Revista Intemperie

Lenguaje y poesía

Por: Albeiro Montoya Guiral
cueva de las manos

Desde Colombia, Albeiro Montoya retoma su reflexión sobre el oficio poético que ve como una “invención humana para curar la frialdad que dejaba la ausencia de los dioses y para ahuyentar las fieras”

 

Desde el mismo  instante en que un ser humano escoge la poesía como la ética de su vida, como la égida bajo la cual caminará sobre el mundo, no dejará de pensar jamás en el lenguaje, pues ocuparse de la poesía será, al mismo tiempo, dedicarse de tiempo completo a pensar en éste. Por lo mismo, no es descabellada la postura de Richard Rorty, quien en Contingencia, ironía y solidaridad, concibe al poeta, “en el sentido genérico de hacedor de nuevas palabras, como el formador de nuevos lenguajes, como la vanguardia de la especie.” Porque, ¿quién más que un poeta para dotar de plurisignificación a la palabra? La palabra lluvia, por ejemplo, vista a través de la ventana de la poesía, podría ser, entre otras cosas, una mujer que pasa rápidamente abriendo un paraguas, un caballo bajo un rancho de paja o, en el mejor de los casos, si el contemplador fuera Vicente Aleixandre, una cintura lista para estrecharse.

 

La Cintura no es rosa

No es ave. No son plumas.

La cintura es la lluvia,

fragilidad, gemido

que a ti se entrega. Ciñe

mortal, tú con tu brazo

un agua dulce, queja

de amor. Estrecha, estréchala…

 

Sombra del paraíso, Vicente Aleixandre

 

Las metáforas, antes sentadas en los tronos de la poesía suntuosa, almidonadas como las ropas de los clérigos y los eruditos, hoy en día se extraen de las canteras de la cotidianidad. Escaparon del papel y se cruzaron con las especies del habla popular dando como resultado metáforas mestizas como nosotros mismos. La identidad del lenguaje es polígama como la nuestra, extraviada como un ciego sin lazarillo. Asimismo, el poeta que por siglos había esperado la presencia de la musa al borde de su escritorio, empieza a dedicarse no ya tanto a la contemplación de su interioridad sino a ser un caminante observador de su entorno y un comparador incesante de éste con otros, un flâneur, como diría Walter Benjamin sobre Baudelaire, una figura inmanentemente urbana, sin embargo, con raíces en el ocioso antiguo a quien ahora, debido a la desaparición de lo pastoril y al sepelio de los símbolos en desuso, no cuenta ya con interlocutores.

Así pues, sin desacralizarse, el oficio poético se viste de campesino, de cerrajero, de padre o madre de familia. Las palabras empiezan a ser humanas, se les puede tocar, oler, poner en la mesa, colgar a secar en la ventana de un cuarto piso, desear y desvestir como un cuerpo que espera, tembloroso, la noche. La rosa se populariza hasta el margen de venderse a millares en las calles, de modo que la podredumbre, lo deforme y lo inconexo toman su asiento en la estética sin distinción de género o color. La paloma deja de simbolizar la blancura y la paz, y se vuelve un huésped indeseado de las plazas y las páginas, casa de gusanos y moscas.

Aunque pareciese increíble, la ciencia del lenguaje, en su proceso de consolidación, en su paso de lo tradicional a lo moderno, coincide con el camino de la poesía. Una y otra, en nuestra lengua, partieron de la cosmovisión griega hasta el punto (aún hoy hay esquirlas de esas cadenas en lo que hablamos y escribimos, aunque con un poco más de libertad y capacidad de ruptura) de no ser capaces de cambiar de molde. He aquí, brevemente, una hagiografía de la poesía, sin olvidar que, con ella, en sus alas, en su sangre, por ser su padre, el lenguaje erraba: antes de ser escrita por primera vez ya iluminaba nuestros rostros. Invención humana para curar la frialdad que dejaba la ausencia de los dioses y para ahuyentar las fieras. Diálogo primitivo y estelar con la incertidumbre de existir sin una procedencia conocida. En la caverna, hombres y mujeres alrededor de las poéticas llamas asaban el amor. En los cultivos, los niños, poetas primigenios, jugaban a ser como los pájaros.

Con el paso del tiempo y teniendo a mano el milagro de la escritura, fueron narradas las glorias de los pueblos, la valentía de los hombres y la belleza de algunas mujeres que provocaban confrontaciones entre imperios. Cuando el poeta sube al lado del político y el sabio la gente empieza a encontrar respuestas acerca de cómo subir al cielo, y es entonces que nace la filosofía y se propone que para el buen funcionamiento de la república la belleza debe ir al exilio. Esa, es la instauración de la indigencia.

El mundo se quedó a oscuras. No habrá noticias de la poesía por muchísimo tiempo hasta cuando un hombre en un día de los primeros años del Siglo XVII despierta con la idea de escribir un poema sobre la locura. En un personaje de brazo potente –quizás para vengar su manquedad- pone todo su resentimiento contra la mezquindad de una época creyente en dragones y caballeros. Muere en la pobreza total sin saber que su nombre va a suscitar por siglos la admiración y el merecido elogio de los estudiosos y amantes tanto como para pensar que el ser humano después de todo no es tan miserable.

Los años van a traer al mundo guerras, pestes, incendios y de igual manera descubrimientos trascendentales. Acabarán las monarquías y se fundarán dictaduras que irán hasta nuestro tiempo. A los poetas los fusilarán, los mandarán a las cárceles, les pondrán mordazas, se refugiarán en el suicidio, morirán misteriosamente en las madrugadas de septiembre. Sin embargo, la poesía sobrevivirá.

 

Foto: Cueva de las manos, Santa Cruz, Argentina / lanacion.com

 

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