestra economía estafa dos veces a los jóvenes. Primero porque es incapaz de proponerles puestos de trabajo correctamente remunerados. Segundo porque, salvo ser un hijo de papa, estos se endeudan para seguir unos estudios superiores que a menudo se transforman en un callejón  sin salida. Las universidades, sobre todo esas que construyen enormes edificios, son un parking que permite desinflar las estadísticas del desempleo juvenil

Actualmente ha aparecido en el país unas reivindicaciones que en francés se denominarían societales (no existe un término equivalente en español). Por ejemplo la legalización de la marihuana y el matrimonio homosexual. No incluyo en esta lista las reivindicaciones feministas. Estas desde hace décadas que forman parte de nuestro escenario político. En Valparaíso me toco oír como un candidato a diputado de izquierda defendía el nudismo. Al parecer este candidato no estaba al corriente de que los nazis también lo cultivaban… El hecho de meter en un mismo saco reivindicaciones sociales y societales perturba a mi modo de ver nuestra percepción de los problemas que realmente nos aquejan.

Los índices de lectura que tenemos son vergonzosos. Los libros son demasiado caros al parecer. Si pero en los años sesenta  éramos más pobres y por lo tanto se leía mas. Me viene a la memoria el libro de Paul Lafargue El derecho a la pereza. Los chilenos leen poco, o nada, porque sencillamente no tienen tiempo para hacerlo. Eliminar el Iva del libro seria una ayuda, pero no resolvería el fondo del  problema.

En cuanto a la literatura, tengo la impresión que, como la política, esta tartamudea demasiado. Los escritores, gremio al cual pertenezco teóricamente, tenemos una obligación de memoria, pero también una exigencia de movimiento. Los chilenos habremos vencido definitivamente a la dictadura, cuando seamos capaces de reírnos de ella. Una referencia cinematográfica interesante: la película española Espérame en el cielo, de Antonio Mercero.

 

Foto: FILSA

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